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EL TRONO DE ÁMBAR

EL TRONO DE ÁMBAR

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Época / Posesivo
Popularitas:450
Nilai: 5
nombre de autor: Andy GZ

El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.

Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.

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Capítulo 15: El Despliegue de los Halcones

El regreso a Estambul no fue una entrada silenciosa; fue un triunfo romano. Selim cabalgaba a la cabeza, su armadura de láminas de oro reflejando el sol del mediodía, pero a su derecha, en un movimiento que desafiaba toda ley otomana, cabalgaba Dorian. El Consorte no iba oculto en un carruaje; montaba su semental blanco, vistiendo una túnica de seda azul cobalto con incrustaciones de zafiros y una capa blanca que ondeaba como una bandera de guerra.

El pueblo de Estambul, que había oído rumores de cómo el "Omega del Norte" había defendido los muros de Edirne, gritaba su nombre con una mezcla de temor y adoración.

—Miradlos, Selim —susurró Dorian, manteniendo la vista al frente—. No buscan a un esclavo que les sonría. Buscan a alguien que sepa sangrar por ellos.

Selim lo miró de reojo, su pecho inflado de orgullo. El lazo Alfa que los unía vibraba con tal intensidad que los caballos de alrededor se encabritaban ante la pura potencia de su energía combinada. —Hoy les daremos mucho más que una cara bonita, Dorian. Les daremos la imagen del futuro.

El banquete de recepción para el Príncipe Kaveh de Persia se celebró en la sala más imponente del Palacio de Topkapi. La Valide Sultan había ordenado que se decorara con alfombras de Isfahán y sedas persas, un gesto de cortesía que Dorian interpretó correctamente como un insulto hacia él.

Cuando las puertas se abrieron, el aroma de las especias persas —azafrán y agua de rosas— invadió la sala. Entró una comitiva de hombres vestidos con sedas líquidas y joyas pesadas. En el centro, caminaba Kaveh.

Era, sin duda, una visión. Kaveh era un omega de una belleza andrógina y etérea. Tenía la piel del color de la arena caliente, ojos delineados con kohl que parecían pozos de obsidiana y un cabello negro que caía en cascada hasta su cintura, adornado con hilos de oro. Cada paso que daba era una danza de seducción entrenada.

Kaveh se inclinó ante Selim con una gracia que hacía que la de cualquier otro omega pareciera torpe. —Majestad —su voz era como miel mezclada con veneno—, traigo los saludos de mi padre, el Shah. Pero después de ver vuestra gloria, me temo que las palabras del Shah se quedan cortas.

Selim asintió con cortesía fría, pero su mano buscó de inmediato la de Dorian, entrelazando sus dedos sobre la mesa. Kaveh notó el gesto y sus ojos se posaron en Dorian con una curiosidad afilada.

—Y este debe ser el... famoso consorte del que todos hablan en Persia —dijo Kaveh, su sonrisa no llegando a sus ojos—. Dicen que sois un guerrero. Es extraño ver a un omega manchar sus manos de barro. En mi tierra, las joyas son lo único que un omega debería cargar.

Dorian levantó su copa de cristal, observando al príncipe con una calma que descolocó al persa. —En mi tierra, Príncipe Kaveh, las joyas son solo piedras si no hay un brazo fuerte que sepa defenderlas. El barro se lava, pero la debilidad de espíritu es una mancha que ni toda el agua de rosas de vuestro país puede ocultar.

La Valide Sultan contuvo el aliento. Kaveh soltó una risita musical. —Qué lengua tan encantadora. Me pregunto si el Sultán prefiere la aspereza del norte o la dulzura del sur. Dicen que el paladar de un Alfa se cansa rápido de los sabores fuertes.

—Mi paladar solo se interesa por lo que es real —intervino Selim, su voz retumbando como un trueno, su aroma a cedro volviéndose territorial y pesado—. El Príncipe Kaveh es un invitado, pero Dorian es mi alma. Espero que la diplomacia persa sepa distinguir entre una visita y un hogar.

 

Tras la cena, la tensión en el palacio era insoportable. Kaveh se había instalado en el ala de invitados, pero su presencia se sentía en cada rincón. Dorian se sentía inquieto; el aroma de Kaveh, un almizcle dulce y artificialmente potente, intentaba invadir los pasillos.

Selim entró en los aposentos de Dorian como un huracán. No dijo nada. Simplemente agarró a Dorian por los hombros y lo empujó contra la puerta cerrada, besándolo con una ferocidad que buscaba borrar cualquier rastro del príncipe persa de su mente.

—Dime que eres mío —gruñó Selim entre besos que dejaban marcas rojas en el cuello de Dorian—. Dime que ese maldito príncipe no es nada.

Dorian respondió con la misma urgencia, sus manos desgarrando la túnica de Selim. La pasión esa noche fue un acto de reafirmación. Selim estaba poseído por un celo territorial; quería marcar a Dorian tan profundamente que nadie, ni siquiera un príncipe de linaje real, se atreviera a pensar que había un espacio libre en el corazón del Sultán.

Fue una noche de una lujuria cruda y explícita. Selim no tuvo piedad, usando su fuerza para someter a Dorian en la cama, explorando cada centímetro de su piel con una lascivia que buscaba la sumisión total del omega. Dorian, lejos de asustarse, respondió con un fuego propio, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de Selim, incitándolo a ser más rudo, más posesivo. El aroma de ambos se mezcló en una fragancia embriagadora que llenó la habitación, un sello de pertenencia que desafiaba a cualquier enemigo que acechara en las sombras del palacio.

 

Horas después, mientras Selim dormía profundamente, Dorian se levantó para beber agua. Al acercarse a su mesa de noche, vio que una de sus Sombras del Norte, un pequeño sirviente, lo esperaba escondido en las cortinas.

—Mi Señor —susurró el niño—, he visto al Príncipe Kaveh entrar en las cocinas reales hace una hora. No iba a buscar comida. Llevaba un pequeño frasco de cristal azul.

Dorian se tensó. El cristal azul era el signo del "Suspiro del Desierto", un veneno persa que no mata, sino que vuelve al que lo consume dócil, eliminando su voluntad y nublando sus sentidos. Kaveh no quería matar a Selim; quería convertirlo en un títere.

Dorian miró al Sultán durmiendo y luego hacia la puerta. —El juego ha cambiado —murmuró Dorian para sí mismo—. Kaveh cree que ha venido a un harén. No sabe que ha entrado en un campo de batalla.

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Andy Gomez
Muchas gracias 🫶
Espero disfruten esta nueva aventura
Patricia Manasse
Autora totalmente feluz con tus novelas! las boy leyendo todas👏
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