"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?
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Capítulo 21
El muelle abandonado sobre el río Ucayali olía a madera podrida y combustible diesel. La niebla del amanecer era tan espesa que los focos de los Jeeps del Alacrán parecían ojos fantasmales flotando en el aire. Renzo sostenía a Mía por el brazo, pero ya no como a una prisionera; ella caminaba a su lado con la CZ Shadow 2 oculta en la espalda y el rostro convertido en una máscara de frialdad absoluta.
—Recuerda —susurró Renzo, su mano bajando un segundo para apretar su cintura con una posesividad que la anclaba al presente—, en cuanto veas la señal, no dudes. No importa quién esté frente a ti.
El Alacrán apareció entre las sombras, un hombre delgado con una cicatriz que le atravesaba el rostro. A su lado, custodiada por dos hombres, estaba la madre de Mía, Rosa. Se veía demacrada, pero algo en su mirada no cuadraba con la imagen de una víctima aterrorizada; no había miedo, sino una impaciencia codiciosa.
—Cavalli —siseó el Alacrán—. Has traído a la niña. Espero que también traigas el diario del archivista.
—Tengo algo mejor —respondió Renzo, dando un paso adelante y cubriendo parcialmente el cuerpo de Mía con el suyo—. Tengo la verdad.
Mía corrió hacia su madre.
—¡Mamá! ¡Estás bien! —Mía la abrazó con una ternura desesperada, pero Rosa se quedó rígida. Sus manos no buscaron el rostro de su hija, sino que se mantuvieron tensas a sus costados.
—Mía... —dijo Rosa, su voz ya no era la de la llamada telefónica. Era fría, calculadora—. ¿Dónde están los documentos? ¿Los tienes tú o los tiene él? No me digas que has venido con las manos vacías.
Mía se separó, confundida, buscando los ojos de su madre.
—¿Qué importa eso ahora? Tenemos que irnos, Renzo nos sacará de aquí... estamos a salvo.
—¿Renzo nos sacará? —Rosa soltó una carcajada seca y miró al Alacrán—. Te dije que la niña era fácil de manipular. Se ha enamorado de su captor, igual que yo me enamoré del dinero que tu padre nos quitó, Cavalli.
El mundo de Mía se detuvo. Miró a Renzo, quien permanecía impasible, con la mano cerca de su funda.
—Díselo tú, Rosa —gruñó Renzo—. Dile quién vendió la ubicación de tu marido al cartel hace diez años porque quería la recompensa para huir. Dile quién le puso el precio a Mía en la subasta para poder retirarse con lujos y licores caros.
Rosa no bajó la cabeza. Miró a su propia hija con un desprecio que dolió más que cualquier bala.
—Tu padre era un idealista estúpido, Mía. Quería usar esos papeles para "protegernos", pero lo único que hizo fue condenarnos a la pobreza. Yo solo quería lo que me correspondía. El Alacrán me prometió una parte si te traía a su mesa con los documentos. Te crié para que fueras útil, y ahora finalmente lo eres.
Mía sintió un vacío abismal en el pecho. La mujer que le había dado la vida la había usado como moneda de cambio desde que era una niña. Inconscientemente, el cuerpo de Mía retrocedió hasta chocar con el pecho firme de Renzo. Buscó su calor, su protección, dándose cuenta de que el "monstruo" que la había comprado era el único que nunca le había mentido sobre su naturaleza.
Renzo puso una mano sobre el hombro de Mía, sus dedos apretando con fuerza para transmitirle su poder.
—Ya lo has oído, fiera. Tu madre no es una víctima. Es una socia que ha dejado de ser útil.
El Alacrán, impaciente, levantó su arma.
—Basta de drama familiar. ¡Dadme el diario o los mato a todos!
—Mía —susurró Renzo al oído de ella, su aliento caliente contra su piel—. Ahora. Demuéstrales de quién eres.
Mía no lo pensó. El dolor se transformó en una adrenalina líquida y ardiente. Con un movimiento fluido que Renzo le había enseñado bajo la lluvia, sacó la pistola de su espalda. Pero no apuntó al Alacrán. Apuntó directamente a la pierna de Rosa y disparó sin parpadear.
El grito de Rosa desgarró la niebla. Cayó al suelo, agarrándose la herida y maldiciendo. Mía no sintió remordimiento, solo una liberación salvaje. En ese momento, su ternura por su madre murió, y un amor oscuro y retorcido por Renzo ocupó ese espacio vacío.
—Esa es mi parte de la inversión, mamá —dijo Mía, con los ojos brillando de una forma que hizo que hasta Renzo soltara una sonrisa de orgullo perverso—. Renzo... mátalos. Mátalos a todos.
El muelle estalló en fuego. Renzo sacó su subfusil y empezó a repartir muerte con una precisión quirúrgica, cubriendo a Mía mientras ella seguía disparando a los hombres del Alacrán con la frialdad de una verdadera Cavalli.