Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?
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Capítulo 3: La promesa que no se cumplió
El contacto duró apenas unos segundos. Pero algo en Aiden… no volvió a ser el mismo.
El mundo desapareció. Ren estaba entre sus brazos, rígido, temblando. No era solo el mareo: su cuerpo estaba frío, demasiado, como si hubiera salido de algo que aún no terminaba. Alrededor, el salón seguía lleno: aplausos, voces, risas. El Proyecto Aurora avanzaba. Pero para Aiden todo eso quedó lejos, distorsionado, como si ocurriera detrás de un vidrio. Solo sentía a Ren: su respiración irregular, el leve temblor en su cuerpo.
—Ren… —murmuró—. Mírame.
Ren tardó. Cuando alzó la vista, sus ojos no estaban del todo ahí; estaban perdidos.
—Yo… —tragó saliva—. Perdón. No quise arruinar tu momento.
—No digas eso. —Aiden lo sostuvo por los hombros, firme.
Cuando Ren intentó separarse, el mareo volvió. Se aferró al abrigo de Aiden. Ese gesto no fue ternura: fue reconocimiento. Algo en el pecho de Aiden se cerró, como si ya lo hubiera sostenido así antes, como si recordara haberlo perdido.
—Vamos afuera.
No fue sugerencia. El pasillo los recibió en penumbra, sombras largas y silencio. Ren apoyó la espalda contra la pared.
—Lo siento… —repitió—. No sé qué me pasó.
Aiden lo observó. Por un instante quiso tocar su rostro para confirmar que estaba ahí. No lo hizo.
—Milo dijo algo —comentó Aiden—. Sobre “la última vez”.
Ren levantó la cabeza de golpe. —¿Tú también lo escuchaste?
—Sí. Y no fue casualidad.
Ren apretó los puños. —Cuando ganaste… no fue solo un recuerdo. Fue completo.
—¿Qué viste? —preguntó Aiden.
Ren cerró los ojos. —Un escenario. Tú tocando… como si cada nota te estuviera rompiendo. Yo estaba detrás. Esperando. Y supe que si me quedaba… —suspiró— algo te iba a arrebatar de mí. Así que huí.
Aiden dejó de respirar. —No fue así…
—¿Cómo que no? —Ren lo miró.
—Tú estabas llorando. Y yo te grité que no importaba ganar si no estabas ahí.
Silencio. —Entonces… —Ren bajó la voz— tú también recuerdas.
No era pregunta; era verdad.
Los días siguientes funcionaron por fuera como antes: reuniones, fechas, objetivos. Pero entre ellos todo se tensó. Se veían, trabajaban juntos, y no hablaban de eso. Estaba ahí, siempre. Cada vez que Ren pintaba, Aiden sentía que algo frágil iba a romperse. Cada vez que Aiden tocaba, Ren tenía que contener las lágrimas.
—Tu ritmo es demasiado rígido. —Silencio— Y el tuyo es demasiado impulsivo.
—¿Eso crees? —Ren giró.
—Eso veo. —Aiden se levantó, frustrado—. Es que cuando te dejas así… siento que vas a desaparecer otra vez.
—¿Otra vez? —Ren lo miró.
—Yo… recuerdo que te perdí. —Aiden tragó saliva—. Fue la única derrota que me importó.
La puerta hizo pasos. Milo entró. No sonrió. Por primera vez parecía cansado.
—Parece que ya empezaron a recordar.
—¿Qué sabes tú? —Ren reaccionó.
Milo negó con lentitud. —Sé que cada vez que uno de ustedes brilla, el otro es el precio. Siempre ha sido así.
Aiden avanzó. —Entonces habla.
—Ten cuidado, Aiden. Esta vez, si eliges el amor… no habrá nada que puedas salvar.
Se fue.
Esa noche Ren no durmió. Soñó con velas y música; vio a Aiden tocando solo para él, un beso oculto, una despedida. Despertó con lágrimas y salió al salón vacío. Aiden estaba frente al piano.
—Sabía que vendrías.
—No puedo seguir fingiendo. —Ren se acercó—. Cada vez que te escucho… siento que ya te amo. Y eso me asusta.
Las manos de Aiden se tensaron. —Ren…
—No digas nada. —Se acercaron—. Solo mírame.
Aiden se giró. La respiración quedó demasiado cerca para retroceder sin romper algo. Ren levantó la mano, dudó, y tocó su mejilla. El recuerdo llegó: completo, doloroso, real.
—Esta vez no voy a huir.
Aiden se inclinó— y la puerta se abrió de golpe.
—¡Aiden! ¡Ren! —La coordinadora irrumpió—. Tenemos un problema. La obra final… alguien la destruyó.
El aire se volvió frío. Ren sintió el escalofrío; Aiden apretó los puños. Sin decirlo, lo entendieron.
El pasado no había vuelto para darles otra oportunidad. Había vuelto para asegurarse de que, esta vez, uno de los dos no sobreviviera.
—Si amar significa perderlo todo… —pensó Aiden—, ¿vale la pena intentarlo otra vez?
Milo había advertido o manipulado. Si esta vez alguien debía desaparecer… ¿quién sería?
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