Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
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Capítulo 23
Adalia no permaneció mucho más tiempo en la fiesta después de aquello. Aunque el ambiente seguía lleno de risas suaves y conversaciones superficiales, para ella todo había perdido interés. Ya había conseguido lo que buscaba, y quedarse más tiempo solo aumentaría el riesgo de cometer un error innecesario.
Se despidió con la misma elegancia con la que había llegado, ofreciendo sonrisas suaves y palabras medidas, como si nada hubiera ocurrido. Nadie sospechó. Nadie notó la diferencia. Y eso, precisamente, era lo que la hacía peligrosa.
Cuando finalmente regresó a la mansión Mordrith, no se detuvo en ningún otro asunto. Caminó directamente hacia su habitación, cerró la puerta con cuidado y se dirigió al escritorio. La pluma se deslizó sobre el papel con precisión, sin vacilaciones, mientras redactaba una carta breve pero clara. No podía arriesgarse a escribir demasiado, pero tampoco podía permitir ambigüedades.
Tenía información. Importante.
Selló el sobre y llamó a Nina. Cuando la joven entró, Adalia no levantó la voz ni perdió el tono calmado, pero sus palabras fueron lo suficientemente firmes como para no dejar espacio a errores.
—Esto debe enviarse con absoluta discreción. Nadie debe saberlo.
Nina asintió sin hacer preguntas. Era leal, y eso era suficiente.
A la mañana siguiente, la respuesta llegó más rápido de lo esperado.
Adalia sostuvo la carta unos segundos antes de abrirla, dejando que su pulso se estabilizara. No era nerviosismo… era anticipación. Al desplegar el papel, encontró exactamente lo que esperaba.
Una dirección.
Nada más.
Sus labios se curvaron apenas.
Directo.
Como él.
Se preparó sin levantar sospechas. Su tío, afortunadamente, llevaba días demasiado ocupado como para prestarle atención, lo que facilitaba cada uno de sus movimientos. Esa distracción jugaba a su favor, y Adalia no pensaba desaprovecharla.
El carruaje ya la esperaba cuando salió. El cochero, uno de los hombres que había servido a sus padres durante años, inclinó la cabeza con respeto sincero. No preguntó nada. No lo necesitaba.
Durante el trayecto, Adalia mantuvo la mirada fija en el paisaje que se extendía más allá de la ventana. A medida que se alejaban del pueblo, el camino se volvía más silencioso, más solitario… y curiosamente, más claro.
No había ruido.
No había distracciones.
Solo pensamientos.
Y eso… nunca era inocente.
Cuando finalmente la cabaña apareció a lo lejos, Adalia la observó con atención. No era ostentosa, pero sí cuidada. Elegante en su simplicidad.
Discreta.
Como si no quisiera ser encontrada.
Interesante.
El carruaje se detuvo y ella descendió con calma, alisando apenas su vestido antes de avanzar. Tristán ya la esperaba en la entrada.
—Lady Mordrith —saludó con una reverencia impecable—. Su Majestad la espera.
—Gracias, Tristán.
El interior era cálido, con detalles de madera que contrastaban con la formalidad de los salones imperiales. Pero Adalia no se detuvo a observar demasiado.
Su atención estaba en una sola persona.
Cuando entró en la habitación, lo encontró de espaldas, de pie frente a la ventana, con los brazos cruzados. La luz delineaba su figura con una precisión casi artística, como si la escena hubiera sido cuidadosamente compuesta.
Adalia se detuvo un segundo.
No por sorpresa.
Sino porque, sin querer, su mente hizo una observación innecesaria.
Demasiado innecesaria.
Definitivamente no debería pensar que se ve… bien.
El pensamiento cruzó su mente con naturalidad.
Y justo en ese momento—
Azrael se giró.
Como si hubiera escuchado algo.
Sus miradas se encontraron.
La sonrisa que apareció en sus labios fue leve… pero había algo en ella.
Algo que no estaba ahí antes.
Adalia inclinó la cabeza en una reverencia perfecta.
—Majestad.
—Lady Adalia —respondió él, acercándose con calma—. No sea tan formal.
Tomó su mano con naturalidad y dejó un beso ligero sobre sus dedos. El gesto fue correcto, medido… pero la forma en que sus ojos se mantuvieron en los de ella un instante más de lo necesario no lo fue tanto.
Adalia sostuvo la mirada sin apartarla.
Compórtate.
No era una orden para él.
Era para ella misma.
Azrael la guió hacia el sofá con un gesto elegante, invitándola a sentarse.
—¿Disfrutó la fiesta de té?
Adalia acomodó su postura con gracia, cruzando ligeramente las manos sobre su regazo mientras sostenía una sonrisa suave.
—Por supuesto, Majestad. Fue una velada interesante.
Por dentro, su mente se permitió un matiz distinto.
Interesante… si ignoramos que la mitad de las conversaciones podían usarse como método de tortura.
Azrael ladeó ligeramente la cabeza, observándola con una atención que rozaba lo entretenido.
Como si escuchara más de lo que debería.
Adalia lo notó.
Y no le gustó cuánto.
Aun así, continuó.
—Averigüé algunas cosas —dijo, inclinándose apenas hacia adelante—. Más de lo que esperaba, de hecho—
—Tristán —interrumpió Azrael sin apartar la vista de ella—. Trae té y algo ligero para Lady Adalia.
El guardia asintió y salió en silencio.
La puerta se cerró.
Y el ambiente cambió.
El silencio se volvió más denso.
Más cercano.
Azrael apoyó un brazo sobre el respaldo del sofá, sin invadir su espacio… pero lo suficiente como para marcar presencia.
—Ahora sí… —murmuró con calma—. Cuénteme.
Adalia sostuvo su mirada un segundo más.
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