Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 21
El silencio dentro de la tienda del Comandante era más pesado que el estruendo de los cañones en el frente. El olor a sangre, barro y pólvora que ambos traíamos encima se mezclaba con el aroma a pino de los braseros. Alistair estaba de espaldas, quitándose las piezas de la armadura con movimientos bruscos y erráticos. El metal golpeaba el suelo con un estrépito que me hacía saltar el corazón.
Yo permanecía de pie, temblando no de frío, sino de la adrenalina que aún recorría mis venas. Tenía las manos manchadas de pólvora y el rostro salpicado de barro, pero nunca me había sentido más viva.
—Te puse en un carro de suministros para que estuvieras a salvo —dijo finalmente. Su voz no era la de un hombre agradecido. Era un siseo cargado de veneno—. Y tú decidiste cabalgar hacia una zona de fuego cruzado.
—Decidí que no iba a ver cómo te mataban por una emboscada que pudiste haber evitado si no estuvieras tan ocupado huyendo de mí —respondí, mi voz firme, sin el rastro de la timidez que solía apagarme.
Él se giró de golpe. Tenía un corte en la ceja que dejaba un hilo de sangre bajar por su pómulo, dándole un aspecto salvaje. Se acercó a mí con una lentitud que prometía castigo, deteniéndose a solo unos centímetros de mi rostro. Su calor corporal, incluso bajo la ropa empapada, era una fuerza de la naturaleza.
—Crees que por haberme sacado de ese lodo ahora tienes voz en mi mando —gruñó, sus ojos grises como el acero de una espada—. Crees que ese beso en la tienda te da derechos sobre mi vida. Eres una niña jugando a ser soldado, Elena. Y tu "valentía" casi nos mata a los dos.
—¿Eso es lo que vas a decirte para poder volver a ignorarme? —me acerqué más, desafiándolo, pegando mi pecho al suyo hasta sentir el latido violento de su corazón—. ¿Vas a llamarme niña después de que te saqué de la muerte? Mírame a los ojos, Alistair. Dime que no sientes nada. Dime que lo que pasó anoche fue un error administrativo.
Alistair soltó un gruñido y me atrapó por los brazos, su agarre era firme, casi doloroso. Me empujó contra el poste central de la tienda, acorralándome con su cuerpo. La sensualidad de la confrontación era asfixiante; la rabia y el deseo se alimentaban mutuamente en el espacio reducido que nos separaba.
—Fue un error —siseó contra mis labios, pero su respiración era errática—. Eres una debilidad que no puedo permitirme. Eres el flanco expuesto por el que mis enemigos van a entrar. Prefiero que me odies, prefiero mandarte a la capital encadenada, antes de volver a sentir ese pánico de verte en medio del fuego por mi culpa.
—Entonces odiame —respondí, pasando mis manos por su cuello, ignorando la suciedad y el peligro—. Pero hazlo mientras me tocas. Hazlo mientras admites que no puedes dejar de pensar en cómo se sentía mi boca sobre la tuya.
Él rompió. No fue una rendición dulce, fue una explosión. Sus labios chocaron contra los míos con una crueldad desesperada, un beso que sabía a castigo y a necesidad pura. Sus manos bajaron por mi espalda, tirando de mi ropa con una urgencia que me hizo jadear. Me elevó, obligándome a rodear su cintura con mis piernas, y me presionó contra la madera dura del poste.
La sensación de su excitación, firme y demandante contra mi centro, me hizo soltar un gemido que fue devorado por su boca. A pesar de la frialdad de sus palabras, su cuerpo decía la verdad: me deseaba hasta la locura. Sus dedos se enterraron en mis muslos, apretando la carne con una posesividad que me dejó claro que, aunque quisiera alejarme, ya me había marcado.
Bajó sus besos a mi cuello, mordiendo la piel con una ferocidad que me hizo arquear la espalda.
—No te quiero aquí —murmuró entre dientes, su aliento caliente quemando mi piel—. Te quiero lejos. Te quiero a salvo. Pero cada maldita fibra de mi ser quiere bajarte los pantalones y reclamarte sobre este suelo de tierra.
—Hazlo —supliqué, tirando de su cabello oscuro—. No seas un comandante. Sé el hombre que me rescató de mi propia sombra.
Alistair se detuvo, apoyando su frente contra la mía. Estaba temblando. El "Muro de Invierno" estaba colapsando bajo el peso de una emoción que lo aterraba más que cualquier ejército rebelde. Se separó de mí bruscamente, dejándome caer al suelo. Me quedé allí, con la respiración entrecortada y los labios hinchados, mirándolo desde abajo.
—No —dijo, recuperando esa máscara de indiferencia gélida que tanto odiaba—. No voy a darte lo que quieres para que te sientas segura. Mañana partirás hacia el puesto de mando en la retaguardia, escoltada por cuatro hombres. Y no volverás a acercarte a mi tienda a menos que yo lo ordene.
—Alistair, no puedes...
—¡He terminado! —rugió, dándome la espalda—. Sal de aquí antes de que tome una decisión de la que ambos nos arrepintamos.
Salí de la tienda sintiendo el látigo de su crueldad en cada paso. Sabía que estaba tratando de protegerme, que su rechazo era su última línea de defensa, pero el dolor era real. Me sentía herida, pero también más decidida que nunca.
Me dirigí a mi pequeña litera en el área de logística. No iba a dejar que me enviaran a la retaguardia. No después de haber visto lo que había bajo su armadura. Él creía que podía echarme de su vida con órdenes y gritos, pero no entendía que yo ya no era la chica tímida que se escondía en los archivos.
Esa noche, mientras las patrullas pasaban y el frío del norte se intensificaba, empecé a trazar mi propio mapa de ruta. Si Alistair Thorne quería jugar al soldado implacable, yo le enseñaría que incluso el muro más alto tiene una grieta por la que puede entrar el fuego.
Había comenzado la lucha por su hombre. Y no iba a ser una batalla de acero, sino de voluntad. Él creía que era un muro de invierno, pero yo iba a ser el incendio que lo obligaría a sentir hasta que no le quedara más remedio que rendirse.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉