El rey Adrien tiene cinco esposas por obligación, sin amor en su corazón. Todo cambia cuando conoce a Elara, la última esposa, quien no busca agradarle y despierta en él sentimientos desconocidos. Mientras el amor crece lentamente, los celos, las traiciones y la guerra amenazan con destruirlo todo. Adrien deberá decidir entre el poder… o el amor.
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Secretos en la oscuridad
El viento golpeaba con fuerza las ventanas de la torre, como si intentara advertirle que huyera. Elara permanecía firme, aunque su corazón latía con intensidad. Frente a ella, la figura encapuchada no retrocedía.
—Habla —exigió ella, manteniendo la calma.
El desconocido inclinó ligeramente la cabeza.
—Hay quienes desean tu caída… y no son pocos.
Elara entrecerró los ojos.
—Eso no es una sorpresa en este lugar.
—No entiendes —continuó—. No es solo envidia. Hay un plan. Y tú eres parte de él.
Antes de que pudiera preguntar más, pasos apresurados resonaron en el pasillo. La figura se tensó.
—Nos volveremos a ver —susurró, desapareciendo en las sombras.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Elara!
Era el rey Adrien.
Su mirada recorrió la habitación rápidamente, evaluando cada rincón.
—¿Estás bien?
Ella dudó por un instante. Podía decir la verdad… pero algo en su interior la detuvo.
—Sí, Majestad. Solo necesitaba aire.
Adrien no parecía convencido.
—No deberías estar sola, menos ahora.
—No temo a la oscuridad.
—Deberías —respondió él con seriedad—. A veces es donde nacen las peores traiciones.
Sus miradas se encontraron, cargadas de algo que ninguno quería admitir.
Sin decir más, Adrien se acercó a la ventana, cerrándola con firmeza.
—Desde hoy tendrás guardias.
—No los necesito.
—No es una opción.
Elara suspiró, pero no insistió. Sabía que discutir con él era inútil.
—¿Por qué te importa? —preguntó de pronto.
El rey se quedó en silencio.
Esa pregunta lo tomó por sorpresa.
—Eres mi esposa —respondió finalmente, aunque su tono no fue tan firme como esperaba.
Ella lo observó con atención.
—Eso no ha importado antes.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Adrien apretó la mandíbula, pero no respondió. En cambio, dio un paso hacia ella.
—Este reino está al borde de la guerra. No puedo permitirme más problemas.
—¿Soy un problema?
Él la miró fijamente.
—Aún no lo sé.
Elara sintió un leve ardor en el pecho, pero lo ignoró.
—Entonces mantente alejado.
Adrien soltó una breve risa, sin humor.
—Eso parece imposible contigo.
El silencio volvió a caer, pero esta vez no era incómodo… era distinto.
Más cercano.
Más peligroso.
Finalmente, el rey se retiró, dejando tras de sí una inquietud que no podía explicar.
Esa misma noche, en otra ala del castillo, Isolda no dormía.
—¿Estás segura? —preguntó una voz en la oscuridad.
—Completamente —respondió ella—. Elara debe desaparecer.
—El rey sospechará.
—No si lo hacemos bien.
Una sonrisa fría se dibujó en sus labios.
—La guerra será la excusa perfecta.
Mientras tanto, Elara no podía quitarse de la mente las palabras del desconocido.
“Hay un plan. Y tú eres parte de él.”
Caminó lentamente hacia su cama, pero no se acostó.
Algo dentro de ella le decía que esto apenas comenzaba.
Y que el mayor peligro…
No venía de fuera.
Elara cerró los ojos por un instante, reuniendo fuerzas. Sabía que cada paso debía ser cuidadoso. En ese juego de sombras y secretos, confiar sería su mayor debilidad… pero también su única oportunidad de sobrevivir.