Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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¡Vas a estar bien!
La carretera estaba casi desierta, mientras la nieve caía sin prisa, cubriendo el asfalto con un manto blanco que reflejaba las luces de un auto que avanzaba a gran velocidad. Dentro, el conductor tarareaba distraídamente una melodía, con una mano firme sobre el volante, entre tanto sus faros iluminaban el camino con claridad, hasta que algo llamó su atención.
Era un bulto en medio de la vía. El hombre frunció el ceño ante lo que veía y redujo la velocidad.
— ¿Es un animal?
Se preguntó a sí mismo al ver que este no se movía. Pero algo no encajaba, su instinto le decía que era algo más. Finalmente detuvo el auto, y encendió las luces altas bajando con cautela. El aire helado golpeó su rostro, pero él no le dio importancia.
Se fue acercando lentamente hasta quedar muy cerca. Y entonces la vio. Su cabello largo y manos pequeñas.
— Es una mujer.
Susurró para sí, pero su tono se había transformado. Se arrodilló a su lado y la tocó. La piel de ella estaba helada, anormalmente fría. Le buscó el pulso para cerciorarse de que aún vivía. Al hallarlo, percibió que era débil, casi imperceptible.
— Oye… ¿me escuchas? — Hablo él tratando de despertarla.
De repente, un susurro apenas audible se escapó de los labios de Sheila. Él se dio cuenta y acercó el oído con gran atención.
— Mi… bebé…
El hombre se puso tenso al oír su voz delicada. Se levantó de un salto, mirando a su alrededor con la esperanza de encontrar algo. Sin embargo, no había nada, solo la nieve y el silencio. Volvió a mirarla, esta vez con mayor detenimiento, y fue entonces cuando se dio cuenta; sus piernas estaban manchadas de sangre.
— Maldición…
Sin perder un segundo, la tomó en brazos y la llevó rápidamente a su coche. La colocó en el asiento trasero y la arrojó con su abrigo para brindarle un poco de calor.
— Resiste… pronto llegaremos.
El motor rugió al arrancar, y esta vez no disminuyó la velocidad. En ese instante, su única prioridad era salvarla. No sabía si lo conseguiría, pero haría todo lo posible.
Al llegar a la clínica, salió disparado del auto, corrió hacia ella y la tomó en brazos. Cuando las puertas del lugar se abrieron, comenzó a pedir ayuda con urgencia, provocando que varias enfermeras y médicos se giraran de inmediato para socorrerlo.
— ¡Rápido, una camilla! — Gritó una de las enfermeras.
— ¿Qué ocurrió? — Preguntó uno de los médicos de turno mientras se acercaba.
— La encontré en la carretera, pero por su estado, está muy grave. — Respondió él intentando mantener la calma. — Creo que está embarazada.
El doctor apretó la mandíbula. Cada segundo era vital; no había tiempo que perder si querían salvarla.
— ¡Llévenla a urgencias, ahora!
La camilla se perdió de vista al cerrar las puertas, y el silencio volvió a reinar. Las horas se hicieron lentas mientras Franco seguía esperando en la sala. No podía irse sin tener la certeza de que ella estaba a salvo. Necesitaba saber que se había salvado, que estaba bien.
Finalmente, el doctor finalmente salió, su expresión confirmaba que no tenía buenas noticias, incluso antes de que dijera una palabra.
— ¿Cómo está? — Preguntó de inmediato.
— La paciente… — El médico dudó por un instante. — …sufrió múltiples traumatismos compatibles con un accidente de automóvil. Y… lastimosamente perdió al bebé. Lo siento.
Franco asimiló el diagnóstico con el ceño fruncido. Un silencio incómodo envolvió la escena. ¿Cómo era posible que ella estuviera allí, abandonada, como si su vida no valiera nada? Si fue un accidente, ¿por qué nadie la ayudó? O, ¿había sido todo realmente intencional?
— ¿Está insinuando algo? — La voz de Franco se volvió fría al ver como el médico lo observaba.
— No… yo solo…
— La encontré así, en medio de la vía. — Dijo él amenazadoramente. — Y si no fuera por mí, estaría muerta.
El médico tragó saliva, observando cómo el rostro, antes amable y lleno de preocupación, se transformaba en una expresión fría y amenazadora.
— Entiendo… No fue mi intención.
— Entonces limítese a hacer su trabajo. — La tensión era palpable en la sala. — La policía viene en camino para investigar lo sucedido. — Añadió él sin apartar la mirada.
El doctor asintió y se retiró en silencio. Ahora comprendía a la perfección por qué nadie se atrevía a contradecirlo cuando él estaba allí; era innegable que ese hombre poseía un aura imponente.
Horas después, finalmente le permitieron verla. Por un instante dudo. Él no tenía por qué quedarse ni estar al pendiente de ella, él no la conocía. Pero aún así lo hizo. Algo dentro de él le gritaba que lo hiciera, que la cuidara y la protegiera.
Al entrar en la habitación, esta estaba en completo silencio. Solo se escuchaba el sonido inminente de los monitores. Ella yacía en la cama, pálida, frágil, pero innegablemente hermosa. Sus facciones eran delicadas, casi irreales, como si no perteneciera a ese mundo lleno de violencia.
Él se acercó lentamente, e inconscientemente extendió la mano y rozó su mejilla con delicadeza como si temiera romperla.
— ¿Quién te hizo esto…? — Susurro suavemente sin obtener una respuesta. — Debo irme… — Murmuró. — Pero tú debes luchar por vivir, asegúrate de hacerlo.
Franco se giró para marcharse, y en ese instante, los párpados de la mujer temblaron ligeramente. Sus ojos se abrieron apenas unos segundos, pero la oscuridad volvió a invadirla.
Al regresar a la sala, se encontró con los policías que habían acudido para investigar los hechos. Una de las enfermeras, al verlo, lo señaló, y los agentes se dirigieron hacia él.
— Buenas señor, soy el detective Gonzales, me gustaría hacerle unas preguntas.
Franco accedió de inmediato. Después de hablar con el detective, se dirigió hacia donde había dejado su auto, pero antes de subir en él sacó su teléfono.
— Quiero vigilancia constante para la mujer que traje hoy a la clínica. — Ordenó. — La mejor atención. — Hizo una pausa. — Y averigua todo sobre ella. Al parecer lo que le sucedió no fue un accidente.
— Sí, señor. Me pondré de inmediato en eso.