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Un beso inesperado
Después de salir de los oscuros y fríos calabozos, el ambiente seguía siendo sumamente pesado, cargado de tensión y de preocupación. Yo estaba terriblemente angustiada y preocupada, no solo por el ataque violento que habíamos sufrido hacía apenas unas horas, sino por todo lo que estaba en juego, por el misterio sin resolver y por el peligro que seguía acechándonos día y noche. La imagen terrible de aquel hombre siendo torturado y su silencio aterrador me tenían el corazón apretado y la mente totalmente inquieta y revuelta.
Caminábamos lentamente de regreso hacia la seguridad de nuestros aposentos, subiendo las largas escaleras de piedra antigua del castillo. Kaelen iba un poco adelante de mí, caminando con paso firme pero visiblemente cansado, serio y callado como siempre, procesando en silencio todo lo que había sucedido y buscando respuestas que no llegaban. Yo lo seguía de muy cerca, mirando al suelo, perdida en mis propios pensamientos oscuros y llena de una ansiedad que no me dejaba tranquila.
—Kaelen, dime la verdad... ¿crees que alguna vez logremos saber quién está detrás de todo esto? ¿Crees que...?
Iba a terminar de hacerle la pregunta, pero en ese mismo instante, mi pie tropezó torpemente con el borde alto de un escalón. Perdí el equilibrio de golpe y de manera totalmente inesperada, y sin poder hacer nada para evitarlo, mi cuerpo se fue de cara hacia adelante, impulsado por mi propio peso.
—¡Ah! ¡Kaelen!
Él reaccionó con una velocidad increíble, se giró rápidamente sobre sus talones e intentó cogerme al vuelo para evitar que me golpeara contra el suelo duro. Sin embargo, la velocidad y el impulso que llevaba eran demasiados, y choqué contra su pecho fuerte con mucha fuerza. Él retrocedió tambaleándose unos pasos hacia atrás y terminamos cayendo suavemente pero pegados contra la fría pared de piedra del pasillo, quedando yo en medio de sus brazos y totalmente encima de él, con mi cuerpo pegado al suyo.
El impacto no dolió nada, fue suave, pero nos dejó a los dos completamente sin aire y sin saber qué hacer, con nuestras caras a escasos milímetros, mirándonos fijamente a los ojos profundamente.
Estaba tan cerca de él ahora que podía sentir perfectamente el calor cálido que emanaba su cuerpo, podía escuchar los latidos fuertes y acelerados de su corazón contra mi pecho, y podía ver mi propio reflejo tembloroso en esos ojos grises tan hermosos que tenía. Fue un segundo mágico, un instante de silencio total y confusión dulce. Sin pensarlo racionalmente, sin planearlo ni buscarlo, nuestras caras se acercaron instintivamente más y más, atraídos como por un imán invisible...
Y entonces, simplemente sucedió.
Nuestros labios se encontraron finalmente.
Fue un beso tierno, suave, dulce y tímido, apenas un roce delicado y suave como el pétalo de una rosa, pero que hizo que todo mi cuerpo entero se estremeciera de pies a cabeza y que el tiempo se detuviera por completo a nuestro alrededor. Sentí una explosión de mariposas revoloteando locas en mi estómago y una electricidad dulce y agradable recorriéndome toda la piel, haciéndome sentir viva y llena de emoción como nunca antes.
Pero en la misma fracción de segundo en que nos dimos cuenta plena de lo que estaba pasando, nos separamos de golpe y bruscamente el uno del otro, como si de repente nos hubiéramos quemado con fuego.
Me puse de pie rapidísima, sintiendo cómo mis mejillas se ponían totalmente rojas, ardiendo como dos brasas, y me tapé instintivamente la boca con la mano, muerta de vergüenza, de timidez y de una emoción enorme. Él también se levantó del suelo con muchísima agilidad, se acomodó rápidamente su ropa desordenada, se pasó una mano por el cabello negro de manera nerviosa y miró hacia cualquier lado menos hacia mí, carraspeando fuerte y ruidosamente para intentar disimular y romper el silencio.
Estábamos los dos igual de colorados, los dos totalmente nerviosos y sin saber qué decir ni cómo actuar, con los corazones latiéndonos a mil por hora dentro del pecho. El silencio en aquel pasillo ahora era totalmente diferente, estaba cargado de una electricidad especial, de ternura y de un sentimiento nuevo que acababa de nacer entre nosotros.
—Yo... yo no quería... yo es que tropecé y... —balbuceé yo sin poder formar una sola frase coherente, mirando al suelo muerta de corte y de emoción.
Kaelen tosió otra vez fuerte, intentando con todas sus fuerzas recuperar esa máscara de seriedad y dureza que siempre usaba, pero se le notaba a la legión en la cara que estaba igual de nervioso, igual de tímido y igual de emocionado que yo.
—Bueno... ejem... lo importante y lo urgente es que no te hiciste daño al caer, ¿verdad, Elena? —dijo él de golpe y por la tangente, cambiando de tema bruscamente y con mucha desesperación para salir de esa situación tan vergonzosa y tan dulce a la vez—. Dig... digamos que es mejor subir ya a descansar de una vez. Hay que estar totalmente preparados y alerta para lo que pueda pasar mañana.
—S... sí, claro, tienes toda la razón del mundo —respondí yo también muy rápido, asintiendo muchas veces con la cabeza como una loca y sin atreverme a mirarlo directamente a los ojos—. Mejor seguimos caminando. Sí, sí, vamos.
Seguimos subiendo el resto de las escaleras en silencio, pero ahora había una distancia pequeña y respetuosa entre nuestros cuerpos, y aunque no nos mirábamos ni nos hablábamos de lo que acababa de pasar, ambos sabíamos con total certeza que algo muy profundo había cambiado para siempre en nuestras vidas en ese pequeño, mágico e inolvidable momento.