Oriana despierta en el cuerpo de la mujer que, en una historia que conoce demasiado bien, destruyó la vida de un poderoso duque. Ahora, atrapada en una nobleza en ruinas y con un padre al borde del colapso, decide no seguir el camino que ya estaba escrito para ella.
Sin buscar redención ni protagonismo, empieza de nuevo desde lo más simple: trabajar, crear, sobrevivir y pagar las deudas de una vida que ya no siente suya. Pero el destino no se queda quieto. El mismo duque al que una vez hirió comienza a mirarla con sospecha, luego con interés, como si algo en ella no encajara con el pasado que recuerda.
Sin embargo, cuanto más intenta escapar del rol que le fue asignado, más se acerca a un futuro que nadie en esa historia original llegó a ver venir.
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Capitulo 1
El sonido de las ruedas metálicas cruzando el pasillo se volvió algo normal para Oriana hacía mucho tiempo. Camillas entrando y saliendo, enfermeras hablando en voz baja. Incluso el reloj frente a la sala de quimioterapia parecía avanzar más lento que el resto del mundo.
Oriana permanecía sentada cerca de la ventana con una manta sobre las piernas y un libro cerrado entre las manos. A su alrededor había otras personas esperando turno. Una mujer mayor conversaba con su esposo mientras él le acomodaba el suero con cuidado, un niño pequeño dormía apoyado sobre el hombro de su madre y más allá un hombre discutía con su hija porque ella insistía en comprarle algo dulce después del tratamiento.
Era extraño lo rápido que alguien podía acostumbrarse a mirar vidas ajenas.
La enfermera apareció sosteniendo una carpeta.
—Oriana Pérez.
Ella levantó la cabeza enseguida.
—Aquí estoy.
La enfermera sonrió con amabilidad cansada.
—Hoy terminaremos rápido, ¿te sientes bien?
Oriana soltó una pequeña risa.
—¿Quieres la respuesta sincera o la respuesta educada?
—La sincera.
—Siento que me atropelló un carro.
La mujer terminó riéndose también.
—Entonces hoy traeré el medicamento lento para que no te marees tanto.
—Te amo un poco por eso.
Oriana hizo una expresión dramática antes de levantarse lentamente de la silla. Las piernas le dolían más esa semana y el cuerpo le pesaba como si hubiese dormido mal durante meses. Aun así caminó sin ayuda hasta la sala.
Ya no le gustaba verse en los espejos del hospital. Su rostro seguía siendo bonito, o al menos eso repetían las enfermeras, pero ella apenas lograba reconocerse. Tenía la piel más pálida, las ojeras marcadas y el cabello corto creciendo de forma desigual después de haber vuelto a caerse.
Mientras se acomodaba en la camilla, escuchó el teléfono vibrar dentro de su bolso. Lo tomó rápido por costumbre, aunque en el fondo ya sabía que no era nadie importante.
Publicidad.
Otra vez.
Ni un mensaje.
Ni una llamada.
Nada.
Guardó el teléfono despacio y apoyó la cabeza contra la almohada.
Al principio creyó que su familia aparecería tarde o temprano. Incluso después de abandonar la universidad, incluso después de las discusiones, seguía pensando que el enojo se acabaría cuando entendieran que ella simplemente no quería esa vida.
Los Pérez llevaban generaciones formando abogados y empresarios. Oriana era la hija brillante que debía continuar el legado. Sacaba las mejores notas, hablaba tres idiomas y tenía un futuro asegurado, hasta que un día dejó todo para estudiar repostería.
Su madre dejó de hablarle durante semanas.
Su hermano dijo que estaba avergonzando a la familia.
Y su padre… su padre simplemente la miró como si ya no entendiera quién era ella.
Después llegó el cáncer y todo empeoró.
Las visitas comenzaron a espaciarse, luego aparecieron las excusas y finalmente el silencio.
Oriana terminó aprendiendo algo doloroso; algunas personas saben acompañarte en el éxito, pero desaparecen cuando tu vida deja de verse bonita.
La enfermera conectó el tratamiento mientras hablaba suavemente.
—¿Terminaste el libro que estabas leyendo?
Los ojos de Oriana cambiaron un poco.
—Casi. Me queda el último capítulo.
—¿Ese del duque?
—Sí.
—Te tiene obsesionada.
—Porque todos ahí sufren horrible.
—Eso no suena muy alentador.
—Pero siguen viviendo.
La enfermera dejó el medicamento preparado y sonrió antes de salir.
Oriana tomó el libro otra vez mientras el tratamiento comenzaba lentamente. La portada estaba algo doblada de tanto abrirla. Había comprado aquella novela por casualidad en una pequeña tienda cerca del hospital y terminó leyéndola durante madrugadas enteras.
La historia hablaba de Ender Hall, un duque que perdió la vista después de un accidente mágico y quedó aislado del mundo junto con su mal carácter. Su prometida, Priscilla, lo abandonaba poco después de quedar ciego y la historia seguía el momento en que él reconstruía lentamente su vida junto a Rebeca, una mujer amable y paciente.
Oriana sabía que era una novela sencilla.
Aun así le gustaba.
Porque Ender seguía adelante incluso cuando sentía que ya no quedaba nada bueno para él.
Porque Rebeca no intentaba salvarlo con discursos vacíos.
Porque el dolor de los personajes se sentía humano.
Y porque mientras leía, el miedo a morir dejaba de sentirse tan pesado.
Pasaron varias horas antes de que regresara a su pequeño apartamento cerca del hospital. Afuera estaba lloviendo y subir las escaleras la dejó sin aire a mitad del camino.
—Esto ya debería contar como ejercicio extremo… —murmuró mientras buscaba las llaves.
El departamento era pequeño, cálido y estaba lleno de cosas de repostería. Libros, moldes, recetas pegadas en la nevera y una caja de utensilios que casi nunca podía usar desde que enfermó.
A veces se preguntaba cómo habría sido abrir aquella pastelería que soñó durante años.
Quizá una cafetería pequeña.
Con vitrinas llenas.
Mesas junto a la ventana.
Clientes habituales.
El sonido de una campana cada vez que alguien entrara.
Dejó el bolso sobre el sofá y caminó lentamente hacia la cocina para prepararse té, aunque terminó demasiado cansada para hacerlo. El cuerpo le dolía demasiado esa noche.
Así que simplemente se acomodó en la cama con la novela entre las manos.
El último capítulo.
Ender finalmente aceptaba volver a sonreír gracias a las personas que permanecieron junto a él. Rebeca lloraba mientras él le pedía quedarse a su lado y, por alguna razón, eso hizo que Oriana cerrara el libro durante varios segundos.
Sintió un nudo extraño en la garganta.
No porque la escena fuera triste.
Sino porque ella también quería algo así.
Alguien esperándola.
Alguien diciéndole que quedarse importaba.
Volvió a abrir el libro despacio y terminó las últimas páginas bajo la luz tenue de la lámpara.
Cuando llegó al final, permaneció mirando el techo en silencio.
—Qué injusto… —susurró con una sonrisa cansada—. Hasta un hombre ficticio tuvo mejor vida amorosa que yo.
Se rio sola después de decirlo, aunque la risa le duró poco porque comenzó a toser fuerte. El pecho le ardió de inmediato y tuvo que cubrirse la boca mientras intentaba respirar.
El ataque pasó lentamente.
Demasiado lentamente.
El cuerpo le temblaba cuando logró recostarse otra vez.
Tomó el teléfono por impulso.
Ningún mensaje.
Ni siquiera esa noche.
Oriana observó la pantalla unos segundos más antes de apagarla.
Y aunque intentó mantenerse despierta, el cansancio terminó arrastrándola poco a poco.
La lluvia seguía sonando afuera.
El libro continuaba abierto sobre ella.
Y la habitación permaneció completamente silenciosa.
A la mañana siguiente, una enfermera encargada de Oriana, llamó insistiendo a su teléfono.
Nadie respondió.
Así que fue a su departamento. Nadie abrió la puerta durante horas.
Cuando finalmente lograron entrar al apartamento, Oriana seguía acostada sobre la cama con expresión tranquila, como si simplemente se hubiera quedado dormida mientras terminaba una historia que le gustó demasiado.
Murió abrazo a la historia.
Rebeca piensa que puede arruinar la relación con decirle a Ender que Priscila es una impostora y que ya sabe la.verdad desde el primer momento que entró pidiendo ayuda. Espero con ansias el próximo capítulo 😋