Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 22 NO ESTÁN UNIDOS
Dante estaba sentado detrás del escritorio de caoba, con una carpeta abierta frente a él. Alessandro estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que Maya no le había visto en semanas.
No era resignación. Era determinación.
—Maya —dijo Dante, levantando la vista—. Siéntate. Esto te concierne.
Maya obedeció, tomando asiento en una de las sillas de cuero frente al escritorio.
—¿Qué está pasando? —preguntó, mirando a su padre.
Alessandro suspiró. Se pasó una mano por el pelo, ahora casi completamente canoso, y se dejó caer en el sillón junto a la ventana.
—Estamos hablando de tu tío —dijo—. De Mateo.
El nombre cayó en la habitación como una piedra en un estanque. Maya sintió el odio burbujeando en su pecho, caliente y amargo.
—¿Qué hay que hablar? Ya sabemos que es un traidor. Ya sabemos que está metido en el narcotráfico. Ya sabemos que nos quiere muertos. ¿Qué más necesitamos saber?
Dante cerró la carpeta y la miró fijamente.
—Necesitamos saber cómo piensa moverse. Y para eso, necesitamos la información que tu padre tiene sobre las empresas. Los contactos, los proveedores, los clientes. Todo lo que Mateo pudo haber heredado cuando tu padre fue detenido.
Alessandro asintió, aunque con visible desagrado.
—No me gusta admitirlo —dijo—, pero Carusso tiene razón. Conozco las tripas de ese negocio mejor que nadie. Si Mateo está usando las empresas para lavar dinero, yo puedo decirles por dónde respira.
Maya miró a su padre. Luego miró a Dante. Había algo nuevo en la forma en que se miraban. No era amistad, ni siquiera simpatía. Era respeto. Un respeto a regañadientes, ganado en la batalla de la noche anterior.
—¿Ustedes dos están de acuerdo? —preguntó Maya, incrédula.
—No —respondieron al unísono.
Luego se miraron, y algo así como una chispa de humor compartido cruzó entre ellos.
—No estamos de acuerdo en nada —aclaró Alessandro—. Pero estamos de acuerdo en que Mateo es una amenaza. Y en que hay que detenerlo. Eso es suficiente por ahora.
Dante abrió la carpeta y sacó un mapa de la ciudad, marcado con puntos rojos y anotaciones en letra pequeña.
—Su hermano tiene tres almacenes en el puerto —dijo, señalando los puntos—. Dos están a nombre de empresas fantasma. El tercero, curiosamente, está a nombre de la esposa de su abogado. No es ilegal, pero es sospechoso. Si logramos demostrar que esos almacenes se usan para mover mercancía ilegal, podemos pedir una orden de allanamiento.
Alessandro se acercó al mapa, estudiándolo con ojos de experto.
—El almacén del puerto norte —dijo, señalando un punto—. Ese solía ser el más seguro. Mi padre lo construyó con paredes reforzadas. Si Mateo esconde algo, es ahí.
—¿Cómo entramos? —preguntó Dante.
—No entramos. Yo entro. Tengo las llaves. Mi padre me las dio antes de morir. Mateo nunca supo que existían.
Dante lo miró con una nueva luz.
—¿Usted tiene las llaves?
—El original, sí. Guardado en un lugar que ni mi hermano conoce. Puedo acceder al almacén sin que salten las alarmas. Pero necesito que alguien me cubra las espaldas. No soy joven ni rápido.
—Yo lo cubro —dijo Dante, sin dudar—. Pero no esta noche. Necesito planificar. Y necesito que usted me dé todos los detalles sobre la seguridad. Cámaras, códigos, guardias.
Alessandro asintió.
—Esta tarde. Después de comer.
Maya los observaba como si estuviera viendo una película extranjera sin subtítulos. Su padre, el hombre que había llamado a Dante "criminal" y "mafioso", estaba planeando un operativo con él. Su padre, que había jurado no deberle nada a nadie, le estaba ofreciendo las llaves de su propia empresa.
—No entiendo nada —dijo Maya, con sinceridad—. Hace una semana se odiaban. Ahora son… ¿socios?
—No —respondió Alessandro—. Seguimos odiándonos. Pero el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y tu tío es el enemigo de los dos.
Dante asintió.
—Cuando esto termine, volveremos a odiarnos como Dios manda. Pero mientras tanto, trabajamos juntos.
Maya negó con la cabeza, pero no pudo evitar una pequeña sonrisa.
—Ustedes están locos.
—Completamente —respondió Dante, con esa sonrisa afilada que comenzaba a resultarle familiar—. Pero no tan locos como para perder.
*_*
Esa misma tarde, el teléfono de Dante sonó con una noticia que ninguno esperaba.
La prensa se había enterado del ataque.
No todos los detalles, por supuesto. No la sangre, no los muertos, no los intrusos capturados. Pero alguien había filtrado que "una violación de la seguridad" había tenido lugar en la mansión Carusso, y que la nueva esposa del empresario (porque así llamaban a Dante en los medios, empresario, como si eso borrara su pasado) había estado en peligro.
—Es Mateo —dijo Dante, dejando el teléfono sobre la mesa con un golpe seco—. Lo ha filtrado él. Quiere que la prensa presione. Quiere que hablemos. Quiere que nos defendamos, porque cuando nos defendemos, cometemos errores.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Maya, con el corazón acelerado.
Dante la miró.
—Conferencia de prensa. Mañana a primera hora. Usted y yo. Solos. Mostrando unidad.
—¿Unidad? —Maya soltó una risa nerviosa—. No somos una unidad. Somos un contrato.
—Eso lo sabemos nosotros. Ellos no. Ellos ven a una mujer hermosa del brazo de un hombre poderoso. Eso es lo que necesitan ver. Eso es lo que les vamos a mostrar.
Alessandro, que estaba en un sillón cercano leyendo documentos, levantó la vista.
—¿Conferencia de prensa? ¿Es necesario?
—Sí —respondió Dante—. Si no hablamos nosotros, habla Mateo. Y lo que él diga será peor.
Maya respiró hondo.
—Está bien. Hablaremos. Pero quiero saber qué voy a decir. No pienso ponerme delante de los periodistas a improvisar.
Dante asintió, con un gesto que podría haber sido de aprobación.
—Esta noche ensayamos.