Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa
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LA TORMENTA
La tarde se presentó tranquila en la granja, con el sol deslizándose lentamente hacia el horizonte como un viejo amigo que se despide sin prisa. El cielo se teñía de tonos anaranjados intensos que poco a poco se fundían con púrpuras profundos y rosados suaves, creando un lienzo vivo que parecía pintado solo para ella. Sara, aún con el eco de la inquietante experiencia en la cascada resonando en su mente como un susurro persistente que no quería callar, decidió buscar consuelo en los recuerdos más puros de su niñez. Caminó por el campo abierto, sintiendo el suave roce de la brisa contra su piel, una caricia fresca que traía consigo el aroma dulce de la hierba recién cortada y las flores silvestres que crecían al borde del camino. Sus pasos eran lentos, deliberados, como si cada uno la acercara un poco más a esa versión inocente y despreocupada de sí misma que tanto extrañaba.
Llegó hasta un viejo columpio que colgaba de un robusto árbol de guayabo, cuyas ramas gruesas y retorcidas contaban historias de décadas de tormentas y soles abrasadores. Las cuerdas, aunque desgastadas por el tiempo y la intemperie, seguían firmes, sujetas a una rama gruesa que se extendía como un brazo protector. Era un lugar sagrado para ella, un refugio de alegría pura donde había pasado incontables horas de risas y juegos infantiles. Allí había aprendido a volar, a sentir el viento en la cara y a creer que el mundo era un lugar lleno de posibilidades infinitas. Ahora, ese mismo columpio parecía distante, como un eco lejano de una vida que ya no le pertenecía del todo.
Al sentarse en el asiento de madera, sintió la superficie fría y ligeramente áspera contra sus muslos, un contraste reconfortante con el calor que aún guardaba su cuerpo después de la caminata. Con un suave empuje de sus pies descalzos contra la tierra, comenzó a oscilar suavemente, dejando que el movimiento rítmico la meciera como una madre arrulla a su bebé. La risa de su infancia llenó su mente de inmediato, clara y cristalina, como si hubiera estado esperando este momento para regresar. Recordó los días soleados de verano, cuando el cielo era de un azul interminable y las nubes parecían algodones flotantes. Recordó las risas contagiosas de su madre, que resonaban por todo el campo mientras la empujaba desde atrás, y la compañía fiel de Nazario, el viejo peón de la granja, quien siempre estaba dispuesto a empujarla más alto, más fuerte, hasta que el estómago le daba un vuelco delicioso de emoción.
“¿Recuerdas cuando me empujaste tan fuerte que casi toqué las nubes?” murmuró Sara en voz baja, sonriendo al aire vacío, como si lo estuviera compartiendo con un viejo amigo que aún pudiera escucharla. Su voz se perdió entre el canto de los pájaros que regresaban a sus nidos y el susurro de las hojas del guayabo. Por unos instantes, la melancolía se disipó y dejó paso a una calidez nostálgica que le llenó el pecho. Casi podía sentir las manos callosas de Nazario en su espalda, impulsándola hacia el cielo, y oír la voz alegre de su madre gritando: “¡Más alto, mi niña, más alto!”. Sin embargo, la risa pronto se tornó en un susurro de melancolía. Una sombra de preocupación se cernió sobre su corazón, recordándole que aquellos días felices ya no existían más que en su memoria. La realidad actual, con sus misterios y temores, pesaba demasiado.
De repente, el cielo se oscureció de manera abrupta, como si alguien hubiera corrido un telón pesado sobre el día. Nubes ominosas, cargadas de electricidad y promesas de tormenta, comenzaron a acumularse con rapidez desde el oeste, tiñendo todo de un gris plomizo que contrastaba violentamente con los colores cálidos de minutos antes. Un viento helado sopló sin aviso, trayendo consigo el aroma penetrante a tierra mojada y ozono, ese olor característico que precede a las grandes lluvias. Sara se detuvo en seco, aferrándose a las cuerdas del columpio, y miró hacia arriba con inquietud creciente. “No puede ser,” pensó, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la espalda. Recordaba perfectamente las tormentas que solían asustarla de niña, cuando se escondía bajo las sábanas con su madre, contando los segundos entre los relámpagos y los truenos para calcular la distancia de la tormenta.
En cuestión de minutos, el cielo estalló en un torrente furioso de lluvia. Las gotas gruesas y pesadas golpeaban el suelo con fuerza, creando un sonido rítmico y ensordecedor, como si miles de tambores tocaran al unísono. El viento aullaba entre los árboles, doblando las ramas del guayabo y haciendo crujir las hojas. Con un suspiro resignado, Sara se levantó del columpio, sintiendo cómo la lluvia empapaba su ropa en segundos. Corrió hacia la casa principal, chapoteando en los charcos que se formaban rápidamente en el camino de tierra, el corazón latiéndole con fuerza por el esfuerzo y la sorpresa.
Al entrar en la casa, sacudiéndose el agua del cabello y la ropa, la atmósfera cambió por completo. El lugar, que normalmente estaba lleno de vida con el bullicio de las actividades diarias, los aromas de la cocina y las voces familiares, parecía ahora sombrío y cargado de una tensión palpable. Alejandro, su esposo, estaba de pie junto a la ventana de la sala principal, con la frente fruncida en un gesto de preocupación mientras observaba cómo la tormenta arreciaba afuera. Las gotas golpeaban los cristales con violencia, creando ríos improvisados que descendían por el vidrio. “Parece que la tormenta se quedará un rato,” comentó él con voz grave, rompiendo el silencio pesado que reinaba en la habitación. Sara asintió lentamente, sintiendo cómo la preocupación por su madre se intensificaba en su pecho como una bola de ansiedad que crecía sin control. “Espero que esté bien,” murmuró, dirigiendo la mirada hacia el pasillo oscuro donde se encontraba la habitación de su madre, cuya puerta entreabierta dejaba escapar solo una tenue luz.
Con el paso de la tarde, la tormenta se intensificó aún más. El viento rugía con fuerza contra las paredes de la antigua casa, haciendo crujir las vigas de madera como si la estructura misma protestara. De pronto, un relámpago cegador iluminó todo por un instante, seguido de un trueno ensordecedor que hizo vibrar los muebles. La electricidad se apagó abruptamente, dejando a la familia sumida en una oscuridad casi total, rota solo por los destellos intermitentes de los relámpagos. Julieta, la fiel ama de llaves que llevaba años con ellos, se movió con eficiencia en la penumbra, encendiendo velas que había preparado con anticipación. La luz temblorosa de las llamas proyectaba sombras danzantes y alargadas en las paredes, creando figuras caprichosas que parecían cobrar vida propia.
“Es como si la casa estuviera viva,” murmuró Sara mientras se acomodaba en el sofá junto a Alejandro, envolviéndose en una manta suave para combatir el frío que se colaba por las rendijas. La luz tenue de las velas les daba un aire de intimidad forzada, un momento de cercanía en medio del caos exterior, pero la inquietud seguía presente, latente en cada rincón. “No puedo dejar de pensar en la niña de mi sueño,” confesó Sara en voz baja, mirando a su esposo a través de la penumbra danzante. Sus ojos reflejaban el miedo y la confusión que la habían acompañado desde la cascada. Alejandro tomó su mano con ternura, apretándola con suavidad, transmitiéndole calor y seguridad. “No estás sola en esto, cariño. Estoy aquí contigo,” respondió él con voz firme, aunque en su mirada también se podía leer una sombra de incertidumbre.
Con el tiempo, el cansancio acumulado del día se adueñó de todos. Uno a uno, fueron cayendo en un sueño profundo, rendidos ante el rugido constante de la tormenta que seguía azotando la granja sin piedad. Afuera, la lluvia no daba tregua, los truenos retumbaban como cañonazos lejanos y el viento silbaba entre los árboles. Dentro de la casa, el calor suave de las velas, ahora casi consumidas, proporcionaba un refugio cálido y acogedor, un contraste reconfortante con la furia de la naturaleza. Sin embargo, Sara no encontró paz verdadera. Se encontraba atrapada en un sueño inquietante, un laberinto infinito de recuerdos fragmentados y visiones confusas que se entretejían como hilos de una tela rota. En su mente, la figura de la niña reaparecía una y otra vez, emergiendo de la oscuridad con sus ojos grandes, tristes y profundos que parecían contener todo el misterio del universo. La pequeña la miraba fijamente, sin parpadear, como si quisiera transmitirle algo vital. “¿Quién eres?” se preguntó Sara en el sueño, extendiendo una mano hacia ella, pero la niña solo sonreía con una dulzura enigmática, como si guardara un secreto antiguo y doloroso que solo estaba dispuesta a revelar en el momento preciso.