Amara es una mujer que durante su vida fue muy feliz, ya que tuvo una familia a la que amaba y que la amaban, por lo que, tras morir, se sorprende al encontrarse con Dios, quien le pide que lo ayude a salvar el alma de un hombre, así como las vidas de aquellos que lo rodean.
Amara, quien comprende la importancia de lo que le piden, acepta ayudar a aquel hombre y brindarle el amor que le han negado, y en el proceso la joven descubre una nueva faceta del amor que nunca había experimentado en su anterior vida al lado de Dargan, el hombre al que debe ayudar, a la vez que debe cuidarse de aquellos que desean destruir a Dargan o, peor aún, utilizarlo para sus nefastos propósitos.
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Capítulo 12
Su amabilidad era falsa; ella también me teme. Vi su expresión al ver a su hermana menor rodeada por mi magia; estaba aterrada de que lastimara a Amara, ni siquiera me dio un poco de confianza, simplemente pensó lo peor de mí. En verdad creí que Lorena era diferente, ella que es conocida por ayudar a los demás y ser una dama muy buena y amable; en verdad creí que ella no veía al monstruo que todos ven, pero me equivoque.
La verdad, no estoy molesto, solo decepcionado, decepcionado de que todos me vean como un monstruo, cuando los verdaderos monstruos son otros y a ellos los alaban. A veces me pregunto para qué me esfuerzo, si no sería más fácil ser ese monstruo que todos creen que soy; así ya no tendría que importarme lo que los demás piensen de mí, ya que sería justo lo que ellos tanto parecen querer.
Estoy sumido en mis pensamientos cuando la imagen de Amara sonriéndome viene a mi mente; ella era la primera persona que no parecía temerle a mi poder, al contrario, parecía disfrutar de él.
La razón por la que fui a verla fue porque el espía que dejé con ella me había comunicado lo aburrida que estaba, por lo que en un impulso fui a verla, y fue una grandiosa decisión, y es que estando a su lado me siento muy bien; ella me hace sentir como una persona, no como una herramienta, ni mucho menos como un monstruo; sin lugar a dudas, Amara se estaba volviendo una persona muy especial para mí y lo que menos quiero es que ella me vea como un monstruo.
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Tras la partida de Dragan, tuve una conversación muy seria con Lorena, quien, tras calmarse un poco, me confesó por qué estaba tan pálida. Está de más decir que se llevó un sermón de mi parte, ya que su actuar estuvo muy mal, y es que Dargan no me estaba haciendo nada malo como para actuar como lo hizo. Al final de mi sermón, podía ver que Lorena se sentía avergonzada de su actuar, por lo que procedí a calmarla un poco y, ya con todo aclarado, nos comimos el pastel que trajo.
- ¿En verdad el vizconde Tamsa no te ha lastimado? – me preguntó Lorena una vez terminamos el pastel.
- Claro que no, ¿por qué me haría algo? Yo nunca le he hecho nada; es más, es muy amable y paciente conmigo y, si sigues insistiendo con eso, me voy a enojar contigo – le digo, muy segura de mis palabras, y aunque en Lorena aún brilla la chispa de la duda, sé que por el momento no insistirá en el tema y que confiará en mí.
- En ese caso, le debo una disculpa, mi actuar no fue el mejor - dice Lorena.
- No creo que debas disculparte, solo no vuelvas a actuar de esa manera – le aconsejo a mi hermana, y es que esta aún no está muy segura de si confiar en Dargan o no, lo veo en sus ojos, por lo que hasta que no se decida, una disculpa no sirve de mucho.
Al día siguiente me levanto temprano e, ignorando a los empleados de la cocina, comienzo a hacer una deliciosa tarta salada para Dargan, ya que parecía muy afectado por la reacción de Lorena, así que espero que esta tarta lo haga sentir mejor.
La tarta elegida es una de carne, verdura y mucho queso, que espero que le guste.
Obviamente, mi decisión de hacer la tarta yo misma no fue muy del agrado de los empleados de la cocina, quienes en más de una ocasión intentaron disuadirme para que me fuera, pero un regalo no es un regalo a menos que tenga tu esfuerzo, ya sea que lo compres con dinero fruto de tu trabajo o lo hagas tú mismo, por lo que esto era algo que debía hacer yo misma.
Una vez termino, voy a mi habitación a cambiarme, y una vez estoy lista, me dirijo a la entrada de la mansión con la tarta en las manos, en donde el cochero me espera, y es que antes de subir a arreglarme pedí que prepararan el carruaje.
- ¿A dónde mi señorita? – me pregunta el cochero.
- A la mansión Tamsa – le digo, y puedo ver cómo sus ojos brillan de terror.
- ¿Está segura señorita? – me pregunta el cochero, quien no solo parece aterrado, sino que también luce preocupado.
- Si estoy segura, así que andando – le digo con una sonrisa, a lo que, temeroso, el cochero hace andar a los caballos.
El camino no es muy largo, pero a mí se me hace eterno. Viajar en carruaje no es para nada como lo pintan en los cuentos; todo se mueve horrible y, para cuando este viaje termine, me dolerá todo, además de que debo estar cuidando de que mi tarta no se arruine, ya que, con los brincos, esta podría destruirse. En conclusión, fue un viaje de mierda.
Cuando llegamos a la mansión Tamsa, yo apenas podía estar de pie. Ese había sido, sin lugar a dudas, el peor viaje de mis dos vidas, y eso era decir mucho, ya que, en varios de mis viajes familiares, terminé vomitada por alguno de mis hijos o nietos.
Al llegar a la mansión Tamsa, las puertas de su reja se abren para dejarnos pasar.
La mansión Tamsa es una construcción de lo más interesante. El lugar está amurallado con una enorme barda de piedra color gris, cuya única entrada era un portón de reja color negro, el cual tenía el escudo de la familia Tamsa soldado en la cima de la reja. Este escudo representaba una anguila y un lobo, ambos enfrentándose.
Seguimos el camino, el cual era ancho y empedrado, y las vistas no podrían ser más hermosas, y es que hasta donde se podía ver, se veía un hermoso jardín, que más que un jardín parecía un bosque, con sus interminables filas de árboles y alguno que otro claro que podía llegar a verse. A diferencia de en mi casa, aquí no había caminos empedrados que dividieran el jardín en secciones; el único camino que había era el que usaban los carruajes para entrar.
Mientras más nos acercamos, puede ver con más claridad la mansión Tamsa, y esta era enorme, a simple vista parecía tener solo dos niveles, pero sin duda estos eran tan altos como tres niveles convencionales juntos, tenía al menos tres torres pequeñas que sobresalían de la estructura, y sus techos tienen forma cónica, la mansión parecía ser la función de varias edificaciones distintas que lucían coherentes y unificadas, tenía grandes ventanales cuyo acabado era de color blanco, lo que los hacia destacar de la piedra color negra de la que estaba construida, si podía asociar la construcción con algún movimiento artístico, yo diría que es gótico.
Bajo del carruaje como venado recién parido, e intento caminar con la mayor dignidad posible, esperando que caminar me ayude a deshacerme de los calambres que siento en las piernas.
No he dado ni tres pasos cuando Dargan aparece frente a mí, literalmente hablando, y es que apareció de la nada, pegándome un susto de muerte.
- Por Dios, avisa cuando vayas a hacer eso, o mejor aún, no lo hagas – le digo mientras me llevo una mano al pecho para asegurarme de que mi corazón late correctamente.
- Perdóname, no quería asustarte – me dice, y veo en sus ojos que su arrepentimiento es real.
- Está bien, no lo hiciste a propósito, así que ya no importa – le digo y comienzo a caminar hacia la entrada – ¿podría mi cochero descansar en algún lugar? No sé cuánto tarde y no quiero que esté todo el tiempo en el carruaje – le pido, a lo que la vista de ambos va hacia el hombre en cuestión, quien comienza a temblar cuando Dargan lo mira, y ante su actitud yo solo ruedo los ojos.
- Está bien – dice Dargna, quien crea una sombra para que guíe a mi chochero.
La sombra que Dargan creó era solo eso, una sombra, una figura humana sin rasgo alguno de color negro un poco translúcido.
- Sigue a la sombra, ella te atenderá – le dice Dargan a mi cochero, para luego entrar a la casa, pasando a mi lado.
- Haz lo que te ha pedido; cuando sea hora de irnos, te mandaré a avisar – le digo al cochero, quien asiente temeroso y hace lo que le digo.
Ya con ese asunto resuelto, sigo a Dargan al interior de la mansión.