Renace en un nuevo mundo con magia y demostrará que ya nadie va a subestimarla..
* Está novela es parte de un mundo mágico *
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Capitán Lloyd 2
Tracy evaluó la situación en un instante.
Demasiado rápido. Demasiado peligroso.
Había visto a Oliver Amery entrenar alguna vez, de lejos, y no confiaba en sus habilidades con la espada. Además, sabía algo más preocupante: casi no se alimentaba, dormía poco, y su maná estaba bajo, agotado por el duelo y la culpa. No era un hombre en condiciones de sostener un combate, y mucho menos un duelo exigido por un borracho furioso rodeado de hombres.
[Si muere… Otis se queda sin padre.]
Esa idea fue suficiente.
Tracy se inclinó hacia el sirviente, bajando la voz con urgencia.
—Envía un mensajero al ducado Evenson. Ahora. Disimuladamente. Diles que vengan de inmediato.
El hombre dudó solo un segundo antes de asentir y desaparecer entre la multitud.
Sin perder tiempo, Tracy colocó con cuidado a Otis en los brazos de Oliver.
El viudo la miró como si no entendiera lo que estaba ocurriendo.
—Yo… Tracy, no sé qué hacer…
—Es su hijo.. Cárguelo.
Oliver comenzó a temblar apenas sintió el peso del bebé. Sus brazos eran torpes, inseguros, como si temiera romperlo.
—Déjeme bajar.. Esto es asunto mío.
Tracy negó con la cabeza.
—No. Soy más fuerte que usted ahora mismo.. Usted cuide a su hijo.
—Tracy, por favor…
—No.. Usted se queda aquí.
Discutieron en susurros tensos, palabras cortas, desesperadas. Oliver miraba alternativamente a la puerta del carruaje y al bebé, completamente superado por la situación.
Entonces Otis despertó.
Un pequeño sonido escapó de su garganta, frágil pero claro. Oliver se puso rígido, el pánico reflejado en su rostro.
—Se movió… Tracy, no sé—
Ella aprovechó ese segundo de distracción.
Abrió la puerta del carruaje y bajó con rapidez.
—¡Tracy! ¡No se vaya! ¡No sé qué hacer!
Ella se volvió apenas, ya con un pie en el suelo.
—Solo vea que Otis no se duerma.. Háblele. Mírelo. No lo suelte.
Luego cerró la puerta.
El ruido de los hombres afuera la recibió de golpe. Voces ebrias, risas ásperas, insultos lanzados al aire. Tracy enderezó la espalda y avanzó, sintiendo cómo su maná respondía a su determinación.
[No hoy. Otis ya ha perdido demasiado]
Mientras el carruaje quedaba atrás, con Oliver sosteniendo a su hijo como si fuera lo único que lo anclaba al mundo, Tracy caminó hacia el conflicto sin espada… pero con algo mucho más peligroso. Voluntad.
Dentro del carruaje, el mundo de Oliver se desmoronó.
Otis pesaba más de lo que esperaba. No por su cuerpo diminuto, sino por lo que representaba. Sus brazos, acostumbrados a sostener libros, copas de vino o la nada misma, temblaban al intentar acomodarlo. Nunca antes lo había cargado. Nunca se había permitido hacerlo. Y ahora, de pronto, su hijo estaba allí, tan pequeño, tan frágil, dependiendo de él para no caer, para no asfixiarse, para no quedarse dormido.
—Yo no… Yo no sé hacer esto…
La idea lo golpeó con violencia.. una mujer había bajado del carruaje a enfrentar un duelo por él..
Una maga sanadora.
Sin espada.
Por su culpa.
El corazón le latía con fuerza desordenada, casi dolorosa. Miró alrededor del carruaje como si buscara un lugar seguro donde dejar al bebé, pero no había ninguno. El asiento era duro, el suelo impensable. ¿Y si lo soltaba mal? ¿Y si Otis dejaba de respirar? ¿Y si se dormía?
El pánico le nubló la mente.
—No te duermas… Por favor, no te duermas.
El bebé se movió apenas, y Oliver sintió que estaba a punto de romperse.
Se asomó por la ventana del carruaje con manos torpes, cuidando de no mover demasiado al niño. Afuera, la escena parecía irreal.
Tracy estaba de pie frente a una decena de hombres.
No había miedo en su postura. No había duda. Su espalda estaba recta, su mentón alzado. Y entonces… sonrió.
Una sonrisa tranquila. Segura. Casi provocadora.
Oliver sintió que algo en su pecho se apretaba con violencia.
[Está sonriendo… ¿Qué clase de persona sonríe ante esto?]
Los hombres gritaban, gesticulaban, uno de ellos.. el capitán Lloyd.. tambaleaba, rojo de ira y alcohol. Y allí estaba Tracy, pequeña frente a ellos, pero inamovible, como si el suelo mismo la sostuviera.
Otis emitió un pequeño sonido.
Oliver bajó la mirada de inmediato, olvidándose por un instante del mundo exterior. Ajustó la manta con torpeza, acercando al bebé a su pecho.
—Está bien… Estoy aquí. Aunque no sepa cómo… estoy aquí.
Volvió a mirar por la ventana.
Tracy seguía allí.
Sonriendo.
Y Oliver comprendió, con una claridad que dolía, que mientras ella enfrentaba a una decena de hombres por él, su única tarea.. la más importante de todas.. era sostener la vida que tenía entre los brazos. Y no fallar.
frente al carruaje Tracy percibió las miradas incluso antes de escuchar las palabras.
No eran miradas de miedo.
Eran peores.
Eran miradas de burla, de desprecio, de hombres que veían a una mujer sola y asumían, sin pensarlo, que no era una amenaza. Que era un obstáculo menor. Algo que podía apartarse con una mano… o romperse.
Ella sonrió.
Una sonrisa lenta, controlada, que no tenía nada de amable.
[Así que me ven pequeña. Perfecto.]
Uno de los hombres dio un paso al frente. Era grande, ancho de hombros, con la voz espesa por el alcohol y la arrogancia.
—No tenemos asunto contigo, muchacha.. Déjanos pasar. Si el cobarde de Amery se entrega, te dejaremos ir.
Hubo murmullos de aprobación detrás de él.
Tracy inclinó la cabeza apenas, como si considerara la oferta.
—No —respondió con calma.
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?
—Que no.. Si quieren a Oliver Amery… tendrán que pasar por mí primero.
Las risas estallaron.
—¿Por ti? ¿Y qué eres tú? ¿Su amante? ¿Su guardaespaldas?
Tracy suspiró.
—Soy la persona equivocada para subestimar.
La discusión se tensó. Las voces subieron de tono. Uno de los hombres, impaciente, avanzó con paso pesado, decidido a apartarla por la fuerza.
Ese fue su error.
Tracy no levantó las manos.
No gritó.
No retrocedió.
Simplemente.. activó su maná..
El suelo bajo el pie del hombre.. explotó..
No fue una explosión descontrolada, sino precisa.. La piedra se quebró con un estruendo seco y el cuerpo del hombre salió despedido hacia atrás, cayendo varios metros más allá, rodando por el suelo entre polvo y gritos.
No quedó gravemente herido.
No sangró en exceso.
Pero el mensaje fue claro.
El silencio cayó como un golpe.
Los hombres retrocedieron instintivamente. Algunos llevaron la mano a sus armas. Otros simplemente miraron el cráter humeante en el suelo, luego a Tracy… y tragaron saliva.
Ella bajó lentamente la mano.
—Ese fue el aviso.. El siguiente… no será tan considerado.
El capitán Lloyd, tambaleante, la miró con los ojos desorbitados. La ebriedad no había desaparecido, pero ahora estaba teñida de algo nuevo.
Miedo.
Desde el carruaje, Oliver observaba la escena con el corazón desbocado.
Tracy seguía sonriendo.
Pero ya no era una sonrisa amable.
Era la sonrisa de alguien que había decidido que.. nadie más moriría ese día..