"A veces, el final de un matrimonio es solo el prólogo de tu verdadera historia de amor."
A sus 40 años, Elena creía tener la vida perfecta: un matrimonio sólido de dos décadas y una posición social envidiable. Todo se derrumba la noche en que descubre que su esposo, el frío y calculador Julián, no solo le es infiel, sino que planea dejarla en la ruina para iniciar una nueva vida.
Humillada y al borde del abismo, Elena decide que no será la víctima de esta historia. En su camino hacia la libertad, aparece Gabriel, un hombre mucho más joven, audaz y peligrosamente encantador, que ve en Elena la pasión y el fuego que Julián intentó apagar durante años.
Mientras Elena orquesta su venganza contra el hombre que la traicionó, deberá enfrentar sus propios prejuicios: ¿Es demasiado tarde para volver a amar? ¿O es este el momento perfecto para descubrir quién es ella realmente?
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capitulo 13
La luz del amanecer entra por el parabrisas del coche de Gabriel, pero no trae la paz de los días anteriores. Trae una urgencia fría, una necesidad de movimiento que me quema en el pecho. Gabriel conduce en silencio por las calles aún desiertas de la ciudad, echándome miradas de reojo. Sé lo que ve: una mujer con el pelo revuelto, la ropa húmeda por la lluvia de anoche y un bolso apretado contra el regazo como si contuviera lingotes de oro.
En realidad, contiene algo mucho más valioso: la libertad de mi abuela y la soga con la que Julián se va a ahorcar profesionalmente.
—Elena, descansa un poco. Todavía es temprano —dice Gabriel con suavidad, poniendo una mano sobre la mía.
—No puedo. Si las cuentas ya están bloqueadas, Julián va a estar como un animal acorralado. Conozco sus fases: primero la negación, luego la furia, y después la búsqueda de un culpable. Ahora mismo debe de estar repasando mentalmente a todos sus socios, a sus enemigos en la constructora... no sospecha de mí. Todavía me cree su pequeña esposa moribunda.
Llegamos a un pequeño hotel boutique en una zona neutral de la ciudad. No quiero volver a la mansión. No quiero respirar el mismo aire que Rebeca ni escuchar los gritos de Julián. Gabriel se encarga del registro mientras yo me hundo en un sillón de terciopelo del vestíbulo. Me miro las manos; ya no tiemblan. El diagnóstico negativo del Dr. Mendoza ha actuado como un interruptor. Antes, cada minuto era una resta; ahora, cada segundo es un arma.
Subimos a la habitación. Es pequeña, minimalista, lo opuesto a la opulencia barroca de mi casa. Me quito la ropa húmeda y me meto en la ducha. El agua caliente golpea mi espalda y cierro los ojos, tratando de procesar que voy a vivir. Voy a vivir. La palabra resuena en las paredes de azulejos. No voy a morir en una cama de hospital mientras Julián elige el color de las cortinas para su nueva familia. Voy a estar ahí para ver cómo su imperio de cristal se hace añicos.
Salgo del baño envuelta en una toalla y encuentro a Gabriel sentado en la cama, con mi portátil abierto.
—He estado revisando los archivos que sacaste de la caja fuerte —dice sin levantar la vista. Su expresión es de pura incredulidad—. Elena, esto no es solo mala gestión. Esto es fraude fiscal a gran escala. Hay facturas de materiales que nunca se compraron para el proyecto de las torres del norte. Ese dinero terminó en una cuenta en las Islas Caimán a nombre de una sociedad donde Rebeca figura como beneficiaria secundaria.
Me siento a su lado, sintiendo el frío del aire acondicionado en mi piel húmeda.
—Él creía que yo era demasiado tonta para entender de números. Me pedía que firmara documentos mientras servía la cena, diciendo que eran "trámites de la casa". Nunca los leí, Gabriel. Confiaba en él.
—Bueno, ahora los estamos leyendo. Y lo que dicen es que Julián ha estado robando a sus propios socios para asegurar su futuro con ella. Si esto sale a la luz, no solo perderá la empresa. Podría acabar en prisión.
Un escalofrío me recorre la columna. No es miedo por él, es la comprensión de la magnitud del incendio que he provocado.
—Tengo que ir a la residencia —digo, levantándome para vestirme—. Antes de que Julián intente usarlas de nuevo como escudo.
Gabriel me acompaña. El trayecto hacia la residencia de mi abuela se siente como una misión de rescate. Al llegar, el ambiente es extrañamente tranquilo. En la recepción, Marta me mira con una mezcla de sorpresa y alivio.
—Señora Colón, qué bien que viene. El señor de de la Torre llamó hace una hora muy alterado. Preguntó si usted había estado aquí y pidió que no dejáramos salir a su abuela bajo ninguna circunstancia sin su autorización personal.
—Mi abuela no es una propiedad de Julián, Marta —digo, manteniendo la voz firme y clara—. Soy su tutora legal junto con él, y según el contrato de esta institución, tengo pleno derecho a trasladarla si así lo decido.
—Lo sé, pero él dijo que usted no estaba... bueno, en condiciones de tomar decisiones médicas.
—¿Ah, sí? Pues como puedes ver, estoy perfectamente. Y aquí tengo el documento de traslado firmado por un notario que preparé ayer.
Miento con una seguridad que me asombra. No tengo ningún documento notarial, pero tengo una carpeta llena de papeles oficiales de la empresa de Julián que parecen lo suficientemente importantes como para intimidar a una recepcionista que no quiere problemas. Gabriel da un paso al frente, con su cámara al cuello y un aire de autoridad que no le conocía.
—Estamos haciendo una auditoría de los servicios de traslado —dice él con voz grave—. Por favor, preparen el historial clínico de la señora Elena. El vehículo de transporte está en camino.
Marta duda, mira a Gabriel, me mira a mí y finalmente asiente. El poder de la confianza es asombroso. Quince minutos después, estoy en la habitación de mi abuela. Ella está sentada junto a la ventana, como siempre.
—Abuela, nos vamos —le digo, arrodillándome frente a ella—. Vamos a un lugar mejor. Cerca del mar, como querías.
Ella me mira y, por un segundo, sus ojos se enfocan con una claridad hiriente.
—¿Ya le has prendido fuego a la casa, pequeña? —pregunta con un susurro.
—Ya está ardiendo, abuela. Solo queda salir antes de que caiga el techo.
Con la ayuda de una enfermera que prefiere no hacer preguntas, subimos a mi abuela al coche de Gabriel. Es un proceso lento, doloroso por la fragilidad de sus huesos, pero cuando cierro la puerta del coche, siento que le he arrancado a Julián su rehén más preciado. La llevo a una clínica privada más pequeña, recomendada por el Dr. Mendoza, donde he pagado el primer mes con los ahorros que logré desviar de mi propia cuenta personal antes de que Julián se diera cuenta.
Una vez que ella está instalada, me quedo en el pasillo, apoyada contra la pared. El cansancio empieza a pasarme factura.
—Lo has logrado —dice Gabriel, pasándome un café de máquina—. Está a salvo.
—Es solo el principio, Gabriel. Ahora viene la parte difícil. Tengo que volver a la mansión.
—¿Estás loca? Julián debe de estar esperándote con los ojos inyectados en sangre.
—Exacto. Y por eso tengo que ir. Si no aparezco, sabrá que yo soy la que está detrás de todo. Tengo que seguir el juego un poco más. Tengo que ser la esposa enferma que vuelve a casa después de un "momento de confusión". Si consigo que baje la guardia una última vez, podré sacar el resto de las pruebas que necesito de su ordenador personal.
Gabriel niega con la cabeza, preocupado.
—Es peligroso, Elena. Ese hombre está perdiendo todo. No sabes de qué es capaz.
—Sé exactamente de qué es capaz. Es capaz de dejar morir a su esposa mientras celebra un embarazo con otra. Nada de lo que haga ahora puede sorprenderme. Pero necesito que tú estés cerca. Quédate en la esquina de la calle. Si no salgo en dos horas, o si me oyes gritar por el intercomunicador... llama a la policía.
Me dejo en la puerta de la mansión a las seis de la tarde. El cielo está encapotado, amenazando con otra tormenta. La casa de mármol parece un mausoleo bajo esta luz gris. Camino por el sendero de entrada, sintiendo cómo cada paso me aleja de la mujer que fui en la costa y me devuelve a la piel de la víctima que Julián espera encontrar.
Abro la puerta principal. El silencio es absoluto, pero el aire está cargado de una tensión eléctrica. No hay olor a flores, solo a humo de cigarrillo. Julián no fuma, a menos que esté al borde de un colapso nervioso.