En su vida pasada, Evangeline sacrificó todo por seguir a Julian al campo, solo para ser devorada por la traición. Engañada por el hombre que amaba y por su mejor amiga, Genevieve, terminó drogada, con el cuerpo consumido por la enfermedad y viendo a su familia quedar en la ruina.
En sus últimos y más oscuros momentos, no fue su "gran amor" quien la salvó, sino Alistair, el hombre rudo y marginado al que ella tanto había despreciado. Tras pasar quince años en prisión, él gastó cada moneda de su fortuna para comprar su libertad, pagar su tratamiento y cuidarla con una ternura infinita hasta su último aliento.
Ahora, el destino le ha otorgado un milagro: Evangeline ha despertado a los dieciocho años, justo el día en que llegó a Valle Umbrío.
Con el conocimiento del futuro y un misterioso espacio lleno de recursos a su disposición, Evangeline no solo busca venganza contra quienes la destruyeron, sino que tiene una misión más urgente: entregarse al hombre que la amó cuando nadie más lo hizo.
—He oído que a tus veintitrés años todavía no tienes esposa y el pueblo se burla de ti —le dice ella, acurrucándose en los brazos del tosco Alistair—. ¡Yo seré tu esposa!
Él, mirando a la delicada joven con los dientes apretados, solo alcanza a decir: —No bromees.
—Vi a los vecinos presumiendo de sus hijos ante ti —susurra ella con una sonrisa traviesa—. ¿Qué te parece si formamos nuestra propia familia para que mueran de envidia?
Alistair, con las orejas encendidas por el rubor, sentencia: —¡Te arrepentirás!
Pero el arrepentimiento no está en los planes de Evangeline. Mientras todo el Valle Umbrío murmura con envidia, Alistair, el hombre que "no tenía ni para comer", ahora protege a su gentil esposa, disfruta de manjares cada día y ve crecer a sus hijos, transformando su destino de soledad en una leyenda de amor y prosperidad.
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Capítulo 10: Dulzura en el campo
Al escuchar los murmullos de los aldeanos, Julian se sintió profundamente irritado. No soportaba que lo relacionaran públicamente con esa "idiota" de Evangeline, especialmente ahora que ella parecía haber perdido el juicio. Se acercó a ella con aire de superioridad y ordenó con impaciencia:
—¡Evangeline, ven conmigo ahora mismo!
Ella lo miró con desdén, poniendo los ojos en blanco antes de responder con una pregunta punzante:
—¿Para qué? ¿Vas a devolverme los 500 tan que te has gastado a mi costa?
Julian se quedó de piedra. Jamás esperó que ella se atreviera a faltarle al respeto frente a toda la brigada de los Valdemar, y mucho menos que mencionara el dinero. ¿Cómo iba a devolverle una suma que ya no tenía? Aquello fue como si le pisotearan la dignidad contra el barro. Su rostro se ensombreció y, en un intento desesperado por salvar las apariencias, gritó:
—¡Evangeline, por favor, deja de molestarme! Te he ofrecido mi ayuda por consideración a que venimos de la misma ciudad, ¡pero tu acoso está perturbando mi vida! ¡Ten un poco de respeto por ti misma!
Genevieve, que observaba desde lejos, sintió una satisfacción secreta. "¿De qué sirve ser tan hermosa?", pensó con malicia. "A Julian le sigo gustando yo, no esa tonta".
Evangeline soltó un suspiro cargado de cansancio y le respondió con calma:
—Fuiste tú quien se acercó a mí, Julian. Ya les dije a todos que vine a trabajar en las tierras de los Valdemar, no a buscarte.
Sin mirar atrás, caminó hacia la parcela que tenía asignada. Silas Valdemar, el líder de la brigada, siempre supo que a Evangeline no le faltaban recursos, por lo que solía asignarle tareas ligeras. En el pasado, todos pensaban que ella era una insensata por renunciar a su cómodo puesto de anotadora solo para estar cerca de Julian en el campo de labranza.
Hoy, su tarea era desherbar el campo de cacahuetes. Para cualquier aldeano, ganar cuatro o cinco tan en esa zona era sencillo, pero para las manos delicadas de Evangeline, completar la tarea era un suplicio; solía conformarse con ganar apenas dos o tres tan. Sin embargo, al llegar a su parcela, descubrió con asombro que todas las malas hierbas habían sido eliminadas.
Su mirada buscó de inmediato a Alistair, que trabajaba con diligencia a unos metros de distancia. Recordó que esto ya había ocurrido en su vida pasada. En su segundo día en el campo, ella rompió a llorar porque sus manos se habían hinchado tras apenas unas horas de esfuerzo. Salió a descansar un momento y, al regresar, el trabajo estaba hecho. En aquel entonces, su ingenuidad le hizo creer que Julian la ayudaba en secreto.
Ahora sabía la verdad: siempre fue Alistair. El hombre que trabajaba en silencio, sin pedir nada a cambio.
Evangeline caminó lentamente hacia él y le extendió su botella de agua.
—Bébela rápido —le dijo con una sonrisa—. Le he añadido azúcar.
En cuanto ella se acercó, los movimientos de Alistair se volvieron torpes y descoordinados. Sin levantar la vista y manteniendo sus manos ocupadas, respondió con su habitual voz gélida:
—No la quiero. No beberé.
Evangeline no esperaba un rechazo tan tajante. En su vida pasada, tras años de convivencia, él siempre fue excepcionalmente dulce con ella. Sintiéndose un poco agraviada pero decidida a no rendirse, sostuvo la botella con obstinación.
—¡La preparé especialmente para ti! —Su voz sonó suave, con un matiz de reproche y terquedad que hizo que el corazón de Alistair diera un vuelco.
Los movimientos del hombre se ralentizaron. Cerró los ojos un instante y suspiró con una mezcla de resignación y ternura oculta. Aquella voz dulce era su mayor debilidad; no podía negarle nada si ella le hablaba así.
Tomó la botella y dio un largo trago. La dulzura del azúcar subió directamente de su garganta hasta su corazón, disipando por un momento el amargor de su dura existencia.
¿Acaso no a escuchado el dicho de "mejor sólo que mal acompañado" y el que dice "con locas no"?.🤨🤷♀️🙎♀️🤦♀️
Vieja loca, abusiva y envidiosa. Que debe de dar gracias que la dejan vivir ahí..😒🤷♀️🙎♀️