Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 3
El teléfono de Anna vibró sobre su escritorio de cristal con una insistencia que no admitía ignorancia. No era una notificación de mercado, sino un mensaje de texto de la abuela de David, Doña Elena Bianchi. El tono era breve, afilado y cargado de una autoridad que los años no habían erosionado: "Mañana, 10:00 AM. Videoconferencia obligatoria. Tu futuro depende de tu puntualidad".
Anna dejó escapar un suspiro contenido, ajustando los puños de su chaqueta de seda. Sabía lo que eso significaba. Las matriarcas, Elena Bianchi y su propia abuela, Beatriz, eran las verdaderas arquitectas de este edificio de naipes legal en el que ella vivía. Eran mujeres que no entendían de "espacios personales" ni de "vidas separadas". Para ellas, el linaje era un negocio que requería mantenimiento presencial.
A la mañana siguiente, Anna se sentó frente a su monitor, la espalda recta, el rostro una máscara de eficiencia tranquila. En la pantalla dividida aparecieron las dos ancianas, sentadas en el opulento salón de la mansión Bianchi, rodeadas de retratos al óleo y un aire de triunfo rancio. En el otro recuadro, apareció David.
Fue la primera vez en meses que Anna veía su rostro, aunque fuera a través de una cámara de alta definición. David estaba en su oficina, la mandíbula apretada, los ojos grises como nubes de tormenta antes de estallar. No la miró directamente; su atención estaba fija en las mujeres que sostenían los hilos de su herencia.
—Tres años, niños —comenzó Elena, su voz resonando con una vibración metálica—. Tres años de este juego de sombras. Nosotras cumplimos nuestra parte del trato. Ustedes tienen sus carreras, su libertad y sus asignaciones. Pero el mundo empieza a susurrar. Un matrimonio sin apariciones públicas es una debilidad para las acciones de la empresa.
—Abuela, acordamos que... —la voz de David intervino, baja y peligrosa.
—Acordamos que el matrimonio sería funcional, David —interrumpió Beatriz, la abuela de Anna, con un tono más suave pero igualmente implacable—. Y ahora, la función requiere una puesta en escena. El aniversario de la Corporación Bianchi es en un mes. Si no se presentan juntos, entrando del brazo como el matrimonio sólido que juraron ser, las cláusulas del testamento cambiarán.
Anna sintió un frío repentino en la nuca. El testamento. Era el ancla que mantenía a flote la empresa de su familia y el control total de David sobre su imperio.
—¿Qué tipo de cambio? —preguntó Anna, su voz clara y analítica, sin rastro de la agitación interna que empezaba a recorrer su piel.
—La revocación de los fideicomisos —sentenció Elena—. Y la redistribución de las acciones de control hacia el consejo de administración. Serán ricos, sí, pero perderán el mando. Serán simples pasajeros en sus propias vidas.
Hubo un silencio denso en la llamada. Anna pudo ver, incluso a través de la pantalla, cómo el pulso en el cuello de David se aceleraba. Para un hombre con su necesidad de control, ser un "pasajero" era una sentencia de muerte en vida.
—Tienen un mes para prepararse —concluyó Beatriz—. Hagan lo que tengan que hacer. Conózcanse, ensayen, finjan. Pero el día de la gala, queremos ver una unidad absoluta.
La conexión se cortó abruptamente. Anna se quedó mirando la pantalla en negro, sintiendo el peso de la amenaza. Segundos después, su teléfono personal notificó la llegada de un mensaje. Era de David. El primer contacto directo en años.
David: "Mi abogado enviará un cronograma de 'reuniones de ensayo'. No hagas esto más difícil de lo que ya es. Limítate a cumplir."
Anna apretó el dispositivo entre sus dedos. La arrogancia de David la irritaba, pero su mente práctica ya estaba calculando los daños. Escribió una respuesta con la misma frialdad:
Anna: "No necesito un abogado para organizar mi agenda. Envía los detalles tú mismo. Mi tiempo es tan valioso como el tuyo, Bianchi. Asegúrate de que tu 'posesividad' no arruine la logística."
La respuesta de David llegó casi al instante, cargada de una agresividad contenida que ella pudo sentir casi físicamente:
David: "Cena el viernes. Mi ático. 20:00 horas. Ven sola. Si vamos a mentirle al mundo, primero tengo que soportar tu presencia sin testigos."
Anna sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una extraña anticipación táctica. Se miró en el espejo del despacho. Sus mejillas tenían un leve tinte rosado. El juego de las abuelas había forzado un choque de trenes, y ella era la vía por la que ese tren estaba a punto de pasar.
—Soportar mi presencia —susurró Anna, una sonrisa gélida y desafiante asomando en sus labios—. Veremos quién soporta a quién, David.
Durante los días siguientes, la comunicación se mantuvo estrictamente textual y profesional, mediada por un tono de desprecio mutuo que ambos humanizaban con sutiles ataques a la eficiencia del otro. David enviaba requisitos sobre el vestuario; Anna respondía con correcciones sobre el protocolo de prensa. Eran dos estrategas moviendo piezas en un tablero que odiaban, pero que no podían abandonar.
La sensualidad del conflicto empezaba a filtrarse en los mensajes. La resistencia de Anna a sus órdenes despertaba en David una curiosidad irritante; la rigidez de David provocaba en Anna un deseo analítico de encontrar su punto de quiebre. Cada texto era un roce afilado, una caricia de papel que cortaba pero dejaba una marca caliente.
El viernes se acercaba como una fecha de ejecución. Anna seleccionó un vestido negro, sencillo pero de un corte que gritaba poder, no sumisión. No quería verse como la esposa que él esperaba; quería verse como el problema que él no podía resolver.
En su oficina, David observaba el último mensaje de Anna. "Estaré allí a las ocho en punto. No tolero la impuntualidad". Giró el teléfono en su mano, sintiendo una tensión en su pecho que no recordaba haber sentido con ninguna otra adquisición empresarial. Esa mujer, a la que consideraba una "interesada de lujo", tenía una voz que cortaba como el diamante.
—Un mes —se dijo David, observando la ciudad desde su ventanal—. Un mes para domar a la esposa fantasma y recuperar mi herencia.
No sabía que Anna Bianchi no era una mujer que se dejara domar, y que la presión de las matriarcas solo había sido el catalizador para que dos soledades armadas hasta los dientes finalmente colisionaran. El aniversario de la empresa ya no era solo una fecha en el calendario; era el inicio de una guerra donde el campo de batalla sería el deseo y la primera baja sería la indiferencia que tanto se habían esforzado en cultivar.