Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 3
Dicen que el valor no es la ausencia de miedo, sino el juicio de que algo es más importante que el miedo mismo. Si eso era cierto, yo me sentía la mujer más valiente y, al mismo tiempo, la más estúpida de todo el reino.
Mis manos sudaban dentro de los guantes de encaje barato que mi madre me había dejado. El aire de la mañana en el ala este del Palacio de Justicia era húmedo y olía a tinta fresca, cuero viejo y ese aroma metálico inconfundible de un cuartel militar en pleno funcionamiento. Me sentía pequeña, como una hormiga tratando de cruzar una carretera llena de carruajes a toda velocidad.
—Nombre y propósito —la voz del guardia en la entrada de las oficinas administrativas me hizo dar un salto. Era un hombre con una cicatriz que le recorría desde la sien hasta la mandíbula, y me miraba con la misma curiosidad con la que se mira a un bicho raro.
—E-Elena de Valois —tartamudeé, maldiciendo internamente mi propia debilidad—. Vengo por el anuncio del registro de las levas. Sé que necesitan escribientes.
El guardia soltó una carcajada seca que sonó como gravilla chocando entre sí.
—¿Tú? Niña, esto no es un convento para copiar salmos. Aquí registramos hombres que van a morir, suministros de pólvora y raciones de campaña. Es un trabajo sucio y agotador. Vuelve a tu casa antes de que alguien te pise sin querer.
Sentí el calor subir por mi cuello. La timidez me pedía a gritos que me diera la vuelta, que pidiera perdón por molestar y desapareciera para siempre. Pero entonces, recordé la mirada gris de Alistair. Recordé que él ni siquiera me consideraba digna de un insulto.
—Sé organizar archivos por orden alfabético, cronológico y por rango —dije, elevando la voz un octavo, lo suficiente para que no temblara tanto—. Tengo una caligrafía impecable que no requiere que nadie pierda el tiempo descifrando garabatos. Y, sobre todo, soy invisible. No causaré distracciones, no pediré descansos innecesarios y haré el trabajo de tres hombres en la mitad de tiempo.
El guardia dejó de reír. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis ojos. Supongo que vio algo allí que no encajaba con mi aspecto frágil.
—Entra —gruñó, apartando su lanza—. Segunda puerta a la derecha. Pregunta por el Capitán Vane. Pero no digas que no te advertí.
Caminé por el pasillo, con el corazón martilleando contra mis costillas. El lugar era un caos controlado. Oficiales corrían de un lado a otro con despachos, soldados cargaban cajas de municiones y el sonido de las espuelas contra el suelo de piedra creaba una cacofonía constante.
Llegué a la oficina indicada. La puerta estaba abierta y el humo de pipa inundaba el lugar. Tras un escritorio sepultado bajo montañas de pergaminos, un hombre de unos cuarenta años, con el uniforme desabrochado y ojeras profundas, escribía frenéticamente.
—¿Qué quieres? —preguntó sin levantar la vista.
—Soy Elena de Valois. Vengo por el puesto de escribiente.
El Capitán Vane se detuvo, soltó la pluma y me miró como si fuera una alucinación producto del cansancio.
—¿Una mujer? ¿Aquí? —se frotó las sienes—. Escucha, niña, no tengo tiempo para delicadezas. Estamos a punto de movilizar a diez mil hombres hacia la frontera norte. Mis secretarios se han ido al frente o están borrachos por el estrés. Necesito precisión, no perfumes.
—No uso perfume, capitán —respondí, acercándome al escritorio con una audacia que no sabía que poseía—. Deme una prueba. Si en diez minutos no he organizado esa pila de informes de suministros que tiene a su izquierda, me iré sin decir palabra.
Vane arqueó una ceja, divertido. Me señaló el montón de papeles desordenados.
—Tienes cinco minutos.
Me quité los guantes, me arremangué el vestido y me puse a trabajar. Mi mente se desconectó del ruido del cuartel y se centró en los datos. Cebada, flechas, herraduras, tiendas de campaña... Mis dedos volaban, clasificando, sumando mentalmente, separando lo urgente de lo rutinario. El orden era mi único refugio en un mundo caótico.
A los cuatro minutos, coloqué tres pilas perfectamente alineadas frente a él.
—Suministros confirmados, pedidos pendientes y discrepancias en el pesaje del grano —dije, recuperando el aliento.
Vane revisó los papeles. Su expresión pasó del escepticismo al asombro.
—Por los dioses... tienes mejor letra que el capellán del Rey y eres más rápida que un contable de la capital.
—¿Tengo el puesto?
—Si no te contrato, el Duque me cortará la cabeza cuando vea este desorden —suspiró—. Empezarás ahora mismo. Tu sueldo es una miseria, las horas son inhumanas y el café es veneno. ¿Aceptas?
—Acepto.
Me asignaron un rincón al fondo de la sala, en una mesa coja que apenas se mantenía en pie. Pero era mi mesa. Mi pequeño territorio en el reino de Alistair Thorne.
Pasaron las horas. El sol empezó a declinar, tiñendo las ventanas de un naranja mortecino. Mis dedos estaban manchados de tinta y me dolía la espalda, pero me sentía extrañamente satisfecha. Había registrado a trescientos reclutas y organizado los gastos de la caballería. Era útil. Estaba aquí.
Y entonces, el aire cambió.
No necesité levantar la vista para saber que él había entrado. Fue como si un frente frío barriera la habitación, silenciando las risas de los oficiales y haciendo que el Capitán Vane se pusiera firme de inmediato.
El sonido de sus botas era distinto al de los demás. Más lento, más pesado, más autoritario. Tac. Tac. Tac.
—Vane. Los informes de la logística del ala norte. Ahora —la voz de Alistair Thorne cortó el aire como un látigo de seda.
—Aquí los tiene, mi Lord —respondió Vane con una rapidez servil—. De hecho, están mucho más claros de lo habitual. Hemos contratado a una nueva ayudante.
Sentí que el mundo se desvanecía a mi alrededor. Estaba encorvada sobre mi escritorio, con la pluma suspendida en el aire. Mis pulmones se negaron a trabajar. Él estaba allí, a menos de tres metros. Podía olerlo: un aroma a bosque bajo la lluvia, a metal frío y a un jabón de afeitar cítrico que me revolvió los sentidos.
Alistair no respondió. Escuché el crujido del papel mientras revisaba mi trabajo. El silencio se prolongó durante lo que me parecieron siglos.
—La caligrafía es aceptable —dijo finalmente, con una voz que no expresaba nada, ni reconocimiento ni agradecimiento—. Pero la suma del tercer lote de herraduras está mal calculada por dos unidades. Que lo corrija.
Se dio la vuelta para irse. Mi corazón se hundió. Ni siquiera me había mirado. Yo era solo "la ayudante", una herramienta más en su inventario, como una espada o un saco de harina.
Pero entonces, algo dentro de mí se rompió. No era timidez. Era orgullo.
—El cálculo no está mal, Excelencia —dije.
El silencio que siguió fue absoluto. El Capitán Vane se puso pálido, como si acabara de ver a alguien suicidarse. Alistair se detuvo en seco, con la mano en el pomo de la puerta.
Se giró lentamente. Sus ojos grises, como dos cuchillas de hielo, se clavaron en los míos. Por un instante, vi un destello de sorpresa en su mirada, la sombra de un recuerdo. ¿Me reconocía como la chica de la copa rota?
—¿Qué has dicho? —preguntó, bajando el tono de voz de una manera que resultaba mil veces más amenazante que un grito.
Me puse de pie, sintiendo que mis piernas eran de gelatina, pero mantuve la barbilla alta.
—El cálculo de las herraduras incluye un descuento del cinco por ciento por el lote defectuoso que llegó de las forjas del sur el mes pasado. Si suma el total bruto sin el descuento, le faltarán herraduras; si usa mi cálculo, tendrá el inventario exacto de lo que realmente es útil.
Alistair volvió al escritorio de Vane. Arrebató el papel de sus manos y lo leyó de nuevo. Vi cómo sus ojos escaneaban las cifras. Vi cómo su mandíbula se tensaba.
Durante un minuto eterno, nadie respiró.
—Vane —dijo Alistair, sin apartar la vista del papel—. ¿Por qué una escribiente de primer día conoce los informes de devoluciones de las forjas del sur mejor que tú?
—Yo... bueno, mi Lord, ella...
Alistair dejó el papel sobre la mesa y, por primera vez, me miró de verdad. No fue una mirada fugaz. Fue un escrutinio frío, calculador, como si estuviera evaluando mi capacidad de supervivencia en un asedio. Sus ojos recorrieron mis mejillas manchadas de tinta, mi trenza ligeramente deshecha y mi postura defensiva.
—¿Cómo te llamas? —preguntó. Su voz ya no era solo fría; era curiosa, de una forma peligrosa.
—Elena —respondí, intentando que mi voz no fuera un susurro—. Elena de Valois.
—Bien, Elena de Valois —dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Era tan alto que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El calor que emanaba de su cuerpo contrastaba violentamente con la frialdad de su expresión—. Tienes talento para los números y un exceso de confianza que suele ser letal en este cuartel.
—Solo me gusta la precisión, Excelencia —mentí. Lo que me gustaba era la forma en que su presencia hacía que cada célula de mi cuerpo se sintiera viva.
—La precisión gana guerras —sentenció—. Asegúrate de no volver a equivocarte. Si el inventario falla, no importa quién tenga la razón; la responsabilidad será tuya.
Se dio la vuelta y salió de la habitación sin decir una palabra más.
El Capitán Vane se dejó caer en su silla, secándose el sudor de la frente con un pañuelo.
—Muchacha... casi me das un infarto. Nadie contradice al Muro de Invierno. Nadie.
Yo no respondí. Me senté en mi mesa coja y agarré la pluma con dedos temblorosos. Mi corazón latía tan fuerte que temía que se oyera en todo el edificio.
Me había hablado. Me había preguntado mi nombre. Había reconocido mi inteligencia, aunque fuera para advertirme.
Miré la mancha de tinta en mi dedo y sonreí para mis adentros. Alistair Thorne creía que me había puesto en mi lugar, que me había asustado con su frialdad. Pero lo que no sabía es que acababa de darme exactamente lo que necesitaba: una grieta en su armadura.
Él valoraba la eficiencia. Valoraba la precisión. Pues bien, yo sería la mujer más eficiente y precisa de su vida. Me convertiría en algo tan indispensable que no tendría más remedio que mirarme todos los días.
La sombra se había infiltrado en la fortaleza. Y aunque el invierno era crudo, yo tenía fuego suficiente para empezar un incendio.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉