Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
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Una jugada del destino
Amanda despertó con la boca seca, la cabeza latiéndole como si alguien golpeara desde dentro y una sensación extraña, densa, pegada al cuerpo. Durante unos segundos no supo dónde estaba. El techo era desconocido. Demasiado blanco. Demasiado ajeno. El aire olía a alcohol viejo y a un perfume masculino que no reconocía.
Entonces recordó.
No como una secuencia clara, sino como fragmentos rotos: un bar iluminado por luces bajas, una copa tras otro, risas que no sentía propias, una voz grave diciéndole que merecía algo mejor, manos guiándola entre la multitud, la ciudad girando lentamente. Recordó haber querido olvidar. Recordó haber querido desaparecer.
Giró la cabeza con cautela.
A su lado, un hombre dormía profundamente. Desconocido. Desarmado en su sueño. No era Álvaro. Eso lo supo de inmediato. Y esa certeza, lejos de tranquilizarla, le oprimió el pecho con una fuerza brutal.
Se incorporó despacio, sujetándose la sien. El cuerpo le pesaba como si no fuera suyo. Se cubrió con la sábana y observó al hombre unos segundos más. Tenía el rostro sereno, una barba incipiente, una mano caída sobre la almohada como si no temiera nada. No había ternura en la escena. Tampoco culpa en él. La culpa era solo suya.
Amanda se levantó sin hacer ruido.
Buscó su ropa, dispersa por la habitación como rastros de una decisión que no terminó de comprender. Cada prenda que recogía era un recordatorio de la noche que había querido borrar antes incluso de que terminara. Se vistió lentamente, como si el tiempo pudiera retroceder con cada botón abrochado.
Antes de irse, se detuvo frente al espejo del baño.
La mujer que la miraba de vuelta tenía los ojos cansados, enrojecidos, una expresión dura que no coincidía con la Amanda de días atrás. Su sonrisa cautivadora no estaba allí. En su lugar había algo más crudo, más real. Una herida abierta que aún no sangraba del todo.
Salió del departamento sin dejar nota, sin mirar atrás.
La ciudad, implacable, seguía su ritmo habitual. Gente caminando deprisa, cafés abriendo, bocinas sonando. Nadie sabía lo que había ocurrido. Nadie imaginaba que Amanda llevaba el peso de una noche que no podría explicar con facilidad.
En su departamento, el silencio la golpeó con más fuerza que cualquier reproche. Se dejó caer en el sofá sin quitarse los zapatos. Cerró los ojos. Y entonces, por primera vez desde que había descubierto la traición de Álvaro, lloró.
No lloró por el hombre que la había engañado. Lloró por sí misma.
Por la forma en que había permitido que el dolor la empujara a cruzar una línea que nunca pensó cruzar. Por haber buscado consuelo en el olvido, en un cuerpo desconocido, en una versión de sí misma que no reconocía.
La culpa llegó después, silenciosa pero persistente. No porque hubiera sido infiel —ya no había nada que traicionar— sino porque había usado a alguien, y se había usado a sí misma, como una forma de anestesia.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Un número desconocido.
No contestó.
En la oficina, ese día, Amanda parecía intacta por fuera. Impecable. Profesional. Nadie notó el temblor apenas perceptible en sus manos cuando sostuvo la taza de café. Nadie supo que cada sonido fuerte le recordaba lo vulnerable que se sentía.
Sofía la observó con atención. —¿Estás bien? —Preguntó en voz baja.
Amanda asintió. —Solo fue una noche larga.
Mentía con facilidad ahora. Y eso le asustó más que cualquier otra cosa.
El verdadero golpe llegó por la tarde, cuando el señor Valdés la llamó nuevamente a su oficina. Esta vez no estaba solo.
El hombre que se encontraba de pie junto a la ventana se giró lentamente al escuchar su nombre.
Sebastián Valdés.
Alto, elegante, con una presencia que llenaba el espacio sin esfuerzo. Sus ojos oscuros se posaron en ella con una intensidad que Amanda sintió casi física. Durante una fracción de segundo, algo cruzó su mirada. Un reconocimiento fugaz. Un destello incómodo.
Ella se quedó inmóvil.
Era él.
El desconocido de la noche anterior.
El aire se volvió espeso. Amanda sintió cómo la sangre le abandonaba el rostro. Sebastián, por su parte, no mostró sorpresa abierta, pero su mandíbula se tensó apenas, como si también estuviera reconstruyendo los fragmentos.
—Amanda —dijo el señor Valdés, ajeno a todo—. Te presento a mi hijo. A partir de hoy, comenzarán a trabajar juntos muy de cerca.
El destino, cruel y preciso, acababa de sellar su ironía.
Amanda extendió la mano con una compostura que no sentía. —Un gusto —dijo.
Sebastián tomó su mano. El contacto fue breve, pero suficiente para desatar un torbellino de recuerdos no deseados. —El gusto es mío —respondió, con voz controlada.
Ninguno mencionó lo ocurrido. No podían. No allí. No ahora.
Pero desde ese momento, cada reunión fue una prueba. Cada mirada sostenida un segundo de más. Cada silencio, una pregunta sin respuesta. Amanda comenzó a vivir con el temor constante de que aquella noche —que había querido borrar— se convertía en una sombra permanente sobre su carrera.
La culpa se transformó en miedo. El miedo, en determinación.
Amanda se prometió no volver a perder el control. No volver a entregarse al vacío. Si algo había aprendido de esa noche era que el dolor no desaparece cuando se ignora; solo se transforma.
Y mientras el pasado insistía en alcanzarla bajo la forma de un hombre al que debía ver todos los días, Amanda comprendió que las consecuencias no siempre llegan como castigo inmediato.
A veces llegan como una oportunidad peligrosa. A veces llegan vestidas de poder. Y a veces… llegan para obligarnos a mirar de frente a la persona en la que nos estamos convirtiendo.
Sebastián
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.