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IMPERIO DE CRISTAL " LA REYNA DE MAXIMILIAN"

IMPERIO DE CRISTAL " LA REYNA DE MAXIMILIAN"

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."

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Capítulo 3: El Novio Ausente

Los tres días previos a la boda fueron una invasión silenciosa. Amara no tuvo tiempo de procesar su dolor, porque la Torre Ra se trasladó a su casa. Un ejército de estilistas, guardias de seguridad con trajes oscuros y asistentes con tablets de cristal de zafiro tomaron el control de cada habitación.

Llegaban camiones blindados cargados de flores exóticas, sedas traídas de Oriente y cofres de madera de sándalo que contenían joyas que Amara ni siquiera se atrevía a tocar. Pero de él, del hombre que había orquestado todo, no había más que un silencio sepulcral.

El jueves por la noche, se suponía que Maximilian iría a cenar con la familia. Amara pasó tres horas siendo preparada por dos mujeres que no hablaban, solo peinaban y maquillaban su rostro como si fuera una máscara funeraria de oro. Cuando estuvo lista, vestida con una túnica de seda azul cobalto que resaltaba su piel canela, bajó al gran salón.

Sus padres la esperaban, nerviosos. La mesa estaba servida con manjares que olían a gloria, pero el asiento principal estaba vacío.

—El señor Al-Mansur no vendrá —anunció un hombre de traje gris, cuya voz era tan plana como una pared de concreto. Era el asistente personal de Maximilian—. Ha surgido una emergencia en Neo-Luxor, la ciudad tecnológica que está construyendo en el desierto. Uno de los reactores principales tuvo una falla y su presencia es requerida de inmediato.

Elena, la madre de Amara, palideció.

—¿Pero… y la boda? Mañana es el gran día.

—La boda sigue en pie —respondió el asistente, sin una pizca de emoción—. El señor Al-Mansur regresará directamente para la ceremonia. Ha dejado esto para la señorita Amara.

El hombre puso sobre la mesa una caja de terciopelo negro. Dentro, descansaba un collar de oro macizo en forma de alas de halcón, tan pesado y brillante que parecía una armadura. Amara lo miró con asco. Para ella, no era una joya; era un collar de perro, un símbolo de que el dueño ya había marcado su propiedad.

—Dile a tu jefe —dijo Amara, su voz firme a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas— que agradezco que su trabajo sea más importante que conocerme. Me ahorra el esfuerzo de tener que fingir que me importa su presencia.

—Amara, por favor… —susurró su padre, aterrado.

Pero el asistente ni siquiera se inmutó.

—Le haré llegar sus palabras, señora Al-Mansur. Con permiso.

Cuando el hombre se retiró, Amara se arrancó el collar y lo lanzó sobre la mesa de seda, haciendo que las copas de cristal tintinearan. Subió corriendo a su habitación y se encerró. Necesitaba aire. Necesitaba a Dario.

Esa noche, bajo una luna plateada, Amara se asomó al balcón. Dario la esperaba abajo, oculto entre las sombras de las palmeras. Gracias a que Maximilian había retirado a sus guardias de los jardines interiores (confiado en que ella no tenía a dónde ir), pudieron hablar una última vez.

—Mañana es el día, Amara —susurró Dario, su rostro demacrado por la falta de sueño—. Después de la ceremonia civil, habrá una recepción en la terraza de la Torre Ra. Es un lugar inmenso, lleno de gente. Entre el brindis y los fuegos artificiales, habrá un momento de confusión. Estaré esperándote en la salida de servicio del nivel 40. Mi primo ya tiene la lancha lista en el muelle privado del edificio contiguo.

—Tengo miedo, Dario —admitió ella, con lágrimas en los ojos—. Maximilian no es como los demás. Siento que sus ojos están en todas partes, incluso cuando no está.

—Es solo un hombre, Amara. Un hombre con mucho dinero, pero nada más. Él no puede poseer tu alma. Mañana seremos libres.

Se dieron un beso rápido, un beso que sabía a despedida y a desesperación. Amara lo vio desaparecer entre la maleza, sintiendo que él era su única ancla en un mar de oro que amenazaba con ahogarla.

La mañana de la boda llegó con una claridad cruel. Amara fue despertada por el sonido de helicópteros. Maximilian no venía en coche; estaba aterrizando en el helipuerto de su propia torre, listo para reclamar su "inversión".

El ritual del vestido fue una tortura de tres horas. El traje de novia no era occidental; era una obra maestra de la moda egipcia moderna. Una túnica ajustada de lino finísimo y seda blanca, recubierta de una red de cuentas de oro y lapislázuli que pesaba sobre sus hombros como el juicio de los dioses. Su cabello fue recogido en un tocado elegante que dejaba al descubierto su cuello largo y elegante.

Cuando se miró al espejo, Amara no reconoció a la niña de diecisiete años que amaba a un empleado. Vio a una reina, una Nefertiti del siglo XXI, hermosa y letal.

—Es hora —dijo su padre, entrando a la habitación. Sus manos temblaban mientras le ofrecía el brazo—. Los coches blindados están abajo. La ciudad entera está paralizada por tu boda, Amara.

—No es mi boda, papá —dijo ella, con una frialdad que la sorprendió incluso a ella—. Es la inauguración de una nueva propiedad de Maximilian. Pero dile que se asegure de cerrar bien las puertas, porque incluso los pájaros en jaulas de oro saben cómo volar cuando se abre una rendija.

Mientras el convoy de Rolls-Royce dorados avanzaba hacia la Torre Ra, Amara mantenía la vista fija en la cima del rascacielos. Allá arriba, el hombre que no había tenido tiempo para cenar con ella la esperaba para ponerle su sello.

El primer encuentro no sería en una oficina, ni en una cena romántica. Sería ante el juez, frente a las cámaras y bajo el peso de un imperio. Maximilian y Amara estaban a punto de colisionar, y el impacto iba a sacudir los cimientos de la ciudad de cristal.

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