Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.
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14_Comodiad Precaria
Los días se convirtieron en semanas. Las semanas, en un mes. La presencia de Karma en el apartamento de Nagisa se había vuelto, si no rutinaria, sí sorprendentemente natural. Nagisa aún no había hablado en profundidad sobre todo lo que Karma le había confesado esa mañana lluviosa, pero el silencio ya no era un abismo entre ellos.
Se había transformado en un espacio de comprensión tácita, un lienzo en blanco donde pintaban nuevas rutinas. La tensión inicial había cedido, dejando paso a una coexistencia que ambos, a su manera, empezaban a valorar.
Karma no hostigaba, cumpliendo su promesa implícita de darle tiempo a Nagisa. Se había asentado en una especie de papel de "compañero de piso silencioso y extrañamente útil". Hacía las compras, y aunque a veces traía ingredientes exóticos o marcas que Nagisa nunca habría considerado, el frigorífico siempre estaba lleno. Cocinaba a menudo –con un talento inesperado y un gusto por la experimentación culinaria que sorprendía a Nagisa.
Sus platos eran audaces, a veces demasiado picantes, pero siempre llenos de sabor y preparados con una destreza que delataba una práctica considerable. Mantenía el apartamento ordenado (a su manera peculiar, que incluía la desaparición misteriosa de los objetos de Karma en los lugares más insólitos, solo para reaparecer días después en el sitio más obvio).
Cuando Nagisa regresaba de la escuela, Karma a menudo estaba leyendo un informe en la sala o trabajando en su portátil, su presencia una constante tranquila, el leve sonido de sus dedos en el teclado o el giro de una página la única intrusión. No había presión, no había exigencias. Solo una compañía constante y no invasiva.
Nagisa, por su parte, se había habituado a la presencia de Karma. La punzada de resentimiento seguía allí, latente, una herida que no había sanado por completo, pero ahora venía acompañada de una extraña sensación de alivio. Ver a Karma allí, saber que no se había ido, que estaba esperando, le daba una base, una sensación de estabilidad que no había tenido en años.
Sus ojos se acostumbraron a la visión de Karma en el sofá, su oído a los ligeros ruidos de su actividad. A veces, intercambiaban comentarios triviales sobre el clima, las noticias, o el progreso de los estudiantes de Nagisa. Pequeñas grietas en el muro de silencio que se abrían lentamente, permitiendo que la luz de una nueva interacción se filtrara. Era una danza delicada, un equilibrio precario entre el pasado doloroso y la posibilidad de un futuro incierto.
Una tarde, Nagisa encontró a Karma absorto en su portátil, una expresión de concentración en su rostro que denotaba la complejidad de lo que estaba manejando. Sobre la mesa de café, a su lado, había una pila de papeles con jeroglíficos económicos y políticos, varios bolígrafos de distintos colores y una taza de té verde humeante. Sin pensarlo mucho, movido por un impulso inusual, Nagisa se sentó en el extremo opuesto del sofá, algo que unas semanas antes le habría parecido impensable.
—¿Mucho trabajo? —preguntó Nagisa, su voz suave, mientras hojeaba una revista de educación que había encontrado por allí, fingiendo interés para no parecer demasiado curioso.
Karma levantó la vista, sus ojos dorados brillando un instante al ver a Nagisa tan cerca antes de volver a sus documentos. Había una microexpresión de satisfacción que Nagisa apenas notó.
—Lo usual. El mundo de la política y las finanzas nunca descansa, ya sabes. Y siempre hay alguien intentando superarte, o derribarte. Las apuestas son altas y los jugadores, aún más. Es una jungla disfrazada de sala de juntas.
Hubo una pausa en la que el suave tecleo de Karma llenó el aire. Nagisa se atrevió a profundizar.
—¿Cómo lidias con eso? Con toda esa... hostilidad constante —preguntó Nagisa, recordando vívidamente las confesiones de Karma sobre los intentos de sabotaje, los "accidentes" y las amenazas veladas. La preocupación era genuina, a pesar de todo.
Karma sonrió, un destello de su antigua picardía, aunque teñida de una experiencia amarga y una astucia forjada en fuego.
—Aprendes a moverte entre las sombras. A anticipar los golpes. A usar sus propias armas contra ellos, a veces incluso antes de que sepan que están jugando. Es como... un juego de ajedrez muy grande y muy peligroso. Un tablero global, con jugadores sin escrúpulos. Pero, a diferencia del ajedrez, aquí las piezas a veces tienen cuchillos de verdad. Y no siempre son figurados. Mis instintos de la Clase 3-E me han servido más de lo que jamás imaginé, aunque ahora la puntería es con las palabras y la estrategia, no con balas de goma.
Nagisa se estremeció ligeramente al escuchar eso, la imagen de su pasado común resurgiendo con una claridad perturbadora. El peligro real que Karma había enfrentado, y seguía enfrentando, era palpable.
—¿Y los sueños? —preguntó Nagisa, casi sin aliento, la pregunta brotando antes de que pudiera retenerla. El nombre de Koro-sensei y la carga emocional de esos sueños flotó tácitamente en el aire entre ellos.
Karma dejó su portátil, su atención completamente en Nagisa. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión más suave, más vulnerable.
—Han... disminuido. Significativamente. Desde que estoy aquí. Desde que... te volví a ver. Ahora son más... como recuerdos, Nagisa. Como ecos de un pasado que finalmente puedo aceptar. Como si mi mente finalmente hubiera encontrado la paz al saber que lo que buscaba, lo que añoraba con desesperación cada noche, ya no es solo una fantasía inalcanzable. Eres real. Estás aquí.
Nagisa asimiló esas palabras. La implicación era clara y poderosa: su presencia en la vida de Karma, incluso en este estado de tregua incierta, de silencio cargado, era un bálsamo, una ancla. La sensación era abrumadora. Se sentía aliviado, sí, pero también inmensamente presionado. La responsabilidad de ser el "bálsamo" para Karma era un peso que nunca había pedido.
En otra ocasión, Nagisa regresaba de dar clases, sintiendo el cansancio habitual de un largo día. Los niños de la E-Class, aunque inspiradores, eran agotadores. Al abrir la puerta de su apartamento, el aroma a algo delicioso y exótico lo asaltó.
En la cocina, Karma estaba concentrado frente a la estufa, ataviado con un delantal de Nagisa que le quedaba ridículamente pequeño, removiendo una olla con una cuchara de madera. Había música suave sonando, algo inesperadamente melódico y clásico, muy distinto al rock alternativo que Karma solía escuchar.
—¡Estoy en casa! —anunció Nagisa, casi por reflejo, sorprendido por la domesticidad de la escena.
Karma se giró, una sonrisa genuina y relajada en su rostro, la música apagándose con un toque rápido en su móvil.
—Justo a tiempo. Estoy experimentando con un nuevo curry tailandés. Encontré una receta auténtica y no pude resistirme. Espero que no te importe que haya usado algunas de tus especias más raras. El cilantro fresco hace maravillas.
La cena transcurrió con una ligereza sorprendente. Hablaron de su día, de un estudiante particularmente problemático de Nagisa que le recordaba un poco a un joven Karma, de un documental sobre estrategias políticas que Karma había visto y de cómo aplicarlas a la gestión de un aula.
Era una escena casi doméstica, extraña para dos personas que se habían visto por última vez en medio de una tormenta emocional de revelaciones, y que aún tenían un abismo de siete años y dolor sin resolver entre ellos. Compartieron un pastel de té verde que Karma había comprado de una pastelería artesanal, y por un momento, Nagisa casi pudo olvidar el pasado.
Sin embargo, a pesar de estos momentos de comodidad, de esta nueva y frágil normalidad, el tema central aún colgaba entre ellos, tácito pero pesado. El elefante en la habitación, como decía Koro-sensei, que necesitaba ser abordado. Nagisa aún tenía preguntas, dudas arraigadas, y un dolor no resuelto que, aunque mitigado, no había desaparecido. Y Karma, con toda su paciencia recién descubierta y su aguda observación, lo sabía. Podía sentir que el tiempo de las treguas estaba llegando a su fin.