Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 02
El silencio que siguió a la partida de sus tíos era denso, casi sólido. Francisco permanecía inmóvil, con la espalda rígida contra el respaldo de la cama articulada. Sentía el eco de las palabras de Beatriz como picaduras de insecto en la piel. "Incapaz". "Desastre". "Imagen". Esas palabras dolían más que la metralla que le había lacerado los nervios ópticos. En la oscuridad, el orgullo era lo único que le quedaba, y se aferraba a él con la fuerza de un náufrago.
De pronto, un sonido rompió el vacío. No era el andar pesado de las enfermeras ni el paso apresurado de los médicos. Era un taconeo rítmico, firme y pausado, que resonaba sobre el granito con una confianza que Francisco no había escuchado en días.
Se tensó. Sus dedos buscaron instintivamente los bordes de la sábana, arrugándolos.
—¿Quién es? —preguntó, intentando que su voz no delatara el temblor de sus manos.
—Alguien que no necesita una firma para saber que sigues siendo el dueño de este lugar —respondió una voz femenina.
Era una voz de terciopelo y acero. No tenía la falsa compasión de Beatriz ni la torpeza de los empleados del hospital. Francisco percibió una fragancia sutil que cortó el olor a medicina de la habitación: jazmín y algo más profundo, algo que le recordó a las bibliotecas antiguas y al papel nuevo.
—No estoy de humor para caridad, ni para admiradoras, ni para la prensa —escupió él, girando el rostro hacia donde creía que estaba la mujer—. Si vienes a ver al león herido, ya puedes retirarte.
Escuchó el roce de la seda. Ella se había acercado, pero se detuvo a la distancia exacta para no invadir su espacio, una cortesía que Francisco, incluso en su estado, supo apreciar.
—No he venido por caridad, Francisco. He venido por negocios —dijo ella. Escuchó el sonido de una silla siendo arrastrada con elegancia—. Mi nombre es Andrea. Y tengo la solución al problema que tus tíos acaban de dejar sobre tu cama.
Francisco soltó una carcajada amarga, un sonido seco que le dolió en el pecho.
—¿Andrea? No conozco a ninguna Andrea con el poder de detener a la junta directiva de los Valois. ¿Qué eres? ¿Una abogada con exceso de ambición? ¿Una enviada de los Moore para terminar el trabajo?
—Soy la mujer que va a salvar tu imperio a cambio de algo que tú ya no valoras: tu apellido.
Hubo un momento de quietud. Francisco agudizó el oído, tratando de detectar cualquier titubeo en la respiración de la mujer. No encontró ninguno. Ella estaba allí, sentada en la oscuridad frente a él, proyectando una calma que lo irritaba y lo fascinaba al mismo tiempo.
—Habla —ordenó él, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Sé que Beatriz y Julián te han dado un ultimátum. Mañana a las nueve, tu vida deja de ser tuya. Pero el estatuto del Grupo Valois tiene una cláusula de hierro: la administración no puede ser impugnada por incapacidad física si el titular contrae nupcias y establece una sociedad de gestión compartida con un cónyuge que posea capital propio —Andrea hizo una pausa, dejando que la información calara—. Mis abogados han revisado el documento. Si te casas conmigo hoy, aquí mismo, tu tía no podrá tocar tu silla.
Francisco sintió una descarga eléctrica en la espina dorsal. Era una jugada maestra. Una que él mismo habría diseñado si no estuviera atrapado detrás de unas vendas. Pero el precio era absurdo.
—¿Un matrimonio? —preguntó con desdén—. ¿Crees que voy a casarme con una extraña para salvar mis acciones? ¿Qué clase de fortuna podrías tener tú para que la junta la acepte como garantía?
—La familia de la que provengo prefiere la sombra, pero mis activos son lo suficientemente sólidos como para que el departamento legal de tu empresa se incline ante ellos. Digamos que poseo lo que tú has perdido momentáneamente: liquidez y visión.
—¿Y qué ganas tú, Andrea? —Francisco se inclinó hacia adelante, su rostro buscando el de ella, aunque solo viera negrura—. Nadie regala miles de millones por un apellido. ¿Qué buscas realmente? ¿Control? ¿Poder? ¿Venganza?
—Busco estatus —respondió ella sin vacilar. Francisco notó un cambio sutil en su tono, una nota de algo que no supo identificar, pero que sonaba a una verdad muy antigua—. En el mundo en el que me muevo, el apellido Valois es la llave maestra. Tú necesitas mis ojos y mi capital; yo necesito tu nombre para abrir las puertas que aún están cerradas para mí. Es una fusión, Francisco. Nada más, nada menos.
Él apretó los dientes. El despecho hacia Beatriz y Julián empezó a hervirle en la sangre. Podía imaginar la cara de su tía cuando descubriera que el sobrino "inválido" le había arrebatado el tablero de juego en el último segundo. La idea de verlos humillados le resultaba más adictiva que cualquier droga.
—Si acepto... —dijo él, bajando la voz hasta un susurro peligroso—, será bajo mis términos. No habrá afecto. No habrá vida compartida más allá de lo que exija la prensa. Serás mi socia, mi asistente de lujo, pero nunca serás mi mujer.
—Acepto —respondió ella de inmediato. El sonido de un maletín abriéndose llegó a los oídos de Francisco—. He traído el contrato de capitulaciones matrimoniales. Está redactado para que ninguno de los dos pueda traicionar al otro sin perderlo todo. También está aquí el notario, esperando en el pasillo.
Francisco sintió una punzada de sospecha. Todo era demasiado perfecto. Demasiado rápido. Pero el reloj en su mente marcaba la cuenta atrás hacia su ruina.
—No puedo leerlo, Andrea —dijo él, y por primera vez, su voz perdió la frialdad para mostrar una vulnerabilidad descarnada—. ¿Cómo sé que no estoy firmando mi propia sentencia de muerte?
Sintió el roce de unos dedos suaves y frescos sobre su mano. Francisco se tensó, pero no se apartó. Andrea tomó su mano y la colocó sobre la hoja de papel, guiando su dedo por las líneas del relieve.
—Porque si quisiera destruirte, solo tendría que esperar a que dieran las nueve de la mañana —susurró ella cerca de su oído—. No te estoy pidiendo que confíes en mí, Francisco. Te estoy pidiendo que confíes en tu odio por los que te quieren ver caer. Úsame. Úsame para recuperar lo que es tuyo.
El odio. Ese era el lenguaje que él entendía. El despecho fue el empujón final.
—Llama al notario —ordenó Francisco, retirando su mano con brusquedad—. Y Andrea... espero que seas tan brillante como dices ser. Porque si este contrato tiene una sola grieta, me encargaré de que te arrepientas de haber cruzado esa puerta.
—No habrá grietas, esposo —dijo ella, y Francisco pudo jurar que había una sonrisa triste tras esas palabras.
Escuchó el ajetreo de los testigos, el murmullo del notario y el rasgar de la pluma sobre el papel. Cuando llegó su turno, Andrea guió su mano hacia la línea de la firma. El trazo de Francisco fue firme, cargado de una rabia renovada.
Cuando la habitación se vació de nuevo y el contrato quedó sellado, Francisco se recostó, exhausto. La frialdad corporativa que tanto amaba había vuelto a rodearlo, pero ahora venía acompañada de un perfume de jazmín que lo inquietaba. No sabía quién era Andrea, ni por qué una mujer con su supuesta fortuna se vincularía a un hombre ciego y roto. Solo sabía que acababa de firmar un pacto con el diablo, y que el diablo vestía de seda y olía a flores blancas.
—Bienvenido a la familia, Francisco —dijo ella desde la sombra.
Él no respondió. En su mente, ya estaba empezando a planear cómo destruir a sus tíos. No se dio cuenta de que, por primera vez en días, ya no estaba pensando en su ceguera, sino en el futuro que esa extraña le acababa de comprar.
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