Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.
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La boda: parte I
Isabela regresó al salón de baile. Entre la música y las conversaciones, encontró a su padre, quien sostenía una copa de vino tinto mientras probaba algunos bocadillos.
—¿Papá? —se acercó a él.
—Linda, ¿dónde estabas? —preguntó, mirándola con atención.
—Escondida. El abuelo me presentó a un joven que… no soporté.
Sebastián la observó con una mezcla de comprensión y paciencia.
—No tienes que hacerle caso en todo a tu abuelo. Lo sabes, ¿verdad?
Isabela asintió suavemente.
—Lo sé. Créeme, no me siento obligada.
—Isabela… —su padre sostuvo su mirada—. No importa si algún día no eres duquesa. Yo tengo un condado que con gusto podría dejarte. Tu propósito no cambia, solo… se transforma.
Ella sonrió, intentando transmitir calma.
—Estoy bien, papá. Solo… aún no me siento lista para casarme.
Sebastián asintió, sin presionarla.
—Entonces ve a descansar.
—Se espera que me quede hasta que termine el baile —respondió.
—No es necesario. Yo me encargo —dijo con una leve sonrisa—. Así evitarás más presentaciones desagradables.
Isabela le devolvió la sonrisa. Se inclinó y besó su mejilla con cariño antes de retirarse.
La boda de Damara era uno de los eventos más esperados por la nobleza. Nieta de un duque respetado, heredera de una familia con grandes tierras y recursos, y futura esposa de un joven que se convertiría en marqués… su unión no pasaba desapercibida.
Lo que comenzó como un acuerdo entre familias había evolucionado con el tiempo, hasta convertirse en algo más profundo.
Amor.
Cualquiera que afirmara lo contrario, simplemente no había prestado atención.
Por deseo de Damara y Aarón, la ceremonia se llevaría a cabo al mediodía. En lugar del tradicional banquete nupcial, ofrecerían un elegante desayuno a los invitados, seguido de música y baile durante gran parte de la tarde.
Todo estaba cuidadosamente planeado.
Y ella… no se quedaba atrás.
Su vestido era impecable. De un blanco puro, adornado con encaje fino y delicadas incrustaciones de joyas que captaban la luz con cada movimiento. El velo, elaborado a mano, estaba decorado con pequeñas piedras lunares que brillaban suavemente bajo el sol.
Damara lucía como toda novia.
—Agradecemos a los presentes por ser partícipes de esta unión —dijo el sacerdote—. Nos encontramos reunidos para unir en matrimonio a Damara Juliette De La Torre y Aarón Román Belmar.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Pregunto a los presentes: ¿hay alguien que se oponga a este matrimonio?
El silencio fue absoluto.
Nadie respondió.
El sacerdote asintió y prosiguió.
—El amor es algo que se elige todos los días. Se construye, se cuida… se alimenta. Con el tiempo crece, se fortalece y, en compañía, se convierte en hogar. Y de ese hogar nacen sus frutos, reflejo de la unión y del compromiso que hoy inician.
Las palabras pesaron en Isabela.
Amor.
¿Qué era, realmente?
¿Cómo sabía uno que estaba amando a alguien… y no simplemente sintiendo soledad?
¿Cómo se distinguía de todo lo demás?
Nadie le había enseñado a reconocerlo.
Entonces… ¿cómo se suponía que debía hacerlo?
—Damara Juliette De La Torre… ¿aceptas como esposo a Aarón Román Belmar, para amarlo en las buenas y en las malas, respetarlo, serle fiel, obedecerlo y cumplir con tu deber como esposa hasta que la muerte los separe?
Los invitados observaban la escena con emoción. Algunos sonreían, otros dejaban escapar lágrimas discretas.
Isabela frunció ligeramente el ceño.
—¿Obedecer? —repitió en su mente, con una incomodidad que no pudo ignorar—.
¿Y él… también la obedecería a ella?
—Acepto —respondió Damara con una sonrisa luminosa.
El sacerdote asintió y continuó.
—Aarón Román Belmar… ¿aceptas como esposa a Damara Juliette De La Torre, para amarla y respetarla en las buenas y en las malas, serle fiel y cuidarla hasta que la muerte los separe?
—Acepto —dijo Aarón, con la voz ligeramente quebrada y los ojos brillantes.
—Los declaro marido y mujer.
El sacerdote les entregó una pluma a cada uno y colocó frente a ellos el acta del contrato matrimonial. Damara y Aarón firmaron.
—Puede besar a la novia.
Con ese gesto, sellaron su unión.
Sus destinos quedaban entrelazados… al menos, hasta que la muerte los separara.
Pero, ¿qué significaba realmente eso?
Isabela observó en silencio.
Había parejas en la sociedad que se casaban y, con el tiempo, se ignoraban por completo. Otras lograban cierto afecto, pero no el suficiente como para mantenerse fieles. Y, en la mayoría de los casos, quienes llevaban dobles vidas eran los hombres.
Las mujeres, en cambio…
Ellas no tenían ese privilegio.
Una mujer en esa posición era señalada, juzgada, apartada. Su reputación —y, con ella, su vida entera— dependía del hombre con quien se casara.
Isabela lo comprendió tarde.
El matrimonio no solo la incomodaba…
La asustaba.
No era cuestión de estar lista.
Era la incertidumbre.
¿Cómo se confiaba en alguien por completo?
¿Era siquiera posible?
¿Y si fallaba?
¿Y si la abandonaba… o la humillaba?
Ni siquiera su título… sería suficiente para salvarla.
Y aun así… la celebración continuó.
El desayuno transcurría con éxito. Los invitados sonreían, conversaban entre ellos y celebraban la unión de los jóvenes esposos, deseándoles bendiciones… y futuros herederos.
El salón había sido dispuesto con múltiples mesas, organizadas cuidadosamente para recibir a familias de distintos rangos dentro de la nobleza. Cada grupo compartía alimentos, comentarios y miradas que, más allá de la celebración, mantenían vivo el constante juego social.
Entre los presentes se encontraban invitados de gran importancia… nombres que no pasaban desapercibidos, como la familia Medinaceli y la familia Giacinti, a la cual pertenecía Elisa antes de su matrimonio con el duque Eduardo.
Isabela, como miembro de la familia De La Torre, se mantenía atenta a los invitados. Se acercaba a las mesas, saludaba con cortesía y agradecía su presencia en honor a su hermana.
Aquella labor no solo fortalecía su imagen ante la sociedad…
También cumplía un propósito más estratégico.
La preparaba.
La mostraba.
Según su abuelo, los jóvenes nobles comenzarían a verla como una opción adecuada para matrimonio… y, con suerte, algunos intentarían cortejarla.
Todo marchaba bien…
Hasta que dejó de hacerlo.
Al acercarse a una de las mesas, Isabela se encontró con Wilfredo Belmonte, su sobrino Dante Belmonte… y una joven castaña que no reconoció.