nunca hay que mentirse a uno mismo
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14
El calendario en la mesita de noche de aquel hotel sencillo marcaba el final de la tregua. El mes en Florencia se había escurrido entre los dedos de Carmín y Vincent como arena dorada, dejando tras de sí un rastro de sábanas revueltas, risas compartidas y una negación absoluta de lo que ambos sentían.
En la habitación 402, el caos de las maletas abiertas era el símbolo del fin. Carmín doblaba sus diseños con una eficiencia mecánica que intentaba ocultar el temblor de sus manos. Nina, a su lado, revisaba los pasaportes y los detalles de llegada a la CDMX.
—Tu hermano ya tiene todo listo para recogernos en el aeropuerto —dijo Nina, rompiendo el silencio—. Dice que nos extraña, que el taller no es lo mismo sin nosotras.
Carmín asintió, apretando un vestido contra su pecho antes de guardarlo.
—Es hora de volver a la realidad, Nina. Italia fue un sueño hermoso, un paréntesis... pero los paréntesis se cierran.
—¿Y Salvatore? —preguntó Nina con cautela—. ¿Vas a dejar que ese "paréntesis" se quede aquí sin más?
—Fue el trato —respondió Carmín, aunque el corazón le pesaba como si llevara piedras en lugar de sueños—. Solo placer, nada de despedidas dramáticas. Él es un empresario con una vida aquí, y yo soy una diseñadora que tiene un imperio que levantar allá.
Mientras tanto, en la mansión Salvatore, el ambiente era glacial. El despacho olía a tabaco y a una tensión que amenazaba con reventar las paredes. Dante Marconi caminaba de un lado a otro, viendo cómo Vincent intentaba sumergirse en una montaña de informes financieros que no le importaban en absoluto.
—¿No la vas a detener? —soltó Dante finalmente, golpeando el escritorio con los nudillos—. El vuelo sale en unas horas, Vincent. El equipo de seguridad ya reportó que están cerrando sus maletas.
Vincent no levantó la vista del papel. Su rostro era una máscara de mármol, fría e impenetrable.
—No. Ya lo habíamos hablado. Fue un acuerdo mutuo. Ella se va, yo me quedo. Así funcionan las cosas en el mundo real.
Dante soltó una carcajada cargada de frustración.
—Miéntete a ti mismo, pero no me mientas a mí. En serio... ¿la vas a dejar ir así? ¿Al ángel que te devolvió la vida en un mes?
—¡Dante! ¿Qué quieres que haga? —estalló Vincent, poniéndose de pie con una violencia que hizo que la silla volara hacia atrás. Sus ojos oscuros brillaban con una furia que no era contra su segundo al mando, sino contra su propio destino.
—¡Quiero que digas que la secuestre! —rugió Dante, dando un paso al frente—. Que la lleve a una isla privada, que detenga el maldito avión, que la reclames tuya por derecho de sangre y fuego. Eres Vincent Salvatore, el jefe de esta ciudad. Tienes el poder de hacer que el tiempo se detenga si así lo deseas.
Vincent se quedó en silencio, con la respiración agitada y los puños cerrados. La idea de retenerla, de encerrarla en su mundo de lujo y sombras, era una tentación que le quemaba las entrañas. Pero entonces, la imagen de Carmín riendo bajo la lluvia, contándole cómo había pagado su carrera siendo mesera, cruzó su mente.
—No puedo —dijo Vincent, y esta vez su voz bajó a un susurro lleno de una agonía que Dante nunca le había escuchado—. Si lo hago, si la obligo a quedarse, tarde o temprano se enterará de quién soy realmente. Sabrá que no soy el "empresario" que conoció en ese club. Si descubre que mis manos no solo saben acariciarla, sino que están manchadas de la sangre de mis enemigos... si se entera de que no soy un hombre limpio, se va a decepcionar de mí. Y eso, Dante... eso me dolería más que perderla hoy.
Dante se quedó mudo. Entendió que, por primera vez, el gran jefe de la mafia italiana no estaba actuando por poder, sino por una forma de amor tan pura y retorcida que prefería el vacío de su ausencia a la mirada de rechazo en los ojos de la mujer que amaba.
—Prefiero que me recuerde como el hombre que la hizo sentir una diosa en Florencia, y no como el monstruo que la encadenó a una jaula de oro —concluyó Vincent, volviendo a sentarse y tomando de nuevo el informe, aunque las letras se borraran ante su vista empañada.
La ciudad de Florencia seguía brillando bajo el sol de la tarde, ajena a que dos corazones se estaban rompiendo en silencio, uno empacando su vida en maletas y el otro encerrándose en un despacho de caoba, ambos aceptando una mentira para proteger el único rincón de luz que habían encontrado en años.
no se vale