Antes de que todo ardiera…
hubo un amor que nunca debió existir.
Un ser dividido entre la luz y la oscuridad.
Un alma incapaz de elegir entre lo que era… y lo que sentía.
Y en medio de todo… Nyra.
Ella no pertenecía a ese mundo.
Pero fue el error que lo cambió todo.
Lo que comenzó como una conexión imposible…
se convirtió en obsesión.
En traición.
En una herida que nunca dejó de sangrar.
Porque cuando llegó el momento de elegir…
alguien lo perdió todo.
Y años después…
el pasado no volvió para sanar.
Volvió para destruir.
Esta no es una historia de amor.
Es el origen de una guerra.
Del enemigo que nació del dolor…
y de la única persona capaz de detenerlo.
O de terminar de romperlo todo.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2
El aula era puro ruido.
Voces cruzadas.
Risas fáciles.
Sillas arrastrándose sin cuidado.
El típico caos del primer día.
Pero para mí… todo sonaba lejos.
Como si no perteneciera ahí.
Porque mi atención estaba en un solo lugar.
En ella.
Nyra.
Dos filas delante.
La mirada clavada en el cuaderno… fingiendo concentrarse.
Pero no lo estaba logrando.
Se le notaba en los dedos.
Giraban el bolígrafo una y otra vez, sin ritmo.
Lo detenía.
Volvía a empezar.
Inquieta.
Sin darse cuenta.
Y eso… me hizo sonreír.
—Deja de mirarla así.
La voz de Federico apenas rompió el ruido.
Giré lo justo.
—¿Así cómo?
—Como si ya hubieras decidido que es tuya.
Fruncí el ceño.
—No estoy haciendo eso.
—Claro que sí.
No sonaba molesto.
Pero tampoco era una broma.
—Solo la estoy viendo.
—Exacto —murmuró—. Demasiado.
Rodé los ojos y volví al frente.
Pero no pude dejar de mirarla.
Había algo en Nyra…
algo que no encajaba con el resto.
No era solo cómo se veía.
Era otra cosa.
—Bueno, chicos —la voz del profesor cortó el momento—. Vamos a empezar. Preséntense.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba.
—Tú —dijo señalando al frente—. Empieza.
Uno por uno comenzaron.
Nombres.
Edades.
Frases que nadie iba a recordar.
Hasta que—
—Siguiente.
Silencio.
No necesitaba mirarla para saber que era ella.
—Soy Nyra…
Su voz salió más baja ahora.
—Me acabo de mudar… y espero llevarme bien con todos.
Un par de murmullos.
Miradas curiosas.
Lo normal.
Excepto por una cosa.
A mi lado… todo se detuvo.
Giré apenas.
Federico.
Inmóvil.
No había curiosidad en su mirada.
Ni aburrimiento.
Era otra cosa.
Tenso.
Como si algo en él hubiera reaccionado.
—Perfecto —dijo el profesor—. Siguiente.
Me levanté antes de que dijera mi nombre.
—Gabriel.
—Diecisiete.
Debería haber sido suficiente.
Pero cuando levanté la mirada…
la encontré.
Nyra.
Observándome.
—Y también espero eso.
Su sonrisa fue mínima.
Pero suficiente para desordenarme el ritmo.
—Federico —dijo él sin levantarse—. Y no me gustan las presentaciones.
Un par de risas.
El profesor lo dejó pasar.
Siempre pasaba.
La clase continuó.
Pero ya no era lo mismo.
Mi atención iba y venía.
Entre el profesor…
y ella.
Hasta que lo sentí.
Ese tirón en el pecho.
Otra vez.
Giré apenas.
Federico.
Mirándola.
Pero ya no era como antes.
No había calma.
Solo tensión.
—Federico…
No respondió.
—Oye.
Nada.
—¿Qué te pasa?
Parpadeó.
Como si regresara de algún lugar.
Y luego sonrió.
—Nada.
Mentía.
El timbre sonó.
El ruido volvió de golpe.
Pero algo ya había cambiado.
—Vamos —dijo Federico, levantándose—. Necesito aire.
Fruncí el ceño.
—¿Desde cuándo?
—Desde ahora.
No esperó respuesta.
Se fue.
Rápido.
Demasiado.
Me quedé un segundo más en mi sitio.
Algo no estaba bien.
Y lo peor…
era que sabía exactamente por qué.
—Gabriel…
Su voz me hizo girar.
Nyra estaba recogiendo sus cosas.
—¿Sí?
—Gracias por antes… en serio.
Sonreí apenas.
—No fue nada.
—Para mí sí.
Se acercó un poco más.
Y todo se volvió… más tranquilo.
Como si el ruido dejara de importar.
—Oye… ¿siempre es así?
—¿Así cómo?
—Tu amigo…
Exhalé.
—Complicado.
—Eso pensé.
Silencio.
No incómodo.
Diferente.
—¿Te molestaría si me ayudas a encontrar mi siguiente clase?
Negué levemente.
—Para nada.
Sabía que no debía.
Pero no iba a decir que no.
Salimos al pasillo.
El ruido volvió.
Gente pasando.
Puertas abriéndose.
Normal.
Pero apenas dimos unos pasos…
lo sentí.
Seco.
Instantáneo.
Me detuve.
Nyra también.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja.
No respondí.
Levanté la vista.
Y ahí estaba.
Federico.
Apoyado contra la pared.
Esperando.
Mirándonos.
Como si supiera que íbamos a salir juntos.
Nuestros ojos se cruzaron.
Y esta vez…
no había nada ligero en los suyos.
Solo una advertencia.
Clara.
—Vaya… —murmuró Nyra—. Sí que es intenso.
No respondí.
Porque en ese momento lo entendí.
Esto no era incomodidad.
Era algo más.
—Te tardaste —dijo Federico sin moverse.
—Estaba ayudando.
—Lo noté.
Su mirada se deslizó hacia Nyra.
Y ahí volvió a pasar.
Ese cambio.
Breve.
Oscuro.
—¿Ya encontraste tu salón?
Nyra dudó.
—No… Gabriel iba a—
—Yo también voy para allá.
Lo miré.
Sostuvo la mirada.
Sin ceder.
—Entonces… vamos —dijo Nyra, intentando suavizar.
Error.
Nos movimos.
Los tres.
Pero el aire ya no era el mismo.
Se volvió pesado.
Denso.
—¿De dónde vienes? —preguntó Federico.
—De otra ciudad.
—¿Por qué te mudaste?
—Federico…
—Solo pregunto.
No lo hacía.
Nyra bajó la mirada.
—Por trabajo de mi familia.
—¿Y te gusta aquí?
—Apenas llegué…
—Pero ya tienes compañía.
Ahí.
Ese tono.
—No empieces —dije en voz baja.
No respondió.
Pero tampoco dejó de mirarla.
Seguimos caminando.
En silencio.
Pesado.
—Aquí es —dije al detenerme.
Nyra asintió.
—Gracias… en serio.
Me miró.
Luego a él.
Y su sonrisa cambió.
Más pequeña.
Más cautelosa.
—Nos vemos luego.
Entró.
Y en cuanto la puerta se cerró…
todo se rompió.
Este es el bloque más importante del capítulo.
Aquí decides si el lector se queda… o no.
Y te lo digo directo:
El silencio.
La tensión contenida.
Todo se rompió.
—¿Qué fue eso? —dije.
—¿Qué fue qué?
Giró lentamente hacia mí.
—No hagas esto.
Di un paso al frente.
—Sabes exactamente de qué hablo.
Nuestros ojos se encontraron.
Y por primera vez…
no vi a mi mejor amigo.
Vi algo más.
—Te estás metiendo donde no debes —dijo.
Frío.
Preciso.
—¿Perdón?
Nunca me había hablado así.
—La conocimos hoy —continuó—. No es nada.
—Entonces deja de actuar como si lo fuera.
Silencio.
Pesado.
Su mandíbula se tensó.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Por qué te importa tanto?
La pregunta golpeó más de lo que esperaba.
—No lo sé.
Federico soltó una risa baja.
Sin humor.
Se acercó.
Lo suficiente.
—Claro que lo sabes.
Su voz bajó.
—Solo que no quieres decirlo.
—No es una competencia.
—Todo lo es.
Ahí.
Eso lo cambió todo.
—Relájate —añadió, retrocediendo—. Solo es una chica.
No se lo creía.
Yo tampoco.
—Sí —respondí—. Ese es el problema.
Silencio.
Nos medimos.
Como si algo ya hubiera decidido por nosotros.
—Nos vemos después —dijo al final.
Se dio la vuelta.
Empezó a alejarse.
Pero antes de perderse entre la gente…
se detuvo.
Sin mirarme.
—Ten cuidado, Gabriel.
Mi cuerpo se tensó.
—¿De qué?
Pausa.
—De querer algo… que no puedes controlar.
Siguió caminando.
Y esta vez… no miró atrás.
Me quedé ahí.
Inmóvil.
Con esa sensación en el pecho… más fuerte que antes.
No era duda.
Era certeza.
Algo había cambiado.
Y no iba a detenerse.
Giré la mirada hacia la puerta donde había entrado Nyra.
Cerrada.
Pero incluso así…
podía sentirla ahí dentro.
Y eso lo empeoraba todo.
Exhalé lento.
Intentando ordenar algo que no tenía forma.
Federico no estaba reaccionando así por nada.
Yo tampoco.
Y eso era lo que más inquietaba.
Porque no era normal.
Nada de esto lo era.
Bajé la mirada un segundo.
Intentando convencerme de que podía ignorarlo.
De que podía mantener distancia.
De que esto no tenía por qué complicarse.
Pero en el fondo…
ya sabía la verdad.
No ibaPerfecto. Este bloque ya es bueno, pero está inflado con pausas y repetición. Aquí lo vamos a volver más limpio, más visual y con más filo.
El timbre sonó.
El ruido volvió de golpe.
Pero algo ya había cambiado.
—Vamos —dijo Federico, levantándose—. Necesito salir.
Fruncí el ceño.
—¿Desde cuándo?
—Desde ahora.
No esperó respuesta.
Se fue.
Rápido.
Demasiado.
Me quedé un segundo más en mi sitio.
Y lo peor…
era que sabía exactamente por qué.
—Gabriel…
Su voz me hizo girar.
Nyra estaba recogiendo sus cosas.
—¿Sí?
—Gracias por antes… en serio.
Sonreí apenas.
—No fue gran cosa.
—Para mí sí.
Se acercó un poco más.
Y el ruido dejó de importar.
—Oye… ¿siempre es así?
—¿Así cómo?
—Tu amigo…
Exhalé.
—Complicado.
—Eso pensé.
Silencio.
No incómodo.
Diferente.
—¿Te molestaría si me ayudas a encontrar mi siguiente clase?
Negué levemente.
—Para nada.
Sabía que no debía.
Pero no iba a decir que no.
Salimos al pasillo.
El ruido volvió.
Gente pasando.
Puertas abriéndose.
Pero apenas dimos unos pasos…
Volvió.
Seco.
Instantáneo.
Me detuve.
Nyra también.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja.
No respondí.
Levanté la vista.
Y ahí estaba.
Federico.
Apoyado contra la pared.
Esperando.
Mirándonos.
Nuestros ojos se cruzaron.
Y esta vez…
no había nada ligero en los suyos.
Solo una advertencia.
Clara.
—Vaya… —murmuró Nyra—. Sí que es intenso.
No respondí.
Esto no era incomodidad.
Era algo más.
—¿De dónde vienes? —preguntó Federico.
—De otra ciudad.
—¿Por qué te mudaste?
—Federico…
—Solo quiero entender.
Nyra bajó la mirada.
—Por trabajo de mi familia.
—¿Y te gusta aquí?
—Apenas llegué…
—Pero no tardaste en encontrar compañía.
—No empieces —dije en voz baja.
No respondió.
Pero tampoco dejó de mirarla.
Seguimos caminando.
En silencio.
Pesado.
—Aquí es —dije al detenerme.
Nyra asintió.
—Gracias… en serio.
Me miró.
Luego a él.
Y su sonrisa cambió.
Más pequeña.
Más cautelosa.
Dudó un segundo antes de entrar.
—Nos vemos luego.
Entró.
Y en cuanto la puerta se cerró…
todo se rompió.
—¿Qué fue eso? —dije.
—¿Qué cosa?
Giró lentamente hacia mí.
—No empieces.
Di un paso al frente.
—Sabes exactamente de qué hablo.
Nuestros ojos se encontraron.
Y por primera vez…
no vi a mi mejor amigo.
—Te estás metiendo donde no debes —dijo.
—¿Perdón?
—La conocimos hoy. No es nada.
—Entonces deja de actuar como si lo fuera.
Silencio.
Pesado.
Su mandíbula se tensó.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Por qué te importa tanto?
—No lo sé… todavía.
Federico soltó una risa baja.
Sin humor.
Se acercó.
Lo suficiente.
—Claro que lo sabes.
Solo que no quieres decirlo.
—No es una competencia.
—Todo lo es.
Silencio.
—Relájate —añadió, retrocediendo—. Solo es una chica… ¿no?
—Sí —respondí—. Ese es el problema.
Silencio.
Nos medimos.
—Nos vemos después —dijo al final.
Se dio la vuelta.
Empezó a alejarse.
Pero antes de perderse entre la gente…
se detuvo.
Sin mirarme.
—Ten cuidado, Gabriel.
Mi cuerpo se tensó.
—¿De qué?
Pausa.
—De querer algo… que no puedes controlar.
Siguió caminando.
Y esta vez… no miró atrás.
Me quedé ahí.
Inmóvil.
Con esa sensación en el pecho… más fuerte que antes.
No era duda.
Era certeza.
Algo había cambiado.
Y no iba a detenerse.
Giré la mirada hacia la puerta donde había entrado Nyra.
Cerrada.
Pero aun así… podía sentirla ahí dentro.
Exhalé lento.
Intentando ordenar algo que no tenía forma.
Federico no estaba reaccionando así por nada.
Yo tampoco.
Bajé la mirada un segundo.
Intentando convencerme de que podía ignorarlo.
Mantener distancia.
Pero en el fondo…
ya sabía la verdad.
No iba a alejarme.
No quería hacerlo.
Volví a mirar la puerta.
Fija.
Decidido.
Y por primera vez…
lo acepté.
No era solo interés.
Era algo más.
Y no pensaba ignorarlo.
Aunque significara cruzar una línea.
Incluso enfrentar a Federico.
Nyra.