Para Alexander Rivas, el control lo es todo. Como el profesor más temido de la facultad, su arrogancia es su armadura y su intelecto, su arma más letal.
Pero cuando se cruza con Valentina Soler, una alumna que no baja la mirada y que desafía cada una de sus reglas. Siente que su dominio y autocontrol está tambaleando ante el deseo de tenerla.
Lo que comienza como una guerra de voluntades pronto se convierte en sombras y un deseo voraz que amenaza con destruirlos a ambos.
Sin embargo, en el juego de la seducción, el peligro no es solo ser descubiertos.
Un secreto familiar, enterrado bajo años de mentiras, comienza a salir a la luz.
¿Qué pasará cuando descubran que sus vidas han estado entrelazadas desde mucho antes de conocerse?
¿Lograrán mantenerse unidos después de revelar ese secreto que puede destruirlos a ambos?
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CAPÍTULO 19. Dos almas rotas.
Capítulo 19
Dos almas rotas.
El fin de semana llego con una calma absoluta. El apartamento de Alexander estaba envuelto en un silencio cómodo, apenas interrumpido por el suave sonido de la lluvia que golpeaba los ventanales.
La ciudad parecía haberse apagado tras el cristal, como si les concediera un momento de intimidad absoluta.
Valentina caminaba descalza, con una camisa suya sobre el cuerpo, y se detuvo frente a la estantería repleta de libros. Pasó los dedos sobre los lomos, sin leer los títulos, sólo sintiendo la textura. Alexander la observaba desde el sofá, con una taza de café en la mano y el deseo ardiéndole en la mirada.
Se levantó lentamente. Caminó hasta ella y la abrazó por detrás, aspirando el aroma de su cabello. Su nariz rozó su cuello, y sus labios descendieron con suavidad por la curva de su hombro.
—Quiero hacerte el amor esta noche. Muero de ganas de sentir tu cuerpo —murmuró contra su piel, con voz grave, ronca, cargada de fuego y deseo contenido.
Valentina cerró los ojos por un instante, sintiendo cómo se encendía su cuerpo solo con esa frase. Pero al girarse, algo en su rostro cambió. Dio un paso atrás, colocando una mano suave pero firme sobre su pecho.
—No —dijo. Su voz era suave, pero determinada.
Alexander la miró, desconcertado. No por la negativa en sí, sino por la seriedad con la que lo decía.
—¿Qué ocurre? —preguntó, dando un paso hacia ella. Sus ojos buscaban los suyos con inquietud. Esta vez no la buscaba para excitarla, sentía una preocupación genuina por su tono de voz.
Valentina bajó la mirada, apretando sus manos en los costados.
—No nos estamos cuidando, Alex. No lo hemos hecho las últimas veces… y no quiero… no quiero quedar embarazada. No estoy lista para traer un hijo al mundo y menos con este caos que nos ha caído encima.
El silencio se instaló entre ellos durante unos segundos que se hicieron eternos. Luego, él se acercó y la abrazó con fuerza. Sus brazos la rodearon como si temiera perderla en ese instante.
—Cariño… —susurró—. Luego del accidente, cuando perdí a Diana y a mi madre… no sabía si alguna vez volvería a tener una vida normal. Todo era una locura. Me sumergí en el trabajo. Me cerré al mundo. Y también… tomé decisiones definitivas. Quizás erróneas, pero fue lo que elegí en ese momento.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó ella, sin comprender del todo lo que él decía.
Él se apartó levemente para mirarla a los ojos.
—Me hice una vasectomía. Así que no deberías preocuparte por un embarazo, ni mucho menos por una enfermedad. Yo... no soy un promiscuo.
Valentina lo miró, sorprendida. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró al instante. El peso de la confesión la hizo sentarse lentamente en el borde del sofá.
—¿Desde entonces…?
—Sí —afirmó él, sentándose a su lado—. Fue una forma de asegurarme de que… si algo salía mal, si mi vida seguía siendo un caos, no arrastraría a nadie más. No quería traer hijos a un mundo que ya me parecía destruido. Porque no solo perdí a mi madre y mi futura esposa, incineradas dentro de un vehículo. Perdí la oportunidad de confirmar si iba o no a ser padre.
Ella asintió con lentitud, digiriendo sus palabras. Luego se acercó y se apoyó en su pecho, envuelta en sus brazos. Durante unos minutos no dijeron nada. El sonido de la lluvia se intensificó.
—¿Y si algún día yo quiero tener hijos? —preguntó ella de pronto, en voz baja, casi un susurro.
Alexander le acarició el cabello. Besó su frente y acarició su barbilla.
—Entonces buscaré la forma de revertirlo —dijo, sin vacilar—. Si algún día tú quieres un hijo, Valentina, haré lo que sea necesario para que podamos tenerlo.
Ella sintió un nudo en la garganta. Nunca nadie le había prometido algo tan sincero, tan humano.
—Gracias —se limitó a decir.
Volvieron a recostarse. Alexander jugaba con sus dedos recorriendo su espalda lentamente, mientras ella, mirando el techo, se dejaba llevar por los latidos que sentía bajo su oído. Hubo algo en esa confesión que despertó una tristeza desconocida. Un eco de heridas que no terminaban de cerrar.
Y una curiosidad nueva comenzó a crecer en la cabeza de Valentina. Pero no sabía si estaba lista para enfrentarse al pasado que atormentaba al hombre que amaba.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él, su voz era baja, suave—. Algo de lo que nunca hemos hablado.
—Sí.
—Es sobre tu madre. Quiero saber cuando murió y como.
Valentina respiró hondo. Cerró los ojos, y por un momento, pareció desaparecer de allí.
—Murió cuando yo tenía nueve años —comenzó, lentamente—. Fue algo… extraño. Íbamos a una gala política con mi padre. Ya sabes, esas cosas donde todos se visten de negro y sonríen con los dientes apretados. Mamá se bajó primero de la camioneta… y estalló una ráfaga de disparos en la entrada del teatro.
Alexander contuvo el aliento. No dijo nada. Solo la dejó continuar.
—Nunca lo dijeron públicamente. El escándalo habría sido brutal. Pero todos sabíamos que ese ataque era para mi padre. Mamá… se interpuso. Supongo que ella lo vio venir. Lo entendió antes que nadie. Y quiso salvarlo tomando su lugar.
—Lo siento —dijo Alexander mientrad besaba su frente y la apretaba más contra su pecho.
—Después de eso, todo cambió. Nadie volvió a mencionar su nombre. Papá guardó todas sus fotos como si con eso pudiera aliviar mi dolor. Nadie me dejó hablar de ella. Ni siquiera en terapia. Era como si hubieran decidido que… recordarla sería debilitarme.
Alexander la abrazó con más fuerza. Sintió su corazón latir bajo la piel. Conocía esa sensación. Ese tipo de dolor no desaparecía. Solo se enmascaraba.
—¿Tú la recuerdas? —preguntó él con suavidad.
—Todos los días. En mis silencios. En mi forma de caminar. Y no puedo hablarlo con nadie. Porque si lo hago… todo se rompe.
Alexander besó su frente una vez más. No dijo nada. Pero por dentro, una chispa se encendió. Esa historia no encajaba del todo. Algo en ese relato, en esa omisión de información olía a algo encubrimiento. Y aunque no quería causarle más dolor, supo en ese instante que investigaría. Que escarbaría la historia de la madre de Valentina hasta descubrir la verdad.
No por morbo. Ni por controlar la vida de Valentina. Sino porque, por primera vez en años, alguien le importaba tanto como para enfrentar los fantasmas de un pasado que no era suyos.
Y porque sentía, en lo más hondo, que el pasado de ambos estaba más entrelazado de lo que jamás imaginaron.
Valentina, recostada en su pecho, sintió que ese era su lugar seguro. A pesar del caos. A pesar del mundo ardiendo afuera. En los brazos de Alexander, su dolor encontraba alguna especie de pausa.
—¿Me prometes algo? —susurró ella, con voz temblorosa.
—Lo que quieras —respondió Alexander sin dejar de mirar el techo.
—Si en algún momento todo este desastre se nos sale de control… ¿vas a estar ahí?
Alexander la miró, y sin dudar, respondió:
—Siempre estaré para ti, Valen. Aunque el mundo se nos venga abajo.
Ella cerró los ojos. Y por primera vez en años, durmió sin miedo.