Helena Duarte siempre creyó que el amor verdadero era ese que acelera el corazón y hace que la vida se vea un poco más hermosa.
Hasta que conoció a Gabriel Ferraz.
Intenso, arrogante, increíblemente guapo de una forma casi molesta… y completamente fuera de su alcance.
Lo que empezó como una noche impulsiva se convirtió en meses de pasión descontrolada. Se hicieron promesas, construyeron sueños… y luego todo se desmoronó.
Cuando Helena descubre que está embarazada, Gabriel desaparece de la peor manera posible: creyendo en una mentira que destruye todo entre ellos.
Abandonada, con el corazón roto y una vida creciendo en su interior, Helena decide empezar de nuevo lejos de él.
Pero el destino tiene un sentido del humor cruel.
Años después, Gabriel conoce la verdad.
Y también descubre que tiene un hijo.
Ahora está dispuesto a hacer lo que sea para recuperar a Helena… aunque ella esté decidida a no dejarlo acercarse nunca más.
Porque algunas heridas no sanan fácilmente.
Y algunas promesas… llegan demasiado tarde.
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Capítulo 14
El cuarto tres olía fuertemente a pintura fresca.
Gabriel estaba encima de una escalera, pasando el rodillo lentamente por la pared blanca.
—¿Quién fue el genio que eligió pintar el techo también? —murmuró para sí mismo.
Pasó el rodillo una vez más.
Algunas gotas de pintura cayeron al suelo.
—Mierda.
Bajó de la escalera para limpiar.
Trabajar en una oficina nunca lo había preparado para aquello.
Negociaciones.
Reuniones.
Hojas de cálculo.
Nada de eso ayudaba a pintar una habitación de posada.
Aun así... él continuaba.
Porque cada clavo martillado, cada pared pintada y cada tarea hecha allí tenía un significado diferente.
No se trataba del trabajo.
Se trataba de probar que estaba dispuesto a quedarse.
En la planta baja, Helena organizaba el desayuno de los huéspedes.
La posada ya estaba llena de movimiento.
Algunas personas conversaban en las mesas del jardín.
Otras tomaban café en la barra.
Miguel estaba en el corralito portátil cerca de la recepción, jugando con algunos juguetes coloridos.
Lucas observaba todo apoyado en la pared.
—Sigo pensando que esto es surrealista.
Helena lo miró.
—¿El qué?
—Gabriel trabajando.
Ella se encogió de hombros.
—Él se ofreció.
Lucas tomó un trozo de pan de la mesa.
—Y tú no facilitaste nada.
—No era para facilitar.
Lucas masticó despacio.
—Podías al menos haberle dado una tarea simple.
—¿Pintar una habitación no es simple?
—Para quien nunca ha hecho eso en la vida... no.
Miguel comenzó a golpear un juguete en el suelo.
Lucas se acercó al corralito.
—Ey, campeón.
El bebé levantó los ojos.
Lucas hizo una mueca graciosa.
Miguel rió.
—Al menos a alguien aquí le gusto —dijo Lucas.
Helena rió bajo.
En ese momento, Gabriel apareció en lo alto de la escalera.
Estaba cubierto de pequeñas salpicaduras de pintura.
—¿Alguien sabe dónde hay más pintura?
Lucas levantó una ceja.
—¿Ya terminaste?
—Esa pared estaba peor de lo que parecía.
Helena apuntó al depósito.
—Hay dos latas más allí.
Gabriel bajó las escaleras.
Cuando pasó por la recepción, Miguel inmediatamente extendió los brazos.
—¡Da! —balbuceó.
Gabriel se detuvo.
Helena observó la escena.
—Parece que alguien quiere atención.
Gabriel se acercó al corralito.
—¿Ya estás despierto de nuevo?
Miguel sonrió.
Aquella sonrisa enorme y desdentada que parecía iluminar todo el rostro.
Gabriel se agachó.
—Cinco minutos —le dijo a Helena.
Ella cruzó los brazos.
—Cinco.
Gabriel tomó al bebé en brazos.
Miguel inmediatamente agarró su barba.
—Sabía que ibas a hacer eso.
Lucas rió.
—Te has convertido en su juguete favorito.
Gabriel balanceó al bebé levemente.
Miguel soltó una carcajada.
Helena observaba en silencio.
Porque aquella escena aún la conmovía.
Era extraño ver a Gabriel de esa manera.
Natural.
Como si siempre hubiera formado parte de su rutina.
Pero él no lo había hecho.
Y Helena aún recordaba muy bien eso.
—Todavía tienes una habitación para terminar —le recordó ella.
Gabriel asintió.
—Lo sé.
Le entregó a Miguel de vuelta.
—Ya vuelvo.
Lucas cruzó los brazos.
—Tío, vas a acabar durmiendo de pie antes del mediodía.
Gabriel se encogió de hombros.
—Ya he hecho cosas más difíciles.
—¿Como qué?
Gabriel pensó por un segundo.
Después respondió:
—Intentar arreglar algo que yo mismo destruí.
Lucas se quedó en silencio.
Helena también.
Gabriel caminó nuevamente hacia el depósito para buscar más pintura.
Lucas suspiró.
—Vale... lo admito.
Helena lo miró.
—¿Admitir qué?
—Él está intentando de verdad.
Helena se quedó mirando a Miguel.
El bebé ahora masticaba un juguete de goma.
—Aún es pronto.
Lucas asintió.
—Lo sé.
—¿Pero has visto su cara?
—Sí.
Lucas tomó otra taza de café.
—Aquello no parece culpa.
—Parece alguien que se dio cuenta de que hizo una mierda.
Helena no respondió.
Algunos minutos después, Gabriel volvió al cuarto tres.
Abrió la lata de pintura nueva.
—Vamos allá...
El rodillo se deslizó nuevamente por la pared.
El trabajo era repetitivo.
Cansativo.
Pero también daba tiempo para pensar.
Y Gabriel estaba pensando mucho.
Pensando en cómo todo podría haber sido diferente.
Si hubiera escuchado a Helena.
Si no hubiera dejado que la duda creciera.
Si hubiera estado presente desde el comienzo.
Tal vez hubiera visto nacer a Miguel.
Tal vez hubiera sostenido a su hijo en brazos aquel primer día.
Tal vez hubiera estado allí durante aquellas noches difíciles.
Pasó el rodillo con más fuerza.
Como si pudiera borrar los errores del pasado con pintura blanca.
Algún tiempo después...
Una voz apareció en la puerta del cuarto.
—Olvidaste cubrir el suelo.
Gabriel se giró.
Helena estaba apoyada en el marco de la puerta.
—Ya me di cuenta —respondió él.
Ella entró en el cuarto.
Observó las paredes.
—No está mal.
Gabriel levantó una ceja.
—¿Eso fue un elogio?
—No te acostumbres.
Él rió.
—Puedes estar segura.
Helena miró las salpicaduras de pintura en su camiseta.
—Estás haciendo un desastre.
—Me di cuenta.
Ella caminó hasta la ventana.
Se quedó algunos segundos en silencio.
—A Miguel le gustaste.
Gabriel respondió despacio.
—A mí también me gustó él.
Helena cruzó los brazos.
—Gustar es la parte fácil.
Gabriel asintió.
—Lo sé.
—Criar a un niño es otra cosa.
—Lo sé.
Helena lo observaba con atención.
—Te vas a cansar de esto.
—Tal vez.
—¿Entonces por qué intentarlo?
Gabriel respondió sin dudar:
—Porque él merece que lo intente.
Helena se quedó en silencio.
El rodillo de pintura volvió a deslizarse por la pared.
Y, por primera vez desde que Gabriel había aparecido nuevamente en su vida...
Helena sintió algo extraño dentro del pecho.
No era confianza.
Aún no.
Pero tal vez...
Tal vez fuera el comienzo de ella.