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EL CONFÍN

EL CONFÍN

Status: Terminada
Genre:Aventura / Reencuentro / Posesivo / Completas
Popularitas:44
Nilai: 5
nombre de autor: Pablo Ezequiel

A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.

NovelToon tiene autorización de Pablo Ezequiel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El regreso del lobo

El silencio que siguió a las palabras de Alejandro fue más aterrador que cualquier grito o amenaza. Los hombres que acababan de derribar la puerta se detuvieron en seco, las armas en alto, apuntando directamente hacia él, pero ninguno se atrevió a dar un paso más. Había algo en la postura de aquel hombre, algo en esa sonrisa fría y serena, algo en la forma en que los miraba, que les helaba la sangre. No era el dueño de un bar lo que tenían enfrente. Era un depredador que había estado dormido mucho tiempo, y que acababa de despertar.

Elena, que seguía detrás de él, agarrada con fuerza a su abrigo, sentía cómo el cuerpo de Alejandro había cambiado. Ya no había tensión, ni duda, ni miedo. Había control absoluto. Cada músculo, cada movimiento, cada respiración estaba calculado al milímetro, igual que le había dicho la anciana. Él no recordaba, pero su cuerpo sí. Su mente entrenada durante años había vuelto a tomar el mando, activada por el peligro, por la verdad, por la necesidad de proteger lo que amaba.

—¿Quién es el jefe de este grupo? —preguntó Alejandro, y su voz sonó firme, cortante, una orden más que una pregunta.

Uno de los hombres, el más alto y de mirada más dura, dio un paso al frente, sosteniendo el arma con más fuerza.

—Yo doy las órdenes aquí —dijo, aunque su tono fue un poco menos seguro de lo que hubiera querido—. Y nuestra orden es llevarte con nosotros, vivo o muerto. Y a ella también.

Alejandro soltó una risa corta, seca, sin ninguna alegría, una risa que hizo que los demás se miraran entre sí, confundidos.

—Llevarme —repitió él lentamente, como si estuviera saboreando las palabras—. ¿Y quién te dijo que yo tengo ganas de ir? ¿Crees que porque me borrasteis la memoria, he olvidado todo lo que sé hacer? ¿Crees que me convertisteis en un muñeco inofensivo?

Dio un paso al frente, y todos retrocedieron instintivamente. La anciana, desde un rincón, observaba todo con una sonrisa de orgullo y tristeza, con las manos entrelazadas con fuerza. Sabía lo que iba a pasar. Sabía que esos hombres no tenían ninguna oportunidad.

—Javier les dijo que yo era un proyecto, un experimento que salió mal y que ahora podían recuperar como si fuera un objeto perdido —continuó Alejandro, y sus ojos claros brillaban con una luz oscura y peligrosa—. Pero se equivocaron. Y vosotros también. Porque yo no soy de nadie. Nunca lo fui. Y ahora... ahora voy a hacerles ver por qué, en su momento, yo era el único al que temían de verdad.

Antes de que ninguno de ellos pudiera reaccionar, antes de que pudieran siquiera apretar el gatillo, Alejandro se movió. Fue un movimiento tan rápido, tan fluido y tan preciso que casi pareció magia. En un parpadeo, ya no estaba en el lugar donde había estado. Se lanzó hacia el hombre que había hablado, esquivando el cañón del arma con una facilidad increíble, y con un golpe seco y exacto en la muñeca, le hizo soltar el arma al suelo. Antes de que el hombre pudiera gritar, Alejandro ya tenía el brazo suyo torcido hacia atrás y lo usaba como escudo humano frente a los otros dos que intentaban disparar.

—¡Disparad! —gritó Alejandro con furia, sosteniendo al hombre que gemía de dolor frente a su pecho—. ¡Disparad a vuestro propio compañero si os atrevéis! ¡Disparad al hombre que os envió Javier a por mí!

Los otros dos dudaron un segundo, y ese segundo fue suficiente. Alejandro lanzó al hombre contra ellos, haciéndolos chocar y perder el equilibrio, y aprovechó ese caos para moverse de nuevo. Golpe tras golpe, movimientos aprendidos y grabados a fuego en su memoria muscular, desarmando, bloqueando, derribando. No usaba más fuerza de la necesaria, pero tampoco dejaba ningún hueco libre. Era una máquina perfecta, actuando con una precisión aterradora.

En menos de un minuto, todo había terminado. Los cuatro hombres que habían entrado armados y seguros de sí mismos ahora estaban en el suelo, gimiendo, aturdidos o inconscientes, con las armas lejos de su alcance. Alejandro estaba de pie en el centro de la sala, respirando con calma, sin un rasguño, sin una sola marca, ajustándose las mangas de su camisa con la misma elegancia con la que lo hacía cuando atendía la barra de su bar. Pero sus ojos seguían siendo los de aquel hombre letal que acababa de demostrar de lo que era capaz.

Elena se quedó mirándolo con la boca abierta, temblando, mezcla de miedo y admiración absoluta. La anciana aplaudió lentamente, un sonido seco que resonaba en el silencio de la casa.

—Lo sabía —dijo ella, con voz emocionada—. Lo sabía. Ni el tiempo, ni el olvido, ni una vida tranquila pudieron borrar lo que eres, Alejandro. Eso nunca se borra.

Alejandro se giró hacia ella, y por un instante, en su mirada se mezclaron las dos vidas que había tenido: la del hombre bueno y tranquilo, y la del operativo letal.

—¿Y ahora qué? —preguntó él, con voz seria—. Esto no va a parar aquí. Javier sabrá que han fallado. Sabrá que he vuelto a ser yo. Y enviará a más. A peores.

—Lo hará —asintió la mujer, poniéndose de pie y acercándose a él—. Pero ahora ya no eres el hombre que buscaban. Ahora eres el hombre al que tendrán que enfrentarse. Y recuerda: tú conoces sus métodos, tú conoces sus reglas, tú conoces cómo piensan, porque tú fuiste parte de ellos. Y ahora tienes algo que ellos nunca tuvieron.

Miró hacia Elena, que seguía inmóvil, mirando a Alejandro como si lo viera por primera vez.

—Tienes un motivo para luchar que no sea una orden, ni una misión, ni una obligación —continuó ella—. Tienes amor. Y eso, Alejandro... eso es lo que te hace invencible.

Se acercó a un mueble antiguo, abrió un cajón oculto y sacó un objeto envuelto en tela desgastada. Se lo entregó a Alejandro. Al desenvolverlo, vio que era una navaja, de hoja larga, fina y brillante, con un grabado antiguo en el mango: un lobo con la cabeza en alto.

—Era de tu maestro —dijo ella—. El hombre que te entrenó, el mismo que te dijo que no todo se soluciona matando, el mismo que te enseñó que la lealtad es a las personas, no a las reglas. Él dejó esto para ti. Dijo que llegaría el momento en que lo necesitarías para recordar quién eres de verdad. Un lobo nunca deja de serlo, aunque viva entre ovejas.

Alejandro sostuvo el arma en su mano, sintiendo su peso, su equilibrio, sintiendo que encajaba en su mano como si hubiera nacido con ella. Una sensación de familiaridad profunda lo invadió, un recuerdo que no era imagen, sino sensación, de manos que le enseñaban a sostenerla, de voz que le decía que la verdadera fuerza está en saber cuándo usarla y cuándo no.

Guardó la navaja con cuidado en su abrigo, miró a Elena y luego a la anciana.

—Necesito saber todo lo que queda por saber —dijo él con determinación—. ¿Dónde está la base? ¿Cómo opera Javier? ¿Cuál es exactamente el plan que tiene ahora conmigo?

—Te lo diré todo —respondió la mujer—. Pero hay algo más. Algo que no te he dicho todavía, porque necesitaba ver si realmente eras tú, si habías vuelto a ser quien debías ser.

Hizo una pausa, mirando hacia la ventana oscura, con una expresión de profunda gravedad.

—No solo te quieren a ti, Alejandro. Quieren algo que tu maestro te dejó oculto hace años, algo que él confió en que tú protegerías, aunque no supieras que lo tenías. Algo que está escondido justo donde tú crees que tienes tu vida tranquila. Algo que está en tu bar.

Alejandro sintió que el aire se le iba de nuevo.

—¿En el Confín? —preguntó, casi en un susurro.

—Sí —confirmó ella—. Hay un lugar secreto, construido por tu propio maestro cuando diseñó todo para que tú vivieras allí. Un lugar donde guardó documentos, pruebas, nombres, todo lo que puede destruir a la organización para siempre. Javier no solo te quiere a ti. Quiere eso. Y por eso ha dejado que vivieras ahí todo este tiempo. Sabían que solo tú podrías encontrarlo cuando llegara el momento. Y ese momento... ha llegado.

Elena se acercó finalmente a él, le tomó la mano, y aunque le temblaba un poco, su agarre fue firme.

—Entonces ahí es donde tenemos que ir —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Tenemos que volver. Tenemos que saber qué es lo que está ahí. Y tenemos que impedir que Javier se apodere de ello, sea lo que sea.

Alejandro apretó su mano, miró la navaja oculta bajo su ropa, y sintió cómo todo su destino se alineaba por fin. Ya no había dudas, ni miedos, ni preguntas sin respuesta. Sabía quién era. Sabía qué tenía que proteger. Sabía contra quién luchaba.

—Volvemos —dijo él con voz firme—. Volvemos ahora mismo. Pero esta vez... esta vez yo pondré las reglas del juego.

Se giró hacia la anciana, con una leve inclinación de cabeza.

—Gracias. Por la verdad, por lo que me has enseñado hoy, y por devolverme lo que soy.

—Ve, hijo —le dijo ella con lágrimas en los ojos—. Y recuerda: tú eres el lobo. Y los lobos protegen su manada hasta la muerte.

Salieron de la casa, subieron al coche y arrancaron de nuevo, esta vez con el rumbo claro, con la mente despejada y con el corazón lleno de una fuerza que nada ni nadie podría detener. Mientras dejaban atrás aquel lugar lleno de secretos, Alejandro miró al frente, a la carretera oscura que los llevaba de vuelta a su vida, a su refugio, al lugar donde todo iba a decidirse de una vez por todas.

Y por primera vez en mucho tiempo, Alejandro no tenía miedo de lo que venía. Porque el hombre que se había ido... ya no existía. Y el hombre que ahora regresaba... era el que ellos siempre habían temido.

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