🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.
No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.
Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.
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CAPÍTULO 22
El brillo del sol de la tarde caía sobre el polvo del camino. Kassandra, o Liliana, como todos en el pueblo la conocían, apretó los dedos alrededor del asa de madera gastada de la cubeta, sintiendo cómo el peso del agua hacía que sus muñecas crujieran.
El líquido se mecía con cada paso, amenazando con derramarse sobre el vestido de algodón que le llegaba hasta las pantorrillas, el mismo que había lavado a mano esa misma mañana.
El pozo quedaba a apenas veinte pasos, pero cada uno de ellos parecía arrastarse como si el suelo se resistiera a soltarla. Sus hombros ardían, no solo por el esfuerzo, sino por la tensión acumulada de días enteros fingiendo que podía con todo. Que no necesitaba nada.
—¿Quiere que te ayude?
La voz llegó desde su izquierda, baja y cálida. Kassandra se irguió de golpe, el agua chapoteó contra los bordes del balde, y una gota fría le resbaló por el antebrazo.
Eduardo estaba allí, con la camisa de lino arremangada hasta los codos, dejando al descubierto los antebrazos marcados por venas gruesas y una cicatriz pálida que serpenteaba desde el dorso de la mano hasta desaparecer bajo la tela.
El cabello despeinado por el trabajo. Olía a madera recién cortada y a ese jabón de sastre que usaban los hombres del pueblo, el que dejaba un rastro terroso y limpio a la vez.
—No, puedo hacerlo sola —respondió ella, más brusca de lo que pretendía.
El balde se ladeó traicionero, y Kassandra lo enderezó con un movimiento torpe, clavando los talones en la tierra para mantener el equilibrio. Sus dedos, ya entumecidos, se aferraron con más fuerza al asa, pero el peso parecía aumentar con cada segundo que Eduardo permanecía a su lado.
Él no se movió. No insistió. Solo cruzó los brazos, y el gesto hizo que los músculos de sus antebrazos se tensaran, dibujando sombras bajo la piel bronceada, y esperó. Como si supiera que el silencio, a veces, era más efectivo que las palabras.
El agua volvió a agitarse. Esta vez, un chorro fino se escapó por el borde, salpicando el polvo a sus pies y mojando el dobladillo de su vestido. Kassandra contuvo el aliento, los dientes hundidos en el labio inferior.
Antes de que pudiera reaccionar, Eduardo ya había dado un paso al frente. No le pidió permiso. No le preguntó de nuevo. Simplemente tomó el asa de la cubeta con una mano, mientras la otra se cerraba sobre sus dedos, justamente donde la madera había dejado una marca roja en su piel.
El contacto duró menos de un segundo, pero fue suficiente.
Un calor súbito le recorrió el brazo, como si alguien hubiera vertido miel caliente sobre sus venas. Kassandra retrocedió instintivamente, los dedos aún hormigueantes donde los de él habían rozado los suyos.
Eduardo no pareció notarlo, o si lo hizo, no lo demostró. Levanto el balde con facilidad, como si estuviera vacío, y lo apoyó contra su cadera con la naturalidad de quien había cargado pesos más grandes toda la vida.
—Aquí las cosas se hacen más llevaderas o menos complicadas si uno aprende a dejarse ayudar —dijo él, y su voz era ese tipo de grave que resonaba en el pecho, no en los oídos.
Kassandra bajó la mirada hacia sus propias manos, ahora vacías y ligeramente temblorosas. Las uñas, antes siempre impecables, tenían tierra bajo los bordes, y la cutícula de un dedo sangraba donde la madera la había rozado. Se sintió expuesta. Como si, al soltar ese peso, hubiera solado también algo más, la coraza que llevaba semanas construyendo con gestos firmes y miradas esquivas.
Eduardo no esperaba una respuesta. Caminó hacia el lavadero comunitario, donde otras mujeres del pueblo enjuagaban ropa en pilas de piedra, sus risas mezclándose con el rumor del agua. Dejó la cubeta junto a la pila más cercana. Luego se volvió hacia ella, y el sol le dibujó una sombra alargada que se extendió hasta tocar los pies de Kassandra.
—Aquí nadie espera que cargues el mundo sola, Liliana —dijo, y el modo en que pronunció su nombre falso hizo que algo se retorciera en su estómago.
No era la primera vez que alguien lo decía. Pero era la primera vez que sonaba real. Como si, al llamarla así, Eduardo no estuviera hablando de la mujer que fingía ser, sino de la que ella quería llegar a ser.
Kassandra se pasó la lengua por los labios, saboreando el polvo que el viento había depositado allí.
—No estoy acostumbrada a pedir —admitió, y odió lo frágil que sonó su voz—. Supongo que eso me vuelve… complicada.
Eduardo arqueó una ceja, y el gesto le dibujó una arruga apenas perceptible en la sien. No era una sonrisa, pero sus ojos brillaron con algo que se parecía peligrosamente a la diversión.
—¿Complicada? —repitió, como si estuviera degustando la palabra—. Yo diría interesante.
Kassandra sintió cómo el calor del día, que antes le había parecido soportable, ahora le quemaba la piel. Se cruzó de brazos, un gesto defensivo que solo logró que la tela del vestido se pegara a su cuerpo, delineando el contorno de sus pechos bajo el algodón húmedo. Eduardo no apartó la mirada, pero tampoco la recorrió con el descaro de otros hombres. Simplemente la vio.
—¿Siempre dices exactamente lo que piensas? —preguntó Kassandra, y su propia voz le sonó ajena, más baja de lo habitual.
Eduardo inclinó la cabeza, como si estuviera considerando la pregunta con seriedad. Luego, lentamente, se acercó un paso más. No suficiente para invadir su espacio, pero sí para que ella pudiera ver las motas doradas en sus iris, el modo en que la luz se filtraba entre sus pestañas.
—No siempre —admitió—. Pero hoy —hizo una pausa, y el aire se detuvo entre ellos—, no me parece un mal día para empezar.
Las palabras cayeron como piedras en un estanque, creando ondas que Kassandra sintió en el pecho.
Eduardo no esperó una respuesta. Se limitó a asentir, como si supiera que ella necesitaba tiempo para procesar eso, para decidir si huía o se quedaba. Luego, con la misma naturalidad con la que había tomado la cubeta, se giró hacia el grupo de ancianos que lo habían estado esperando a unos metros de distancia, cargando con sus bultos de mercado.
—Señorita Liliana —dijo, sin volver la cabeza—, si cambia de opinión sobre eso de dejarte ayudar, ya sabes dónde encontrarme.
Y se alejó, dejando atrás solo el eco de su risa baja cuando uno de los viejos le dijo algo que Kassandra no alcanzó a oír.
Ella permaneció allí, con los dedos aún hormigueantes y el corazón golpeando contra sus costillas como si intentara escapar.