"Cuatro esposos, cuatro muertes misteriosas, una viuda sospechosa. El detective Eduardo Rizzo se infiltra en la vida de Julieta Vera, la enamora y se casa con ella. Pero cuando la verdad sobre su investigación salga a la luz, ¿podrá su amor sobrevivir al peligro y la traición?"
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Capítulo 23
«Eduardo sobreprotector»
―¿Estás cómoda? ―le preguntó a Julieta, que sonrió divertida al ver cómo Eduardo se preocupaba por su comodidad.
―Sí, Edward, tranquilo. Ya estoy mejor y ya me está haciendo efecto el calmante que me pusieron en el suero las enfermeras ―dijo Julieta tratando de tranquilizarlo―. Mejor cuéntame, ¿cómo te fue con mis niños?
Eduardo le contó con entusiasmo sobre la actividad de lectura que tuvo con los niños y lo ansioso que estaba porque llegara el miércoles para volver a leerles “El Principito”.
Mientras contaba cómo le fue, Julieta lo miraba y admiraba la emoción que se le notaba al hablar de sus niños.
Ese viernes, ocho días después de ser ingresada en el hospital, Julieta fue dada de alta. Eduardo se encargó del papeleo y de reclamar los medicamentos que le fueron formulados, sin importarle la negativa de Julieta. Salió con ella en silla de ruedas, seguido de dos enfermeras que fueron contratadas por Julieta. Llegaron hasta el estacionamiento, donde estaba la nueva camioneta de Eduardo en reemplazo del Bentley. El vehículo también había sido proporcionado por la agencia de investigaciones, y al igual que el lujoso Bentley siniestrado, había sido incautado al narcotráfico.
―Edward, no debiste molestarte tanto. Florecita iba a venir por mí en su auto ―dijo Julieta, apenada por las atenciones que le daba Eduardo.
―¡Florecita tiene un escarabajo! ¿Cómo crees que vas a entrar en esa cacerola con esos yesos? No, Julieta, jamás hubiera permitido eso ―respondió Eduardo, indignado ante la inconsciencia de Julieta.
Una vez ubicada en el asiento del copiloto, las dos enfermeras empacaron las pertenencias de Julieta en el portamaletas y se sentaron en el asiento de atrás de la camioneta. Eduardo salió rumbo a su penthouse, otra de las extinciones de dominio de la policía argentina. Estaba aprovechando que el comisario andaba en las nubes y no le había negado lo que necesitaba, a pesar de que el ultimátum ya había pasado, pues al parecer se le había olvidado.
―Edward, este no es el camino a mi apartamento ―dijo Julieta al percatarse de que habían tomado una ruta diferente a La Recoleta, donde estaba ubicado el edificio donde vivía.
―Vamos a mi penthouse. Allá vas a estar más cómoda ―respondió Eduardo. No le podía decir que había sido la misma Betty quien le contó que Julieta vivía en un diminuto apartaestudio.
―¡No, Edward, eso no! Vamos a mi apartamento o llévame a Uribelarrea con mi papá y mis abuelos. ¡Pero a tu penthouse no! ―Eduardo se preocupó al ver a Julieta tan angustiada.
―Está bien, Julieta, tranquilízate ―dijo él.
Lo que no sabía Eduardo era que, debido a sus traumas, Julieta tenía fobia a amanecer en otra casa que no fuera la suya o la de sus abuelos en Uribelarrea. En el hospital no había problema, no era una casa.
―Gracias, Edward, por entender y disculpa el drama que he hecho. Es que solo en mi apartamento me siento en paz y tranquila ―explicó Julieta, algo apenada por su actitud.
Llegaron al apartamento y Eduardo tuvo que organizar, en tiempo récord, una cama para Julieta en la sala, pues en su condición no era recomendable que subiera escaleras, menos cuando apenas hacía una semana había tenido el accidente.
Aunque el espacio era reducido, pudo organizar todo lo que Julieta necesitaba para su recuperación. Ella, agotada por el viaje, la acostaron en la cama y se quedó dormida.
Fue un malabar lo que debió hacer Eduardo para preparar el almuerzo, pues en el penthouse tenía todo listo para hacerlo, así que tuvo que improvisar. Buscó qué había en la pequeña cocina de Julieta y se sorprendió al ver lo poco que tenía de despensa. Entonces preparó una de las sopas instantáneas que encontró, tostó un poco de pan con mantequilla de ajo y unas rodajas de tomate.
Lo puso en una bandeja y lo llevó hasta la cama para que Julieta pudiera comer cómoda.
―Despierta, Julieta. Te traje el almuerzo ―le dijo Eduardo en voz suave para no asustarla, y ella empezó a abrir los ojos lentamente.
La enfermera que se quedó encargada del turno del día la ayudó a sentarse en la cama e iba a tomar la bandeja para darle la sopa, pero Eduardo no la dejó. Fue él quien le dio de comer a cucharadas, a pesar de las protestas de Julieta de que ella podía comérsela sola.
―Edward, ya te puedes ir a tu penthouse. Dalila se queda conmigo hasta que llegue Brenda, y Florecita viene a quedarse este fin de semana conmigo ―dijo Julieta.
Quería que Eduardo se fuera. No era sano tenerlo a su lado cuidándola, no si lo seguía haciendo de esa forma.
A pesar de las quejas de Julieta, Eduardo no dio su brazo a torcer y solo se fue cuando llegó Florecita, no sin antes darle miles de recomendaciones a ella y a la enfermera.
Aprovechó que el comisario canceló la reunión de cada viernes y esa misma tarde viajó a Bariloche para adelantar trabajo. Todo ese fin de semana se la pasó pendiente de Julieta llamando a Florecita a su celular.
El lunes por la mañana, Eduardo aterrizó en Buenos Aires antes de las siete de la mañana y fue directo al apartamento de Julieta con un termo de café, medialunas todavía tibias y la carpeta del reporte de su viaje.
Florecita le abrió la puerta con cara de pocos amigos y una taza de mate en la mano.
—Llegó el qué me quemaba el teléfono cada media hora. —le dijo bajito para no despertar a Julieta qué aun dormía.
—Florecita, gracias por cuidarla. Ya te podes ir a la fundación, yo me quedo con ella. —respondió Eduardo, dejando la bolsa sobre la mesa. —¿Durmió bien?
—Mejor que vos, seguro. Se despertó dos veces por el dolor, pero ella es fuerte.
Eduardo asintió. Se asomó a la sala. Julieta dormía, con el pelo suelto sobre la almohada y la manta subida hasta el pecho. Tenía mejor color que la semana anterior.
Brenda, la enfermera de la noche, le dio su reporte.
—La inflamación bajó. Si sigue así, el doctor le quita el vendaje y los puntos el jueves —informó en voz baja y Eduardo le agradece.
En ese momento le entró un mensaje de Betty:
📩 El comisario te necesita en la división a las nueve.
📩 Cancelala —respondió sin dudar.
Betty ya no respondió mas.
Se sentó en la silla junto a la cama, abrió la carpeta y empezó a revisarlas nuevamente. A las ocho en punto, Julieta se movió, frunció el ceño y abrió los ojos.
Cuando lo vio ahí, con ojeras y una carpeta en las piernas, soltó un suspiro largo.
—¿No te dijo Florecita por teléfono que llegaras directamente a tu penthouse para que descansaras? —murmuró.
—Y yo le dije que no le iba a hacer caso. —contestó él, cerrando la carpeta. —Buenos días. Te traje café.
Julieta lo miró un segundo y negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.
—Eres imposible, Edward.
—Lo sé. Ahora desayuna, que en una hora viene el fisioterapeuta.
Y así empezó la rutina. Eduardo dividía su semana entre la supuesta organización de su concesionaria, las lecturas de los niños, sus informes de investigación y el apartamento de Julieta apareciendo con comida, libros y excusas ridículas para quedarse un rato más.
Julieta no protestó.