Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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La ley no escrita de Heidelberg.
Idril y Aranza se refugiaron en los baños.
El agua fría golpeó su piel con una sinceridad brutal, casi ofensiva. No había fingimiento ahí, no había sonrisas falsas ni miradas que juzgaran. Solo el contacto directo, limpio… real.
Idril apoyó las manos contra el lavabo.
El reflejo le devolvió a alguien que no reconocía del todo.
Desordenada, pálida, vulnerable.Tragó saliva.
No era el dolor lo que la hacía temblar.
Era el nombre que no dejaba de repetirse en su cabeza.
Holga Von Krieg.
La había tocado, la había hecho caer.
El eco de ese instante la perseguía incluso en el silencio. Y lo peor… era que no había sido intencional.
—Oye… —murmuró Aranza, más suave ahora—. No la empujaste a propósito.
Idril no respondió de inmediato.
Sus dedos temblaban levemente bajo el agua.
—Eso no importa —dijo al final, en un hilo de voz—. Ellos no funcionan así.
Y ambas lo sabían.
El resto del día, Idril se aferró a lo único que nunca le había fallado: el estudio.
Se sumergió en las clases con una intensidad casi desesperada. Cada palabra del profesor era capturada, retenida, archivada con precisión quirúrgica.
No por ambición, por supervivencia. Era su única ventaja. La única cosa que ellos no podían comprar.
O eso quería creer.
Una hora después, el dolor la obligó a detenerse.
El latido en su mano era constante, punzante, imposible de ignorar.
La enfermería era un lugar extraño.
Demasiado blanco, demasiado limpio, demasiado ajeno.
Ahí dentro, Heidelberg no parecía peligrosa.
La enfermera revisó su mano con eficiencia fría, profesional, distante.
—No hay fractura —dijo sin mirarla demasiado—. Solo un golpe fuerte.
“Accidental”.
La palabra quedó flotando en el aire como una mentira mal disfrazada.
La venda blanca que envolvió su mano no alivió nada.
Al contrario.
La hizo visible.
Marcada.
Expuesta.
Era un recordatorio constante de que algo había ocurrido… y de que todos lo sabían.
Cuando cruzó las puertas del campus, el aire exterior le supo a libertad.
No era real.
Pero era suficiente.
Su departamento la recibió con silencio.
Pequeño. Sencillo. Seguro.
Ahí no había miradas que midieran su valor.
Ahí no importaba su apellido.
Solo era Idril.
Y por primera vez en el día… pudo respirar.
Aun así, no confió del todo.
Buscó una farmacia.
Otra opinión.
Otro par de manos que no pertenecieran a ese mundo.
El trato fue distinto. Más humano. Más cercano.
No curó el miedo.
Pero al menos alivió el cuerpo.
Esa noche, el ritual fue lento.
Casi sagrado.
Idril separó hoja por hoja sus apuntes manchados de café, intentando salvar lo que pudiera. El papel húmedo se resistía, se rompía, se deshacía entre sus dedos.
Aun así, insistió.
Porque eso era todo lo que tenía.
Porque rendirse… no era una opción que pudiera permitirse.
Al día siguiente, Heidelberg amaneció igual de hermoso e igual de cruel.
El aire fresco arrastraba hojas secas… y murmullos.
Risas bajas.
Susurros.
Miradas.
Idril lo sintió antes de verlo.
Algo había cambiado.
Ya no era invisible.
Y eso era peligroso.
Caminaba junto a Aranza, los libros apretados contra el pecho como si pudieran protegerla. Intentaba mantener el paso firme, la mirada baja, el perfil discreto.
Quería desaparecer.
Volver a ser nadie.
Pero ya era tarde.
Porque ellos ya la habían visto.
Y cuando la élite fija su atención en algo…
no lo suelta.
El pasillo se estrechó.
No físicamente.
Pero así se sintió.
Como si el aire se volviera más pesado.
Como si cada paso la llevara directo a algo inevitable.
—Miren eso… —la voz de Saúl rompió el murmullo—. La brillante sobrevivió.
Las risas llegaron después.
Siempre después.
—¿Sigues creyendo que esos cuadernos van a salvarte? —continuó, ladeando la cabeza—. Deberías empezar por salvar tu cara. Esos lentes… son una tragedia.
Idril no respondió.
No podía.
Pero tampoco huyó.
Holga avanzó.
Lenta.
Perfecta.
Peligrosa.
Su presencia no necesitaba palabras, pero aun así habló.
—Es impresionante —dijo, observándola como si fuera un objeto defectuoso—. Pensé que al menos intentarías desaparecer después de lo de ayer.
Cada palabra era precisa.
Medida.
Diseñada para herir.
—Pero supongo que la vergüenza también requiere… cierto nivel de conciencia.
Samantha rió suavemente, inclinándose hacia ella.
—No seas tan dura, Holga. Quizá cree que si no se mueve, dejamos de verla.
El círculo se cerró.
Idril lo sintió.
El espacio desapareció.
El aire se volvió insuficiente.
Y entonces…
lo vio.
Darién.
No dijo nada.
No hizo nada.
Pero estaba ahí.
Observando.
Y eso era peor.
Mucho peor.
Porque su silencio…
lo aprobaba todo.
—No entiendo qué hace aquí —añadió Omar, con desdén abierto—. Ni siquiera sirve como distracción.
—Es parte del decorado —remató Dona—. La universidad necesita recordar que también acepta… casos perdidos.
Saúl miró a Holga, divertido.
—Aunque debo admitir algo —dijo—. Tuvo valor ayer.
Sus ojos brillaron.
—O estupidez.
Holga sonrió.
Y esa sonrisa…
no prometía nada bueno.
—No fue valor —respondió—. Fue ignorancia.
Se acercó un paso más a Idril.
Demasiado cerca.
—Pero no te preocupes… —susurró—. Eso se corrige.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier insulto.
—Voy a asegurarme —continuó— de que entiendas exactamente dónde estás… y lo que eres.
Darién soltó un leve suspiro, casi aburrido.
—Procura no hacerlo tedioso, Holga.
Eso fue todo.
Pero bastó.
Era una orden disfrazada.
Holga retrocedió.
El grupo se dispersó como si nada hubiera pasado.
Como si no acabaran de marcar el inicio de algo.
Idril no se movió.
No de inmediato.
Sentía el pulso en la garganta.
El miedo… asentándose.
Aranza la tomó del brazo.
—Vámonos.
Esta vez, Idril no dudó.
Caminó.
Pero algo dentro de ella ya había cambiado.
Porque ahora lo entendía.
Esto no iba a detenerse.
No iba a mejorar.
No iba a desaparecer.
Esto…
apenas estaba comenzando.
En Heidelberg no existían los errores.
Solo las consecuencias.
Y ella…
acababa de convertirse en una.