Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 14
Subo las escaleras. El corazón me golpea las costillas con una fuerza que ninguna junta de accionistas ha logrado provocar jamás. Entro en la habitación 402 y me quedo inmóvil, esperando.
Cinco minutos después, la puerta se abre.
Y ahí está ella. La chica de rojo.
Su presencia es como una descarga eléctrica en la penumbra. Esa peluca carmesí, tan vibrante y tan artificial, es lo más real que tengo en mi vida. Me quedo observándola un segundo antes de moverme. Me fijo en sus manos mientras deja su pequeño bolso sobre la mesa; sus dedos son largos, elegantes, pero hoy noto una tensión en ellos que me hace dar un paso hacia ella.
—Te estaba esperando —digo, y mi propia voz me suena extraña, cargada de una vulnerabilidad que solo permito aquí.
Ella se acerca. No dice nada, pero su respiración se acelera a medida que acorta la distancia. Me detengo a centímetros de ella. El contraste entre mi camisa oscura y el rojo de su pelo es casi violento bajo la luz tenue de la lámpara de aceite.
Le tomo las manos. Sus dedos se entrelazan con los míos con una urgencia que me quema. Empiezo a acariciar sus nudillos con mis pulgares, sintiendo la suavidad de su piel y la fuerza de su agarre. En este club, el lenguaje de las manos es nuestra única gramática honesta.
—Hoy te noto diferente —susurro, acercando mis labios a su oído. Aspiro su perfume, esa mezcla de misterio y libertad que me tiene obsesionado—. Estás más aquí que de costumbre.
—He dejado de luchar contra el viernes —responde ella, y su voz ronca me recorre la columna—. He dejado de intentar llevarme a la abogada conmigo a esta habitación.
Me detengo. Esa confesión, aunque velada, es una grieta en nuestro muro de silencio. Le aprieto las manos, sintiendo su pulso acelerado contra mis palmas. La atraigo hacia mi cuerpo, sintiendo la curva de su cintura y el calor que emana de ella.
—A veces —le digo, mientras mi mano sube por su espalda, trazando el camino de su columna—, cierro los ojos durante el día y solo puedo recordar el tacto de tu piel. Me paso horas en reuniones mirando mis propias manos, preguntándome si todavía guardan tu calor. Eres lo único que me hace sentir que no soy una máquina.
La guío hacia la cama con una lentitud que es pura tortura. Nos sentamos y la obligo a mirarme, aunque nuestras máscaras se interpongan. Con una mano, tomo su mentón y lo elevo. El encaje de su máscara roza mis dedos.
—Quiero que me escuches bien, roja —le digo, bajando la voz hasta que es solo un aliento entre nosotros—. No sé quién eres ahí fuera. No sé qué nombre firmas en los documentos ni a quién le debes explicaciones. Pero aquí, en esta habitación, eres la mujer más real que he conocido. Te veo. Veo tu fuerza y veo el miedo que intentas ocultar. Y eso es mucho más de lo que la mayoría de la gente muestra en toda una vida.
Ella suelta un suspiro entrecortado y se lanza hacia mí. El beso es una colisión de todo lo que hemos acumulado durante la semana. Hay hambre, hay necesidad, pero sobre todo hay un reconocimiento mutuo. Mis manos se pierden en su pelo rojo, tirando suavemente para exponer su cuello, donde entierro mi rostro. Siento su piel vibrar bajo mis labios.
La sensualidad en la habitación 402 hoy es distinta. No es solo el deseo de poseer un cuerpo, es la necesidad de anclarse en otra alma para no salir volando. Me deshago de su ropa con una precisión hambrienta, saboreando cada centímetro de piel que queda al descubierto. Mis dedos recorren sus muslos, sus caderas, deteniéndose en cada rincón como si estuviera memorizando un mapa prohibido.
—No me sueltes —me pide ella en un susurro desesperado mientras nos fundimos bajo las sábanas.
—Nunca —respondo, entrelazando mis dedos con los suyos y presionándolos contra el colchón.
En el momento del clímax, cuando el mundo exterior es solo un recuerdo borroso y lo único que existe es el aroma a sándalo y el sudor en nuestras sienes, me doy cuenta de que la regla de oro se ha roto. Ya no son solo sensaciones. Ya no es solo un viernes.
Ella es mi refugio, y el miedo a perder este anonimato empieza a ser superado por un deseo mucho más peligroso: el de saber si el rojo de su pelo es el único color que puede pintar mi oscuridad.
Cuando la noche termina y nos quedamos en silencio, escuchando nuestras respiraciones sincronizadas, le doy un beso en la mano, justo en la palma. Es un pacto silencioso. El bloque del despertar ha terminado. Ahora, la máscara empieza a pesar, y las grietas son inevitables.
Lunes otra vez. El despertador suena con la misma insistencia metálica de siempre, pero esta mañana el peso de las sábanas me resulta insoportable. Me quedo inmóvil, mirando el techo de mi habitación, intentando retener el eco de una voz que solo escucho en la oscuridad.
Hace apenas cuarenta y ocho horas, mis dedos estaban entrelazados con los suyos. Hace apenas cuarenta y ocho horas, yo no era la abogada brillante que hereda un imperio; era simplemente "la chica de rojo". Ahora, mientras me levanto y camino hacia el baño, me siento como un actor que se prepara para una función que ha dejado de interesarle.
Me miro al espejo. Las ojeras son sutiles, pero están ahí. Me lavo la cara con agua helada, intentando borrar el rastro de una sensualidad que no tiene lugar en este edificio de mármol y cristal. Me recojo el pelo en el moño de siempre, tan tirante que me obliga a mantener una expresión de serenidad imperturbable. Me pongo el traje sastre gris. Gris. El color de mi vida oficial.
—Alicia, el informe de la auditoría —me dice mi padre en cuanto cruzo el umbral del bufete. Ni siquiera me da los buenos días—. Los socios están inquietos. Necesito que esa reunión de las diez sea impecable.