Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
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CAPÍTULO 8: Mundos opuestos
El primer día de trabajo en la Torre D'Angelo terminó con una mezcla de agotamiento físico y triunfo espiritual. Susena recogió sus cosas de su nueva y espaciosa oficina, sintiendo todavía la extraña sensación de tener un lugar al cual pertenecer en medio de la selva de asfalto. Al caminar hacia los ascensores, se sentía más ligera, como si el peso de la incertidumbre hubiera empezado a ceder.
Las puertas del ascensor privado se abrieron y, para su sorpresa, allí estaba él. Maximiliano D'Angelo, a sus sincuenta años, era la personificación del poder que solo el tiempo y los millones pueden comprar. Se mantenía impecable, con una vitalidad que desafiaba su edad, lo que lo convertía en el soltero más codiciado y peligroso de todo Nueva York. Pero no estaba solo. A su lado, aferrada a su brazo como si fuera un accesorio de lujo, estaba una modelo que no debía pasar de los veinticinco años, una mujer de piernas kilométricas y una belleza plástica que contrastaba con la belleza natural y profunda de Susena.
Maximiliano vestía un abrigo de cachemira sobre su traje oscuro, listo para otra de sus legendarias noches en los clubes más exclusivos de la ciudad. Se sabía que, desde que enviudó décadas atrás, nunca había permitido que una mujer entrara en su corazón, prefiriendo la compañía efímera de una modelo diferente cada fin de semana. Sus hijos, una hembra y un varón que vivían en el lujo de París, eran su único vínculo real con el pasado, pero incluso ellos se sentían como figuras lejanas en su vida de acero.
—Señora Sotomayor —dijo Maximiliano, su voz profunda resonando en el pequeño espacio del ascensor. Sus ojos oscuros recorrieron a Susena, notando su cansancio pero también la dignidad que emanaba de ella.
—Señor D'Angelo —respondió Susena con una inclinación de cabeza profesional, ignorando deliberadamente la mirada curiosa y algo despectiva de la modelo que lo acompañaba.
—Espero que su primer día haya sido productivo. Mañana a primera hora quiero ver los avances del plan de medios —añadió él, con esa frialdad que era su marca registrada.
—Estarán en su escritorio, señor. Que tenga una buena noche.
El ascensor llegó al lobby. Maximiliano salió escoltado por su conquista, quien reía de algo que él le susurraba al oído. Susena los vio alejarse hacia una limusina negra que los esperaba en la acera. Por un segundo, sintió una punzada de algo que no supo identificar: ¿lástima por ese hombre que lo tenía todo y no tenía a nadie, o un destello de envidia por la libertad de la que ella carecía? Sacudió la cabeza. Ella tenía algo que Maximiliano D'Angelo probablemente ya no recordaba: un propósito que iba más allá del placer.
El viaje de vuelta a Queens fue largo, pero Susena ya no veía el metro sucio ni las calles descuidadas con los mismos ojos. Al entrar en la pequeña habitación del hotel, fue recibida por el aroma de una sopa sencilla que la tía Martha había preparado. Mateo, Valeria y Lucía saltaron de sus camas apenas la vieron.
—¡Tengo buenas noticias! —exclamó Susena, dejando su maletín en la mesa y abrazándolos a todos a la vez.
—¿Te dieron el trabajo, mamá? —preguntó Mateo, con los ojos brillando de esperanza.
—Sí, mi amor. Tengo el empleo. Y es en una empresa increíble.
La habitación se llenó de gritos de alegría. La tía Martha se persignó, con lágrimas de gratitud rodando por sus mejillas. Susena se sentó con ellos, sintiendo que el cansancio valía la pena.
—Y hay más —continuó Susena, acariciando el cabello de Lucía—. Muy pronto nos iremos de aquí. Vamos a buscar un apartamento cerca de la ciudad, y ustedes volverán a su escuela. Todo va a volver a estar bien, se los prometo.
Esa noche, mientras cenaban juntos en aquella habitación minúscula, Susena se sintió más rica que Maximiliano D'Angelo. Tenía a sus hijos, tenía a su tía, y tenía la fuerza de una madre que sabe que ha ganado la primera batalla. El "hogar de cristal" se había roto, sí, pero lo que estaba construyendo ahora sobre las cenizas era algo que ninguna traición ni ningún millonario podría derribar.
Sin embargo, mientras Susena se quedaba dormida pensando en el trabajo del día siguiente, en un lujoso penthouse de la Quinta Avenida, Maximiliano D'Angelo miraba la ciudad a través de un ventanal, ignorando a la mujer hermosa que lo esperaba en su cama. Por alguna razón que no lograba comprender, la imagen de la publicista de ojos chocolate y mirada de acero no se le salía de la cabeza.
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.