Mi vida tenía precio…
y alguien pagó por ella.
Desde que nací, mi destino ya estaba escrito.
casarme con un hombre al que no amaba, unir dos familias, obedecer sin cuestionar.
Ser perfecta.
Ser sumisa.
Ser suya.
Pero el día de mi boda… huí.
Sin plan.
Sin rumbo.
Sin saber que escapar no me haría libre…
Ya no soy mía.
Pertenezco a quien ofreció más.
Pero aunque mi cuerpo cambie de dueño, mi espíritu sigue siendo libre.
Solo el tiempo dirá si esta venta fue mi perdición...
o mi salvación.
NovelToon tiene autorización de Juliana Torra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 16 — Lo que duele
No sé cuánto tiempo pasó.
Minutos.
Tal vez más.
El tiempo dentro de ese avión parecía moverse distinto, como si se hubiera quedado suspendido en algún punto entre lo que había pasado… y lo que aún no quería enfrentar.
Pero no me moví.
No los fui a buscar.
No me levanté.
No hice nada.
Me quedé sentada, inmóvil, mirando por la ventana como si el cielo pudiera ofrecerme respuestas que en el fondo sabía que no quería escuchar.
Las nubes se deslizaban lentas, indiferentes, ajenas a todo lo que estaba ocurriendo dentro de mí. Todo seguía su curso allá afuera… mientras por dentro todo se desordenaba.
Mi reflejo en el cristal llamó mi atención.
No se veía como yo.
No realmente.
Había algo distinto en esa mirada. Algo que no recordaba haber visto antes.
Fría.
Distante.
Vacía.
Perfecto.
Eso era lo que necesitaba ser.
Porque sentir… estaba empezando a convertirse en un problema.
Y yo no podía permitirme problemas.
No en esta situación.
No con él.
No conmigo misma.
Apreté ligeramente los dedos contra el apoyabrazos, obligándome a mantener la calma, a sostener esa versión de mí que no se quebraba por dentro.
Entonces…
escuché la puerta abrirse detrás de mí.
El sonido fue suave.
Casi silencioso.
Pero suficiente.
Sabía que era él.
Lo sentí antes de verlo.
Aun así…
no me giré.
No tenía intención de hacerlo.
No iba a darle eso.
—Valeria.
Su voz volvió a sonar como siempre.
Controlada.
Segura.
Impenetrable.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no acabara de desaparecer con otra mujer frente a mí.
Como si yo no hubiera sentido… lo que sentí.
—¿Terminaste? —pregunté, sin mirarlo.
Mi tono fue plano.
Sin emoción.
O al menos… eso intenté.
El silencio cayó.
Pesado.
Denso.
—No empieces.
Solté una pequeña risa.
Baja.
Hueca.
—¿Empezar qué?
Giré la cabeza lentamente, encontrándome con su mirada.
—¿A preguntarte cuánto tiempo necesitaste para asegurarte de que estaba bien?
Sus ojos se endurecieron apenas.
Un gesto mínimo.
Pero lo suficiente.
—Se pasó de la línea.
—¿Ella? —arqueé una ceja, dejando que la incredulidad se filtrara sin esfuerzo—. Interesante.
Me puse de pie con calma.
Demasiada calma.
—Porque según tú… lo que dijo no importa.
El aire se tensó inmediatamente.
—No pongas palabras en mi boca.
—No hace falta —respondí—. Tus acciones hablan solas.
Di un paso hacia él.
Lento.
Decidido.
—La defendiste.
—La atendí.
—La elegiste.
Silencio.
Ese silencio…
no necesitaba traducción.
Lo decía todo.
—No seas absurda.
La palabra me golpeó más de lo que debería.
Como si hubiera atravesado algo que yo misma estaba intentando mantener intacto.
—¿Absurda?
Una risa amarga escapó de mí.
Más fuerte esta vez.
Más real.
—Claro. Soy absurda por reaccionar cuando una mujer me dice que todas han sido la mujer de mi esposo.
Mi voz ya no era baja.
Ya no estaba contenida.
—Y tú… —añadí, clavando la mirada en la suya—, ni siquiera la contradices.
Sus ojos se fijaron en los míos.
Firmes.
Duros.
—No tengo que darte explicaciones.
Eso…
eso fue el detonante.
Sentí algo romperse dentro de mí.
No de golpe.
Pero sí lo suficiente para que ya no pudiera ignorarlo.
—Perfecto.
Asentí lentamente.
—Entonces yo tampoco.
Me giré, dispuesta a volver a mi asiento.
A terminar esa conversación.
A cerrar todo lo que estaba empezando a abrirse demasiado.
Pero su mano me detuvo.
Firme.
Directa.
Inapelable.
—No hemos terminado.
Me giré de golpe.
—Yo sí.
—No.
Su tono fue más duro esta vez.
Más marcado.
Más autoritario.
—Te comportaste como una niña.
El golpe fue directo.
Sin suavizar.
Sin cuidado.
—¿Una niña?
Me solté de su agarre con fuerza.
El movimiento fue rápido.
Cargado de todo lo que estaba acumulando.
—Yo reaccioné como tu esposa.
—No.
Dio un paso hacia mí.
Acortando la distancia.
—Reaccionaste como alguien que no sabe en qué posición está.
Mi pecho subió con fuerza.
—Sé perfectamente dónde estoy.
—¿Ah, sí?
Se acercó más.
Su presencia volvió a envolverme.
A presionarme.
—Entonces compórtate como tal.
El silencio se volvió insoportable.
Porque entendí.
Porque no era solo una frase.
Era una advertencia.
Una definición.
Un límite.
—¿Quieres que me comporte como qué?
Mi voz bajó.
Peligrosa.
Más controlada ahora.
—¿Como una más?
Sus ojos brillaron con algo distinto.
Algo que no pude identificar del todo.
—Nunca serías una más.
—Pero actúas como si lo fuera.
Esa vez…
no respondió de inmediato.
Y eso…
eso me dio la respuesta.
Una que no quería.
Pero que necesitaba.
—¿Sabes qué es lo peor? —continué.
Mi voz bajó apenas.
Más personal.
Más cercana.
—No es ella.
Hice una pausa.
Sosteniendo su mirada.
Sin huir.
—Eres tú.
El aire se tensó aún más.
Si era posible.
—Porque sabías exactamente lo que estaba haciendo.
Su mandíbula se tensó.
—Provocarte.
Silencio.
—Y funcionó.
Mi voz se volvió más baja.
Más íntima.
Más honesta de lo que quería.
—Pero no hiciste nada.
Sus ojos se oscurecieron.
—Te saqué de ahí.
—Después.
Di un paso más cerca.
Reduciendo cualquier espacio entre nosotros.
—Después de dejar que pasara.
El silencio se volvió más pesado.
Más real.
—¿Querías que hiciera una escena?
—No.
Negué lentamente.
—Quería que marcaras una diferencia.
Esa frase…
lo tocó.
Lo vi.
En la forma en que su expresión cambió apenas.
En el pequeño espacio que dejó el control.
Por primera vez…
no tuvo una respuesta inmediata.
—Pero no lo hiciste —añadí.
Mi voz se quebró apenas.
Lo suficiente para que lo odiara.
Para odiarme por permitirlo.
—Y eso dice más de lo que crees.
El ambiente cambió.
Ya no era solo tensión.
Era algo más profundo.
Más denso.
Más peligroso.
Más real.
—No sabes de lo que hablas —dijo finalmente.
—Entonces explícamelo.
Silencio.
—Dime por qué ella se siente con el derecho de hablar así.
Dime por qué tú no la corriges.
Dime por qué—
—Porque no tengo que justificar mi pasado.
Su voz cortó todo.
Firme.
Directa.
Sin espacio para discusión.
Me quedé en silencio.
—No eres la única mujer en mi vida.
Las palabras fueron claras.
Frías.
Reales.
Y dolieron.
Más de lo que esperaba.
Más de lo que quería admitir.
—Nunca lo serás.
Mi respiración se detuvo un segundo.
Pero no retrocedí.
No esta vez.
—No quiero serlo.
Mentira.
Pero la sostuve.
Como si fuera lo único que me quedaba.
—Entonces deja de actuar como si te importara.
Eso…
eso fue lo que lo rompió.
—Me importa —soltó de repente.
El silencio cayó.
Pesado.
Sorprendido.
—¿Qué?
Lo miré.
Y esta vez…
no había control completo en él.
Había grietas.
—Me importa —repitió, más bajo—. Más de lo que debería.
Mi corazón dio un golpe fuerte.
Uno que no pude ignorar.
—Pero eso no cambia nada.
Sus palabras volvieron a endurecerse.
Como si intentara reparar lo que había dejado salir.
—Esto es lo que es.
—Un matrimonio.
—Un acuerdo.
Silencio.
—Y tú lo aceptaste.
Tragué saliva.
—No de esta forma.
—No tenías opción.
—Siempre hay una.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Entonces tómala.
El desafío quedó en el aire.
Vivo.
Latente.
—Dime —añadió—. ¿Qué vas a hacer?
Mi mente giraba.
Demasiadas emociones.
Demasiadas contradicciones.
Demasiadas verdades que no quería enfrentar.
—No lo sé —admití finalmente.
Y esa…
esa fue la verdad más honesta que había dicho en días.
El silencio volvió.
Pero esta vez…
no era agresivo.
Era diferente.
Más quieto.
Más… consciente.
—Bien —dijo finalmente.
Se apartó.
Creando distancia.
—Entonces deja de actuar como si esto fuera algo que entiendes.
Sus palabras dolieron.
Más de lo que quería.
Pero no respondí.
No podía.
Porque una parte de mí sabía…
que tenía razón.
Me giré.
Volví a mi asiento.
Cada paso se sintió más pesado que el anterior.
Y esta vez…
no lo miré.
No dije nada.
No reaccioné.
Porque si algo había aprendido en ese momento…
era que esto no era solo un juego.
Ya no.
Era algo más.
Algo que dolía.
Algo que quemaba.
Algo que se metía debajo de la piel y se quedaba ahí.
Algo que…
ya no podía controlar.
Y eso…
eso era lo que más miedo me daba.
Porque perder el control con él…
no solo significaba perder.
Significaba caer.
Y esta vez…
no estaba segura de poder levantarme después.