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No Es Una Invitación, Es Una Orden

No Es Una Invitación, Es Una Orden

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Amor de la infancia
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Phandi

Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.

NovelToon tiene autorización de Phandi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

“Promesas rotas y demonios despiertos”

La habitación olía a licor derramado, a madera húmeda, a rabia contenida.

Sebastián estaba sentado en la penumbra, con la camisa desabotonada, el rostro sudoroso y los ojos fijos en el vaso medio vacío.

—Te dije que te dejaría libre…

Murmuró para sí, arrastrando las palabras como si cada sílaba pesara toneladas.

—Dije que si me decías que me amabas… te dejaría ir…

Recordó la noche anterior. Elsa temblando. Elsa mintiéndole con los ojos bajos. Elsa diciéndole “te quiero” con voz hueca.

Él lo supo. Lo supo desde que sus labios se movieron.

No lo amaba.

Y aún así, se había dicho a sí mismo que bastaba con eso. Que dejarla ir sería su redención.

Pero ahí estaba, en su cuarto, sintiendo que le arrancaban el alma con cada minuto que pasaba.

Se levantó con torpeza, se tambaleó hacia la ventana y la abrió.

El viento de la madrugada le azotó la cara, como una bofetada de realidad.

—¿Se fue ya...?

Se respondió a sí mismo con un trago amargo.

Sí.

Ella se había ido.

Con ese hombre.

Con Tomás.

—Ese maldito no solo tuvo su cuerpo antes que yo… ahora también se lleva su alma. —escupió, con los ojos inyectados de sangre.

Cerró la mano con tanta fuerza que el vaso se hizo trizas.

La sangre le corrió entre los dedos.

No le importó.

No podía permitirlo.

No era solo Elsa.

Era el orgullo, el apellido Montenegro, la humillación pública, el eco del pueblo que diría “la esposa del terrateniente huyó con el bastardo huérfano”.

¡No!

Se dejó caer en la silla. Respiró profundo.

Y ahí… en medio del silencio, se le encendió algo oscuro en la mente.

—No iré tras ellos… aún.

Una sonrisa torcida le cruzó el rostro.

—Los dejaré adelantarse.

Les daré su pequeña ilusión de libertad.

—Que se besen, que se abracen, que crean que escaparon…

Se puso de pie, ahora más firme.

—Y cuando bajen la guardia,

cuando Elsa crea que al fin es libre,

entonces llegaré yo.

Y esa vez, no dejaré piedra sobre piedra.

Fue hasta su escritorio.

Abrió un cajón.

Sacó una pistola pequeña, antigua, pero cargada.

La miró.

—Nunca supe querer.

Solo sé poseer.

Y si ella no es mía… no será de nadie.

“Suspiros de libertad, pasos de amenaza”

Parte I: El molino, la libertad por fin... ¿real?

El amanecer apenas pintaba el cielo cuando Elsa y Tomás salieron del molino.

Habían dormido poco.

El suelo era frío, pero los abrazos cálidos.

No hubo pasión desbordada, no todavía. Solo calma, silencio compartido, y una promesa muda entre sus cuerpos enlazados.

—¿Estás lista? —susurró Tomás, con una sonrisa suave.

Elsa asintió.

—No importa a dónde vayamos. Mientras no me alejes de ti.

Cruzaron el bosque rumbo al río viejo, donde Silvio los esperaba con dos mulas listas y mochilas con provisiones.

Era la última ayuda del anciano.

Tomás le dio un fuerte apretón de manos y un abrazo silencioso. Elsa lo miró con respeto. Ese viejo les había salvado la vida.

Montaron.

El viaje iniciaba.

Y aunque el camino era largo, con riscos, con senderos que pocos conocían, sentían por primera vez que la libertad era real.

Elsa miró el cielo, el sol apenas asomándose.

—¿Te parece real? —le preguntó a Tomás, mientras el viento le despeinaba el rostro.

—No sé… pero por primera vez en mucho tiempo, no siento miedo.

Ambos rieron.

Y Joshua, a unos kilómetros atrás, ya regresaba al pueblo.

La misión se había cumplido.

Su hermana iba camino a la esperanza.

Parte II: Sebastián, el cazador que espera

Mientras tanto, en el corazón oscuro de la hacienda, Sebastián ya no estaba ebrio.

Estaba sereno.

Y eso era más peligroso.

Vestido de negro, con el rostro sin emoción alguna, miraba un mapa sobre la mesa de su estudio.

—El camino del molino al cañón de la niebla… después a las tierras de los Moncada. Si logran cruzar ese paso, se me pierden por completo...

Uno de sus hombres entró.

—Ya salieron, señor. Tres horas atrás. Según el informante, van hacia el sendero oculto.

Sebastián levantó la vista.

No dijo nada.

Solo deslizó lentamente su dedo sobre la ruta del mapa, marcando el punto de encuentro con una cruz.

—Perfecto.

Se puso de pie.

—No los quiero muertos.

Al menos… no a ella.

Pero si el bastardo se resiste… tú sabes lo que tienes que hacer.

El hombre asintió.

—¿Y la señora María Ugande?

—No sabrá nada… hasta que le lleve a su nuera atada y rendida.

Sebastián bajó las escaleras, dio un último vistazo a la casa vacía.

—Fingí amistad con ese maldito. Fingí respeto con ella. Fingí paciencia conmigo.

Ya no más.

Montó su caballo.

Cinco hombres lo acompañaban.

Los otros tres lo esperaban ya más adelante.

Y mientras el sol al fin se alzaba… el infierno cabalgaba tras ellos.

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Miriam Muñoz
hasta el momento
ecxelente
Miriam Muñoz
me gusta
Miriam Muñoz: me gusta mucho ☺️
total 1 replies
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