En un mundo donde los dragones eligen a sus jinetes y los reinos se sostienen sobre alianzas forzadas. El amor es un lujo que nadie puede permitirse en tiempos de guerra. Elian Kovács siempre supo que su destino no le pertenecía al nacer enfermizo. Principe Omega del reino nórdico, y pieza clave en la guerra que se aproxima, su vida queda sellada cuando es prometido en matrimonio al heredero del poderoso Dominium Sárkányvér, un alfa al que jamás ha visto… y al que está destinado a obedecer como su futura esposa. Pelear en contra del clan del desierto. Pero ambos antes de rendirse al deber cometen un error. Lo que debía ser un escape sin consecuencias… Se convierte en un secreto imposible de ocultar. Porque semanas después, Elian descubre que lleva dentro algo más que culpa. Lleva un hijo concebido fuera del pacto. Una verdad que, de salir a la luz, podría significar la caída de su clan o su exterminio. Porque en un mundo donde el deber lo es todo. El amor puede ser la guerra más letal.
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¿No te conozco?
Eso silenció la habitación.
Soren lo miró impactado.
El omega sonrió débilmente entre lágrimas.
Una sonrisa triste.
—Al menos… quedará algo de mí cuando me vaya de este mundo.
El guardia sintió un nudo horrible en la garganta.
—No digas eso. No morirás, no dejaré que eso pase, pero debes escucharme.
En cambio el omega bajó la mirada hacia su vientre otra vez.
Y por primera vez desde hacía mucho tiempo…
Parecía aferrarse a algo.
A una pequeña luz, aunque naciera del desastre.
Soren retrocedió frustrado al ver la determinación en sus ojos al hablar.
— Si este bebé puede llegar a este mundo sano, no me importa pagar un precio.
—¿Y qué harás cuando tu prometido lo descubra? ¿Se te olvida que es un alfa?— le escupió en palabras amargas.
El omega se quedó inmóvil.
—…
—Porque lo hará— cada palabra era más cruel que la anterior —Faltan tres días para la boda. Si el príncipe descubre que estuviste con otro alfa… todo terminará.
El omega cerró los ojos lentamente. Porque eso era lo peor de todo. Ni siquiera sabía quién era realmente el padre de ese niño. Solo recordaba nieve. Calor de sus cuerpos. Un aroma salvaje amaderado. Y aquellos ojos dorados cálidos que lo habían mirado como si quisiera devorarlo y protegerlo al mismo tiempo.
Soren habló más bajo esta vez. Casi suplicando.
—Todavía puedes arreglar esto.
Pero el omega negó lentamente.
—No.
—…
—No voy a matarlo.
La voz le tembló. Pero no dudó. Y eso aterrorizó aún más a Soren. Porque en los ojos del omega… Por primera vez desde que lo conocía… Había decisión de traer aquel bebé a su mundo.
—Pues no cuentes conmigo para nada. No pienso mentir y ocultar esto a los reyes.
Soren salió de la habitación dando un fuerte portazo. El eco resonó por todo el pasillo helado. Elian cerró los ojos lentamente. Sus manos seguían sobre su vientre. Pequeño. Frágil. Y aun así… sentía que allí dentro existía algo más fuerte que él mismo.
—No dejaré que te hagan daño… Soren no hara nada que me lastime —susurró apenas al retoño en su interior.
Aunque ni siquiera sabía cómo cumplir esa promesa Lo más difícil sería ocultarlo al alfa de fuego.
Mientras tanto… en el reino húngaro El castillo entero estaba revolucionado. Criados corriendo. Dragones siendo preparados. Cofres llenos de regalos diplomáticos. Joyas. Telas. Espadas ceremoniales.
Los enormes dragones rugían mientras eran ensillados uno tras otro para el largo viaje al norte.
—¡Con cuidado con esos cofres! —gritó un general.
—¡Las especias son para la boda, idiotas!
—¡¿Dónde está el vino real?!
Y en medio de todo el caos…
Dávid permanecía en silencio. De pie frente a su dragón negro llamado Furia. Miklós lo observaba desde lejos con desconfianza. Porque conocía perfectamente esa mirada. El príncipe seguía pensando en él. En el omega. Y eso era un problema a corto plazo.
—¿Terminaste de revisar las rutas? —preguntó Dávid sin apartar la vista del dragón.
—Sí.
—¿Y… lo otro?
Miklós cerró los ojos lentamente. Ahí estaba otra vez.
—No encontré nada.
Mentira. Ni se había molestado en buscarlo. Ya su principe lo haría por él. Porque Dávid había estado enviando soldados discretamente durante semanas a la taberna y a los pueblos cercanos. A espaldas de sus padres. Y de Miklós. Buscando pistas absurdas.
"Un omega de cabello plateado."
"Ojos verdes."
"Aroma frío."
Como si eso fuera suficiente para encontrar a alguien.
—Tal vez ya ni siquiera siga en esa región —murmuró Miklós intentando acabar con aquello. Así que concéntrate. Ya los reyes están listos para partir.
Pero Dávid no respondió. Porque seguía recordando esa noche demasiado claramente. Más de lo que quería admitir. Finalmente subió sobre su dragón. Y la caravana real emprendió el vuelo hacia el norte.
Un días después....
El reino nórdico estaba cubierto por una tormenta blanca. Pero incluso así… la celebración continuaba.
Banderas colgaban desde las murallas. Las cocinas no descansaban. Y los salones reales estaban llenos de decoraciones. La llegada de la familia húngara causó un caos inmediato.
Guardias alineados. Sirvientes inclinándose. Dragones aterrizando uno tras otro en los enormes establos. Dávid descendió del suyo lentamente. Y el aire helado golpeó su rostro al quitarse su máscara.
—Recuerda las reglas —murmuró Miklós a su lado—. No puedes ver al prometido antes de la ceremonia.
El príncipe soltó una sonrisa sin humor.
—Créeme… no estoy desesperado por verlo.
Aunque una parte de él… seguía esperando encontrar accidentalmente a cierto omega entre los pueblos cercanos sin saber que al Omega que buscaba estaba más cerca de lo que imaginaba.
Esa misma noche. Elian caminaba lentamente por uno de los corredores secundarios del castillo del ala sur, aprovechando el caos por la llegada de los miembros del otro reino y su carabana. Llegó a la biblioteca por una receta indispensable, luego al edificio de posicones del reino para conseguir los ingredientes. Preparó una poción para camuflajear el olor de feromonas del embarazo. Era una receta que no dañaba al feto. Se la tomó y se dirigió a su habitación, caminó por caminos empedrados y salió al patio secundario, minutos después estaba atravesando el patio de la lavandería.
Llevaba una capa gruesa cubriéndolo casi por completo.
El vientre todavía le dolía un poco.
Y las náuseas iban y venían.
—Solo quiero llegar a mi habitación… ojalá aún no hayan llevado el ajuar de la ceremonia —murmuró cansado.
Necesitaba descansar más.
Mientras tanto…
Dávid recorría otra zona del castillo acompañado por dos soldados. Observando la arquitectura. Los pasillos cubiertos de hielo. Las enormes antorchas azules iluminaban su trayectoria hacia el patio de la lavanderia.
—El norte es deprimente —comentó uno de los hombres temblando de frío.
—Cállate antes de iniciar una guerra diplomática —gruñó Miklós.
— Mejor tomo este atajo— murmuró Elian al escuchar murmullos de personas acercarse del otro lado.
Y entonces ocurrió.
En el piso superior… una criada de lavandería abrió una ventana apresuradamente. Con una enorme cubeta de tinta negra en las manos.
—¡Ya vamos a alistarnos para ver a los futuros esposos a lo lejos, no podemos perdernos está boda real del reino!— bromeó pensando que no había nadie abajo, por no bajar a tirar la tinta donde iba cometió ese error.
SPLASH.
—¡¡AHHHH!! —un pequeño grito indignado resonó en el callejón.
Elian quedó completamente empapado.Con la tinta negra escurriendo por su cabello plateado. Manchando su ropa. Su rostro. Todo.
—¡MIS DIOSES! ¡PERDÓN SU ALTE—!
La criada se tapó la boca horrorizada antes de terminar la frase. Bajó corriendo y lo guío hasta una llave para tratar de remover la tinta antes de que se pegara, pero ya era tarde. Era una tinta muy fuerte de calamar con la que usaban para teñir ropas.
El omega tosió intentando limpiarse los ojos. Por lo menos la piel no se manchó. Pudo removerlo a tiempo. Pero el pelo no corrió con la misma suerte.
—¡Está helada y no termina de salir de mi pelo!
—¡Lo siento mucho, majestad!
—¡Vete déjame solo! ¡Ahhhhh, estoy muy enojado!
La chica apenada se fue y en ese instante…
Dávid se detuvo abruptamente. Porque esa voz le parecía conocida.
Su corazón dio un golpe brutal. El príncipe giró la cabeza de inmediato. Y por un segundo… el mundo pareció detenerse. Elian levantó lentamente la mirada todavía cubierto de tinta en las ropas reales y su pelo. Estaba muy molesto. Avergonzado. Hermoso incluso así.
—Esos ojos verdes —piensa Dávid. El alfa sintió el pecho tensarse violentamente —¿Es él?
Pero entonces vio el cabello negro empapado. Y la idea se rompió sola.
—No. Imposible— murmura el alfa.
Su omega tenía el cabello plateado. Aun así… algo dentro de él seguía gritando.
— Yo debo ser algún tipo de sal— refunfuña el omega avergonzado dejando la llave del agua de lado al ver a esos dos mirarlo con curiosidad.
Elian tropezó ligeramente intentando caminar entre la tinta y el suelo resbaloso. Y antes de caer… unas manos fuertes lo sostuvieron por la cintura. El contacto hizo que ambos se congelaran. Dávid tragó saliva lentamente. Otra vez ese maldito escalofrío. Una sensación similar. Un dejavú.
Elian levantó la vista. Y por un instante… algo dentro de él también se estremeció. Porque esos ojos dorados… Y ese pelo rubio.
—No— pensó—No puede ser.
Pero antes de que pudiera pensar demasiado… Dávid habló.
—¿Estás bien?
La voz grave atravesó al omega de inmediato. Elian apartó rápidamente la mirada. Le dolió la cabeza de repente.
—S-Sí… gracias.
—¿ Te conozco de alguna parte?