Daniela perdió a su madre a la edad de 3 años, su padre se vuelve a casar y le da una perversa madrastra que la maltrata y encierra en el sótano, sótano que guarda grandes secretos.
Acompáñame en mi nueva historia, que sé que será de su agrado.
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LA LOCURA DE MIRIAM
Cuando llegó la noticia de la muerte de Daniela, encontrada en aquel lugar solitario, asesinada por Álvaro del Valle y sus cómplices, el dolor y el luto cubrieron a todos los que la amaban... pero Miriam, en cambio, sintió brotar en su pecho una alegría oscura, salvaje y triunfal.
Se enteró por los periódicos, por los rumores de la ciudad, y bailó de felicidad en el suelo de su pequeño departamento, rodeada del dinero que había guardado y que creía su mayor tesoro.
—¡Por fin! —gritaba, con los ojos brillantes de locura— ¡Por fin te fuiste, maldita! ¡Te creíste tan grande, tan poderosa, tan invencible... y mira cómo terminaste! Muerta, sola, traicionada por tu propia estupidez y tu sed de sangre! ¡Yo gané! ¡Yo sobreviví! ¡Yo soy la que queda de pie!
Para Miriam, la muerte de Daniela no fue una tragedia, sino el triunfo definitivo de su vida. La mujer que siempre envidió, a la que odió desde niña, a la que le robó todo lo que ella creía suyo, ya no existía. Y ahora, pensaba ella, ya no había nadie por encima de ella. Ya no había nadie que le dijera qué hacer, ni que la echara de su casa, ni que la humillara.
Pero esa alegría duró muy poco. Porque al poco tiempo, Miriam se dio cuenta de que, aunque Daniela había muerto, ella seguía sin tener nada. Seguía viviendo en un departamento pequeño, seguía teniendo solo lo justo para vivir, seguía siendo una nadie ante la sociedad, seguía recordando la humillación que Javier le había dado, y seguía odiando profundamente que, incluso muerta, Daniela seguía siendo recordada como una heroína, como una leyenda, como la gran mujer que había sido, mientras que ella, Miriam, seguía siendo vista como la hija de ladrones, la mala, la envidiosa, la insignificante.
El odio y la envidia, que siempre fueron su sangre y su alma, no desaparecieron con Daniela. Al contrario, crecieron mil veces más, convirtiéndose en una obsesión enfermiza, en una sed de venganza que ya no tenía sentido, pero que la consumía viva.
—No es justo —decía, caminando de un lado a otro, desesperada—. Ella se llevó todo con ella. Su nombre, su honor, su fortuna... y ese estafador, ese tal Álvaro, se llevó todo su dinero, todo lo que era de ella, todo lo que debía ser mío! Él tiene ahora lo que yo merezco. Él disfruta de lo que me pertenece. ¡Daniela murió, sí, pero yo sigo siendo pobre, sigo siendo nada, mientras ese hombre ríe rico y feliz con lo que era nuestro!
En la mente enferma de Miriam, se formó una idea fija, una única razón para seguir viviendo: vengarse de Álvaro del Valle, quitarle a él todo lo que le robó a Daniela, y así, por fin, quedarse con la fortuna que siempre creyó suya.
"Daniela fue débil y estúpida, y por eso murió", pensaba con arrogancia. "Pero yo soy lista. Yo soy astuta. Yo no me dejo engañar. Voy a encontrar a ese hombre, voy a hacer que caiga rendido a mis pies, le quitaré hasta el último centavo que robó, y luego... luego lo destruiré. Y así, todo el imperio volverá a ser mío, como debió ser desde el principio."
Esa fue su locura final. No le importaba que fuera peligroso, no le importaba que fuera un asesino y un estafador experto. Ella se creía más inteligente, más hermosa, más manipuladora que nadie. Creía que podía hacer con él lo que intentó hacer con Javier: seducirlo, engañarlo, usarlo y luego tirarlo.
Empezó a investigar, a preguntar en los bajos fondos, a moverse entre gente peligrosa, usando su dinero guardado para pagar informantes, hasta que dio con la pista: Álvaro y su banda estaban en una ciudad vecina, viviendo como reyes con el botín robado, pero siempre buscando nuevas presas, nuevas víctimas ricas a las que estafar.
Miriam se preparó con todo el cuidado del mundo. Se gastó gran parte de sus ahorros en ropas lujosas, joyas, coches alquilados y una falsa identidad: se hizo pasar por "la heredera de una gran fortuna minera", una mujer rica, viuda, joven, hermosa y sola, buscando negocios y gente de confianza.
Se presentó ante Álvaro del Valle con todo su arte de seducción, con su sonrisa falsa, con sus palabras dulces y calculadoras. Y Álvaro, que tenía un don especial para oler la codicia y la estupidez en los demás, la reconoció al instante.
En cuanto la vio entrar, con esa mezcla de arrogancia y desesperación, con esa mirada de envidia y avaricia en los ojos, Álvaro sonrió para sí mismo. Sabía perfectamente quién era ella: la hijastra de su víctima anterior, la mujer de la que había oído hablar, la que siempre quería lo que no era suyo. Y entendió de inmediato que ella no venía a ofrecerle nada, sino a quitarle lo que él ya tenía.
Pero no dijo nada. Jugó su juego. Se dejó seducir, se dejó conquistar. Le devolvía las caricias, le decía palabras hermosas, le prometía negocios millonarios, le decía que ella era la mujer más inteligente y hermosa que había conocido, que juntos podían conquistar el mundo.
Miriam estaba eufórica. Creía que lo tenía en sus manos. Creía que estaba repitiendo su plan, pero esta vez, ganando. Se sentía la mujer más lista del universo.
—Pobre estafador —pensaba ella—. Crees que me estás engañando, pero soy yo la que te está atrapando. Pronto tendré todo tu dinero, todo lo que le robaste a Daniela, y te dejaré tirado en la calle, igual que hiciste con ella.
Pasaron semanas. Miriam le fue dando pequeños anticipos de su "fortuna", gastando lo último que le quedaba de sus ahorros, para parecer creíble, segura de que recuperaría todo multiplicado por mil. Soñaba despierta con el día en que despojaría a Álvaro, regresaría a su ciudad, compraría la gran mansión que fue de Mariela, y viviría allí como la verdadera dueña, triunfante sobre la tumba de Daniela.
Hasta que llegó el día que Álvaro le dijo, con voz emocionada y seria:
—Mi amor, ya está todo listo. Tenemos una oportunidad única, el negocio más grande de todos, que nos hará dueños de fortunas inimaginables. Pero hay que cerrarlo en un lugar seguro, privado, lejos de miradas ajenas. Ven conmigo esta noche a una casa que tengo a las afueras, donde guardo todo lo que es nuestro. Allí firmaremos los papeles, y todo lo que ves, todo lo que tengo, será tuyo también.
Miriam no dudó ni un segundo. Estaba tan ciega de ambición, tan segura de sí misma, tan convencida de que iba a ganar, que no vio la trampa que era idéntica a la que mató a Daniela.
Esa noche, se arregló con sus mejores galas, se puso sus mejores joyas, se miró al espejo y se dijo: "Hoy empieza mi vida de verdad. Hoy, por fin, soy feliz."
Llegó a la casa alejada, oscura y solitaria, la misma clase de lugar donde murió su enemiga. Entró sonriendo, con paso triunfal, buscando a Álvaro, esperando ver montones de oro, documentos, riquezas...
Pero la puerta se cerró de golpe tras ella.
Allí, en la penumbra, estaba Álvaro, acompañado de los mismos hombres que mataron a Daniela. Ya no sonreía, ya no era encantador. Su rostro era duro, frío y burlón.
Miriam se detuvo en seco, sintiendo por primera vez el miedo real recorrer por el cuerpo.
—¿Dónde están los papeles? ¿Dónde está el negocio? —preguntó, con voz temblorosa.
Álvaro soltó una carcajada, la misma risa cruel que usó con Daniela.
—¿Negocio? —repitió—. No hay ningún negocio, Miriam. Nunca lo hubo. Solo hay una estafa, igual que la vez anterior. Y tú, que te creíste tan lista, tan astuta, tan superior a Daniela... caíste en la misma red, y por la misma razón: tu maldita avaricia y tu sed de venganza.
Miriam retrocedió, aterrada, comprendiendo demasiado tarde.
—Yo... yo sé quién eres... yo sé lo que hiciste... si me haces daño, sabrán que fuiste tú...
—¿Y quién lo va a decir? —la interrumpió él, acercándose lentamente—. ¿Quién te va a extrañar? ¿Quién te va a buscar? Tú eres nadie, Miriam. Una mujer que vivió odiando, envidiando y queriendo lo que no era suyo. Viniste aquí por venganza, viniste aquí por dinero que no te pertenece
Ella misma les puso la trampa y tanto Alvaro como Mirian cayeron
Pobre Javier, todo lo que sufrió, por suerte volvió Daniela
Ojalá Alvaro también pague