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Las Tierras Vívas

Las Tierras Vívas

Status: En proceso
Genre:Terror / Aventura / Apocalipsis / Completas
Popularitas:531
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Medina

El Refugio de las Ciudades Muertas,

El apocalipsis zombi no fue el fin del mundo, sino su reorganización.

Décadas después del brote, la civilización humana ha resurgido, no en la superficie infestada, sino bajo tierra.

Los sobrevivientes han adaptado las redes de metro, túneles de servicio y viejas minas para crear vastas ciudades subterráneas, a salvo de los zombis que merodean en la superficie.

La superficie, conocida como "Las Tierras Vivas", está repleta de los no-muertos, mientras que el subsuelo es un laberinto de civilización.

NovelToon tiene autorización de Anthony Medina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: El Canto de Sirena Ultravioleta

El sonido era una tortura constante, un martilleo rítmico de garras endurecidas y placas de blindaje contra la esclusa principal que resonaba en cada nivel del refugio como un latido fúnebre. No eran los zombis errantes y torpes de antes; eran los restos biológicos del ejército de La Ciudadela, una masa de carne calcificada y reflejos militares residuales que no conocía el cansancio. La ironía de su victoria sobre los humanos le pesaba a Alexia más que el propio hormigón sobre su cabeza. Había derrotado a un ejército solo para crear una horda de monstruos equipada con blindaje táctico.

— No vamos a resistir otro día de asedio físico, Serena

—dijo Alexia, observando cómo las gráficas de tensión estructural empezaban a teñirse de un rojo alarmante

—Si la puerta cede por el puro peso de esos cuerpos, no habrá luz UV interna que nos salve. Se colarán por los pasillos como una marea negra y nos devorarán en nuestros propios lechos.

Alexia sabía que no podían luchar contra ellos con balas ni con muros. Debían seducirlos. Si la Fase 4 tenía una sensibilidad fotosensible tan aguda que la luz los cegaba, esa misma vulnerabilidad podía usarse para guiarlos lejos, como un pastor guía a un rebaño hacia el abismo. El plan era una apuesta suicida: el Canto de Sirena.

— Vamos a construir una matriz de luz masiva

—anunció Alexia al Consejo, que ya apenas se atrevía a sostenerle la mirada

—No será un escudo defensivo, será un faro de proporciones industriales. Usaremos los núcleos de musgo fosforescente de los niveles bajos, los más puros y reactivos, y los sobrecargaremos con los últimos condensadores de alta potencia que nos quedan.

La estrategia era tan simple como peligrosa: colocar esa matriz a varios kilómetros de distancia, en la dirección opuesta a La Ciudadela, en las ruinas del Sector Industrial. Si lograban activar un pulso ultravioleta de una magnitud sin precedentes, la hipersensibilidad de la horda los atraería hacia allí como polillas hacia una pira.

Elías y sus Corredores se ofrecieron voluntarios antes de que Alexia terminara de hablar. No hubo discursos de gloria, solo el siseo del velcro de los trajes de sigilo al ajustarse y el chequeo mecánico de las armas. Debían transportar los pesados núcleos de musgo a través de los túneles de servicio que corrían por debajo de la horda que rugía en la superficie.

— Si esa luz se activa antes de que estéis a cubierto, vuestros propios ojos se derretirán en las órbitas

—advirtió Serena mientras le entregaba a Elías el detonador remoto con manos temblorosas

—Es una frecuencia de arco corto, Elías. Asegúrate de estar detrás de al menos un metro de hormigón cuando le des al interruptor.

— Solo asegúrate de que el cableado de la doctora aguante

—respondió Elías, ajustándose la máscara con una sonrisa cansada

—No me gustaría haber caminado tres kilómetros cargando un reactor biológico para que luego se funda un fusible por la humedad.

El equipo se internó en la oscuridad. El túnel de servicio era un lugar asfixiante, donde el aire sabía a óxido y hongo viejo. Sobre sus cabezas, sentían el movimiento de la horda; miles de pies golpeando el pavimento, una vibración que hacía que el polvo cayera del techo en cortinas constantes. Cada vez que una de esas cosas arriba soltaba un rugido, el eco bajaba por las tuberías como un trueno.

Al llegar a la vieja torre de refrigeración del Sector Industrial, el punto más alto y despejado de la zona, comenzaron el montaje. La matriz era una estructura circular de paneles de cristal reforzado, rellenos con el musgo cultivado en el laboratorio. En el centro, un núcleo de energía diseñado para vaciar las reservas estratégicas del refugio en un solo estallido de luz.

Desde el centro de mando, Alexia y Serena observaban la señal de radio de Elías, que parpadeaba débilmente. En la esclusa principal, el ruido de los golpes había alcanzado un punto crítico; el acero empezaba a combarse hacia dentro, y el siseo de las esporas empezaba a filtrarse por las juntas.

— ¡Ya están en posición!

—gritó Serena, viendo el icono de Elías alejarse de la torre de refrigeración a toda prisa

—¡Han activado el cebador!

En la superficie, el aire pareció cargarse de estática. Elías, desde un sótano reforzado a dos manzanas de distancia, pulsó el botón.

No hubo una explosión sonora, sino una deflagración visual. Un haz de luz ultravioleta pura, de un color violeta eléctrico tan intenso que parecía rasgar el tejido de la noche, se disparó desde la torre. La intensidad era tal que, incluso a kilómetros de distancia, las cámaras exteriores del refugio se saturaron de blanco instantáneamente.

El efecto sobre la horda fue pavoroso.

Los zombis de la Fase 4, que estaban despedazando la entrada del refugio con una fuerza sobrehumana, se detuvieron al unísono. Sus cabezas giraron hacia el horizonte, atraídas por la vibración fotónica que les quemaba las retinas pero que sus cerebros mutados no podían ignorar. Emitieron un rugido colectivo que no era de rabia, sino de una extraña y horrible fascinación biológica.

— Está funcionando

—susurró Alexia, viendo cómo los miles de puntos térmicos en el mapa empezaban a desplazarse como una marea

—Se están yendo. Se están alejando de nosotros.

La masa de no-muertos abandonó la puerta. Miles de criaturas, cargando con sus armaduras tácticas de La Ciudadela, empezaron a correr desesperadamente hacia el faro. Se atropellaban entre sí, ignorando cualquier otra fuente de calor. El refugio, por primera vez en semanas, se quedó en un silencio absoluto, solo roto por el goteo de la condensación.

Pero Alexia sabía que la luz era una trampa mortal.

— Serena, aumenta el voltaje al máximo

—ordenó Alexia, con la mirada fija en los sensores

—Vamos a darles toda la luz que buscan hasta que sus células no puedan más.

El faro brilló con una fuerza cegadora, convirtiendo la noche de las Tierras Vivas en un mediodía tóxico. Las criaturas que llegaron a la base de la torre empezaron a convulsionar; la intensidad de la luz UV literalmente deshacía los enlaces del hongo simbiótico en su piel. Fue un suicidio masivo bajo un cielo artificial de color violeta.

Cuando el núcleo finalmente se agotó y la oscuridad regresó, solo quedaron miles de cuerpos inertes esparcidos por el Sector Industrial. El asedio había terminado, pero el refugio estaba vacío de energía, exhausto y más visible que nunca en el mapa global.

Alexia se dejó caer en su silla, mirando sus manos temblorosas. Habían ganado, pero el costo era la oscuridad total del refugio durante los próximos meses de recarga.

— Hemos ganado

—dijo Serena, aunque no había alegría en su voz

—Pero Alexia, mira las lecturas de largo alcance en el norte.

En los monitores, más allá de la masacre, las luces de La Ciudadela seguían brillando, imperturbables. El ejército que habían destruido solo era una vanguardia. La verdadera Ciudadela ahora sabía exactamente dónde estaban y, lo que era peor, conocía el arma que habían usado. Habían encendido una bengala en medio del océano, avisando a todos los depredadores de que la presa todavía tenía fuerzas para luchar.

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T.gaitán
me encanta me parece súper, la trama el suspenso
T.gaitán
me encanta la historia ya quiero saber cómo termina
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