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Eres Mi Error Mas Caro CEO

Eres Mi Error Mas Caro CEO

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Mujer fuerte/hombre frágil / Amor-odio
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Para salvar a su familia, ella firmó un contrato con el hombre más poderoso de la ciudad… sin imaginar que estaba vendiendo su libertad.
Frío, dominante y peligroso, él no cree en el amor, pero sí en la posesión.
Lo que empezó como un acuerdo se convierte en una relación marcada por el control, los celos y una atracción imposible de romper.
Porque en su mundo, amar no es proteger… es destruir.
Y ahora que la tiene, no piensa dejarla ir… aunque eso la rompa por completo.

NovelToon tiene autorización de Pluma Magna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La casa donde empieza la guerra

Valeria no durmió.

Pasó la noche sentada al borde de la cama, rodeada de ropa doblada y fotografías viejas. Su habitación le dolía como una despedida anticipada. Abrió el armario con manos torpes, rozó blusas gastadas y apretó una camisa contra el pecho.

No llores otra vez.

Pero lloró.

La puerta se abrió despacio. Tomás entró con el cabello revuelto, los ojos rojos y la cara pálida. Se quedó mirándola entre maletas, con los puños cerrados.

—Todavía podemos irnos, Valeria. No sé a dónde, pero podemos hacerlo. Yo trabajo, tú trabajas, vendemos lo poco que quede. Prefiero perder la casa antes que verte subirte al auto de ese hombre como si fueras una deuda que ya pagó. No me pidas calma, porque cada vez que pienso en ti bajo su techo siento que me arrancan el aire.

Valeria dobló la camisa, aunque las manos le temblaban.

—Si no voy, el contrato se rompe. Y si se rompe, todo vuelve al inicio: la casa, el hospital, las deudas, mamá. No tuve una opción limpia, Tomás. Tuve una puerta abierta y un abismo detrás. Yo también quisiera correr, pero correr no paga medicamentos ni borra lo que firmé.

Él dio un paso. La rabia se le quebró.

—Me tienes a mí. Soy tu hermano. Si vas a caer, caemos juntos. Pero no me pidas que respire tranquilo sabiendo que tú pagas con tu vida lo que todos van a llamar salvación.

Valeria se puso de pie y le tomó el rostro entre las manos.

—Por eso lo hice. Porque te tengo a ti. Porque tengo a mamá. Porque tengo a papá. Pero escúchame bien: no voy a desaparecer en la casa de Damián Ortega. No voy a convertirme en una sombra elegante ni en una esposa obediente. Voy a respirar, pensar y resistir. Y si intenta romperme, recogeré mis pedazos sin pedirle permiso.

Tomás la abrazó con fuerza. Valeria cerró los ojos y se permitió hundirse un instante en ese abrazo.

Solo uno.

A las ocho, un auto se detuvo frente a la casa.

Valeria estaba en la sala, junto a dos maletas pequeñas. Amelia permanecía en el sofá, envuelta en una manta, con los ojos húmedos. Ernesto estaba cerca de la puerta, rígido por la culpa.

El timbre sonó.

—Yo abro —dijo Valeria.

Al girar la cerradura, Damián Ortega apareció frente a ella. Vestía de negro, impecable, con el rostro serio y la mirada fija en sus ojeras, en sus labios pálidos, en la forma en que sostenía la puerta como si fuera la última frontera.

—Llegó puntual —dijo ella.

—Dije a las ocho.

—Sí. Usted suele confundir decir con ordenar. Pero esta es mi casa, Damián. Aquí no entre como si todo lo que toca ya llevara su nombre. Aquí mi madre llora, mi padre se culpa y mi hermano quisiera arrancarme de sus manos. Tenga la decencia de no convertir esto en otro trámite.

Damián miró por encima de su hombro. Vio a Amelia, a Ernesto, a Tomás. No hubo burla, pero sí una incomodidad breve, como si aquella sala humilde le recordara que el contrato no era una operación limpia.

Era una mujer arrancada de su hogar.

Tomás soltó una risa seca.

—Usted no vino a visitar a mi familia; vino a llevarse a mi hermana. Si ella cruza esa puerta, no será porque le pertenece. Será porque la empujaron hasta un lugar donde amar a los suyos le costó demasiado.

Los ojos de Damián se endurecieron.

—Mida sus palabras.

Valeria dio un paso al frente.

—No le hable así. Él no lo provoca. Está defendiendo lo único que usted no pudo comprar: el derecho de esta familia a dolerle mi partida. Si quiere llevarme, tendrá que soportar que aquí nadie lo vea como salvador.

Damián no respondió.

Valeria se acercó a Amelia, se arrodilló y le tomó las manos.

—No llores, mamá. Me protegiste toda la vida. Déjame protegerte esta vez. Pero no me despidas como si me estuvieras perdiendo, porque necesito creer que voy a volver a mí misma.

Amelia le acarició el cabello con dedos temblorosos.

—Perdóname, hija. Una madre no cría a una hija para verla irse así, con una maleta pequeña y los ojos llenos de miedo.

Valeria besó sus manos. Luego abrazó a Ernesto. Él le besó la frente con vergüenza.

—No sé cómo voy a perdonarme esto.

—Empieza por vivir, papá. Después hablamos del perdón.

Tomás fue el último. La abrazó enterrando el rostro en su hombro.

—Llámame. A cualquier hora. Aunque solo sea para respirar del otro lado.

—Te lo juro.

Valeria tomó sus maletas. Damián hizo un movimiento para ayudarla. Ella lo detuvo con una mirada.

—Puedo cargar lo mío. Es lo último que todavía puedo llevar sin que usted decida por mí.

Él retiró la mano lentamente.

—Como quiera.

—No. Como pueda. Que es distinto.

Antes de entrar al auto, Valeria miró atrás. Su madre lloraba. Su padre estaba destruido. Tomás tenía los puños cerrados. No pudo decir adiós.

El auto arrancó. Una lágrima bajó por su mejilla. La limpió, pero Damián ya la había visto.

—No tenía que ser así.

Valeria soltó una risa rota, mirando por la ventana.

—Qué frase tan cómoda para quien diseñó la jaula. Usted vuelve a una mansión y yo dejo atrás mi casa.

Damián apretó los nudillos.

—Yo también estoy pagando un precio.

Valeria giró hacia él.

—No se atreva a compararlo con el mío.

El auto cruzó las rejas de una propiedad inmensa. La mansión Ortega apareció al fondo, elegante, fría, perfecta. Valeria bajó antes de que Damián pudiera abrirle la puerta.

Todo era hermoso.

Todo parecía una prisión.

—Esta será su casa —dijo él.

Valeria lo miró con el dolor convertido en calma peligrosa.

—No. Esta será la casa donde usted va a descubrir que no todas las mujeres encerradas aprenden a obedecer.

Damián guardó silencio. En sus ojos, por primera vez, pareció entender que había llevado fuego a su propia casa.

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