Una historia de amor y realeza 👑
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Capítulo 2: Bajo las luces del destino
El gran día del baile de debutantes había llegado.
Todo el reino estaba envuelto en una alegría vibrante, casi mágica. Las calles lucían decoradas con flores de todos los colores, los aromas dulces flotaban en el aire y los sirvientes corrían de un lado a otro preparando banquetes dignos de la realeza. El gran salón de baile sería el escenario de una noche que marcaría el destino de muchos.
Las jóvenes del reino se encontraban en un ir y venir constante, buscando los vestidos más hermosos, aquellos que resaltaran su belleza y las hicieran destacar entre todas. Cada una tenía un objetivo claro: conquistar el corazón del rey.
Después de todo… el rumor ya se había esparcido.
El rey asistiría.
—
—Padre… después de tantos años, me presentaré en sociedad. Estoy muy… pero en serio demasiado nerviosa.— dijo Polet, con la voz temblorosa mientras observaba el vestido frente a ella.
—Ya tiene años que no veo a personas que no sean quienes sirven en nuestra casa. Siempre que salgo lo hago con el rostro cubierto… todos dicen que es porque soy fea.— bajó la mirada.
—No niego que no soy tan encantadora… pero ahora tengo miedo. Siento que no encajo en los estándares. Ni siquiera tengo el valor de verme en un espejo… siento que mi reflejo es todo lo que la gente dice de mí.—
El duque Lancaster la observó con firmeza.
—Polet, deja de decir tonterías y arréglate.— respondió con voz seria, aunque en el fondo su mirada se suavizaba.
—Este vestido fue hecho a tu medida, con tus gustos. Fuiste la única que pidió ese color.—
Polet tomó la tela entre sus manos.
—Es que es del color de mi piel… café.— murmuró con incomodidad.
En aquel reino, la belleza estaba marcada por estándares rígidos: piel blanca como la nieve, cabellos dorados como el sol. Y ella…
Polet Lancaster no encajaba en ellos.
Su piel morena, trigueña, suave y cálida, la hacía diferente. Y esa diferencia se había convertido en su mayor inseguridad.
No conocía a nadie más allá de los sirvientes… y de Aurora.
Aurora Varennes.
La princesa con quien compartía tutor y algunas salidas ocasionales. La única fuera de su hogar que conocía su rostro.
Aurora, quien ahora estaba destinada a casarse con Leonardo Bourgeois, el apuesto heredero del ducado.
Pero fuera de esos encuentros… nadie más conocía a Polet.
Y lo que el reino decía de ella…
era mentira.
No era fea.
Era distinta.
Y en esa diferencia, había una belleza única. Alegre, espontánea, con un corazón inmenso. Visitaba templos, ayudaba en orfanatos, ofrecía donaciones en silencio.
Pero nadie lo sabía.
Porque nadie la veía.
—
—Deja de pensar así.— dijo el duque, acercándose a ella y colocándole una mano en el hombro.
—Confío en ti. Y en tu intuición. No te dejes impresionar por cualquier joven… debes elegir bien a tu futuro esposo.—
Polet asintió lentamente.
—Está bien, padre… iré a alistarme.—
Pero en lo más profundo de su corazón…
el miedo seguía creciendo.
—
Mientras tanto, en el castillo real, el ambiente no era menos agitado.
El traje del rey estaba listo. La capa perfectamente acomodada, la corona pulida hasta el más mínimo detalle, y la espada ceremonial reposaba en su lugar.
Todo estaba preparado para una noche importante.
La presentación oficial de la princesa Aurora Varennes… y su compromiso con Leonardo Bourgeois.
Pero el rey…
no estaba en calma.
Elliot Varennes, soberano del gran imperio, se encontraba de pie frente a un ventanal, observando el cielo que comenzaba a teñirse de tonos dorados.
Estaba nervioso.
No había convivido con la sociedad desde su coronación. No sabía qué esperar… ni cómo reaccionar.
Y, sobre todo…
no podía dejar de pensar en ella.
Rosetta.
Ninguna mujer había logrado siquiera acercarse a lo que ella significó.
La conoció cuando él tenía siete años… y ella cinco.
Recordaba perfectamente aquel día.
Una niña pequeña, de sonrisa luminosa, se acercó sin miedo y le ofreció un caramelo.
Sin dudarlo.
Sin temerle a su título.
Sin verlo como un príncipe…
sino como un niño más.
Desde ese día, ella lo reclamó como suyo.
Y él… nunca se opuso.
¿Cómo olvidarla?
Su risa… su voz… su aroma…
Todo seguía vivo en su memoria.
Y ahora, enfrentarse a nuevas personas significaba algo que no estaba seguro de poder soportar:
Olvidar.
Olvidar su voz.
Olvidar su sonrisa.
Olvidar cada pequeño detalle que aún guardaba de ella.
Elliot cerró los ojos por un momento.
Respiró profundamente.
Y por primera vez en muchos años…
dudó.
No del reino.
No de su deber.
Sino de sí mismo.
Porque esa noche…
no solo marcaría el destino del imperio.
También marcaría el inicio de algo que él había jurado no volver a sentir.