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Yo Nunca Me Fui

Yo Nunca Me Fui

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Romance oscuro / Traiciones y engaños / Reencuentro / Romance
Popularitas:33
Nilai: 5
nombre de autor: Angy_ly

Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
​Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
​Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.

NovelToon tiene autorización de Angy_ly para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: La Vida de las Sombras

El aire en el conducto de ventilación era gélido, un contraste violento con el calor de la explosión que acababa de sepultar el pasado. Marta sentía el latido de Niclaus contra su espalda, un ritmo irregular y frenético, como el de un animal que ha ganado una pelea pero sigue esperando el siguiente golpe.

​Salieron por una rejilla de alcantarillado en un callejón olvidado del distrito industrial, a kilómetros de la mansión Blackwood. La lluvia caía con una furia purificadora, lavando la sangre y el hollín de sus rostros. Marta se desplomó contra una pared de ladrillos rojos, sus manos temblando incontrolablemente.

​—Estás muerta, Marta —dijo Niclaus, de pie frente a ella. Ya no parecía un monstruo; parecía un hombre cansado, con los ojos hundidos por décadas de vigilia—. Para el Detective Aranda, para Julián, para el mundo... eres ceniza bajo las ruinas.

​Marta levantó la vista. El alivio de estar viva se mezclaba con el horror de haber perdido su identidad. —Es lo que querías, ¿no? Tenerme solo para ti. En la oscuridad.

​—No te equivoques —respondió él, ofreciéndole una mano para levantarla—. Yo no te salvé por amor. Te salvé porque el juego no ha terminado. Si tú mueres ahora, el secreto de Elena muere contigo. Y yo necesito que ella lo sepa.

​I. El Duelo de Julián

​A la mañana siguiente, las portadas de todos los periódicos mostraban la imagen de la mansión Blackwood envuelta en llamas. "TRAGEDIA FINAL: LA HEREDERA VALMONT DESAPARECE EN EL INCENDIO".

​Julián, sentado en una habitación de hospital bajo custodia policial, miraba el televisor con los ojos vacíos. El Detective Aranda entró en la habitación, dejando un informe sobre la mesa de noche.

​—Lo siento, Sr. Valmont —dijo Aranda, su voz cargada de una sospecha que no se atrevía a verbalizar—. No encontramos restos humanos en el túnel después del colapso. Pero con esa temperatura... es probable que no quede nada.

​Julián no respondió. Su mente estaba atrapada en el último segundo que vio a Marta: su rostro gélido, su determinación de quedarse atrás. Pero había algo que lo inquietaba. En el bolsillo de su bata de hospital, había encontrado una pequeña pieza de ajedrez que no recordaba haber tenido. Una reina blanca, con una mancha de hollín en la base.

​II. La Pista de la Superviviente

​Mientras tanto, en la central de policía, Aranda no podía dejar de pensar en la fotografía de los tres niños. Algo no encajaba. Si Elena había muerto, ¿por qué el Maestro guardaba registros de una adopción internacional fechada un mes después del incendio original?

​Aranda comenzó a rastrear los fondos de la Fundación Valmont que Marta había intentado mover. Descubrió que una pequeña porción, apenas un goteo constante de dinero, se desviaba mensualmente hacia una cuenta en Suiza a nombre de una tal "Isabel de la Vega".

​—¿Quién eres, Isabel? —murmuró Aranda, tecleando el nombre en la base de datos nacional.

​El resultado lo dejó sin aliento. Isabel de la Vega era la hija adoptiva de uno de los magistrados más poderosos del Tribunal Supremo. Una mujer que aparecía constantemente en las revistas de sociedad por su labor filantrópica... y que guardaba un parecido asombroso con la niña de la foto.

​III. El Refugio de los Monstruos

​Niclaus llevó a Marta a un apartamento seguro en los suburbios. Era un lugar austero, lleno de monitores y mapas. Allí, Marta vio por primera vez la magnitud de la obsesión de su hermano.

​—Ella está viva, Marta —dijo Niclaus, señalando una foto de Isabel de la Vega en una de las pantallas—. Pero ella no recuerda nada. Le borraron la memoria con drogas y terapia de choque. Cree que nació en una cuna de oro. Cree que nosotros nunca existimos.

​Marta se acercó a la pantalla, tocando el rostro de la mujer que una vez fue la niña que ella abandonó. —Isabel... Elena. Ella es feliz, Niclaus. Déjala en paz.

​Niclaus se giró hacia ella, su rostro contorsionado por una furia fría. —¡Ella es una mentira! Vive una vida construida sobre nuestro dolor. El Maestro la vendió al magistrado para comprar su silencio sobre el orfanato. Mientras nosotros nos pudríamos en el sótano, ella jugaba en jardines de Versalles.

​—Tú no quieres justicia —dijo Marta, comprendiendo finalmente—. Quieres que ella sufra como nosotros. Quieres romper su burbuja para que ella también sienta el olor a humo.

​—Quiero que nos reconozca —corrigió Niclaus, su voz volviéndose un susurro quebrado—. Quiero que me mire a los ojos y me diga que yo también soy su hermano.

​Marta miró por la ventana hacia la ciudad que creía dominar. Ahora era una sombra, una fugitiva de su propio pasado. Pero en su interior, una chispa de la antigua Marta, la que vigila y castiga, empezó a arder. Si Niclaus iba a destruir a Elena, ella tendría que jugar sus cartas con cuidado.

​—Está bien —dijo Marta, volviéndose hacia él con una sonrisa gélida—. Vamos a buscar a nuestra hermana. Pero lo haremos a mi manera. Yo sé cómo entrar en esos círculos sociales. Yo sé cómo destruir a una mujer como Isabel desde adentro.

​Niclaus la observó, entre la sospecha y la fascinación. —Bienvenida de nuevo, Marta. Sabía que la niña que cerró la puerta todavía estaba ahí.

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