una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
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Capítulo 11: El estallido del cristal
El lunes por la mañana, la oficina del piso 42 se sentía como una cámara de vacío. Elizabeth había llegado temprano, intentando refugiarse en el trabajo administrativo, pero cada vez que escuchaba el movimiento de Maximiliano al otro lado de la pared, sus manos temblaban sobre el teclado. La cena en L'Étoile no había calmado las aguas; las había enturbiado hasta el punto de la asfixia.
Maximiliano, por su parte, no había cruzado palabra con ella en toda la mañana. Se mantenía encerrado, pero la puerta comunicante estaba entreabierta, una invitación silenciosa y peligrosa que ninguno de los dos se atrevía a cerrar.
Cerca del mediodía, Elizabeth entró al despacho de él para entregar los últimos borradores del manifiesto de marca. Quería hacerlo rápido: dejar los papeles, evitar el contacto visual y huir de vuelta a su refugio de cristal.
—Aquí están los textos finales, señor Maximiliano —dijo ella, dejando la carpeta sobre el escritorio con una formalidad que sonaba a súplica.
Él no leyó los papeles. Se levantó lentamente de su silla y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda. El sol del mediodía caía sobre sus hombros, pero su postura no era de triunfo, sino de una derrota inminente.
—¿Hasta cuándo vamos a seguir con esto, Elizabeth? —preguntó él. Su voz era apenas un susurro cargado de fatiga.
—No sé a qué se refiere. El trabajo está casi terminado —respondió ella, aunque sus pies se negaban a moverse hacia la salida.
Maximiliano se giró. Sus ojos estaban inyectados en sangre, como si no hubiera dormido en días. Caminó hacia ella con una determinación que hizo que Elizabeth retrocediera hasta que su espalda chocó contra la puerta cerrada.
—Sabes perfectamente a qué me refiero. La cena fue una farsa. Verlo a él... verte a ti intentando ser la esposa perfecta mientras el aire entre nosotros quema... me está matando —él se detuvo a escasos centímetros de su rostro. Podía sentir el calor de su respiración—. No puedo administrar esto, Elizabeth. No hay una hoja de cálculo para lo que siento cuando entras por esa puerta.
—Maximiliano, por favor... piensa en Valeria. Piensa en Adam —ella puso sus manos sobre el pecho de él, en un intento desesperado por mantener la distancia, pero sus dedos se cerraron involuntariamente sobre la tela de su camisa.
—Los pienso cada segundo. Por eso me duele —él acortó la última pizca de espacio—. Pero hoy no puedo ser el empresario, ni el esposo, ni el padre ejemplar. Hoy solo soy un hombre que se está ahogando y tú eres el único aire que me queda.
Elizabeth miró sus labios y luego sus ojos. La batalla interna que había librado durante semanas se desmoronó en un instante. La lealtad, la casa, los planos de Adam y la frialdad de Solangel se desvanecieron ante la urgencia de lo que tenían enfrente.
Fue Maximiliano quien cerró la distancia, pero fue Elizabeth quien lo atrajo hacia sí.
El beso fue un estallido. No hubo delicadeza, sino una necesidad voraz, acumulada tras días de silencios y roces eléctricos. Fue el choque de dos personas que habían pasado demasiado tiempo fingiendo ser de hielo. Maximiliano la tomó por la cintura con una urgencia casi violenta, pegándola a su cuerpo como si quisiera fusionar sus destinos en ese único acto de traición.
Elizabeth soltó un jadeo ahogado contra sus labios, enredando sus manos en el cabello de él. En ese beso estaba todo: el miedo al futuro, el dolor de la culpa y la liberación de una verdad que ya no podían contener. El despacho de lujo, con su mármol y su silencio, desapareció. Solo existía el sabor a café y desesperación, el roce de sus lenguas y la certeza de que acaban de cruzar una línea de la que no se regresa jamás.
Se separaron apenas unos milímetros, jadeando, con las frentes unidas. El mundo volvió a entrar en la habitación con una violencia cruel. El reloj de pared seguía marcando los segundos. Afuera, la secretaria seguía tecleando. En casa de Maximiliano, Solangel seguía administrando una vida que ya no existía.
—¿Qué hemos hecho? —susurró Elizabeth, con los ojos empañados y los labios hinchados.
Maximiliano la miró, y por primera vez, el hombre implacable se vio completamente roto. La tomó del rostro con ambas manos, pulgares acariciando sus pómulos.
—Hemos roto el cristal, Elizabeth —respondió él con una tristeza infinita—. Y ahora los pedazos van a cortarnos a todos.
Ella se separó de él, temblando, y se llevó una mano a la boca, como si intentara recuperar el aliento que él le había robado. La oficina, que antes era su lugar de trabajo, ahora se sentía como la escena de un crimen.
—No puedo... no puedo verte más hoy —dijo ella, recogiendo sus cosas con movimientos torpes.
—Elizabeth, espera...
—No, Maximiliano. Mañana terminaré lo que falta desde mi casa. No me pidas más. Ya te di lo que no me pertenecía.
Ella salió de la oficina casi corriendo, dejando a Maximiliano solo en medio del silencio ensordecedor de su imperio. Él se dejó caer en su silla y se cubrió la cara con las manos. En su boca todavía sentía el sabor de ella, un sabor que sabía a gloria y a condena.