Tras un matrimonio que se desmorona en el silencio y la indiferencia, un encuentro fortuito la sumerge en la vorágine de una pasión que jamás creyó posible. Alejandro, un hombre enigmático y arrollador, emerge de entre las sombras de su pasado, trayendo consigo no solo un amor avasallador, sino también un turbulento secreto que podría destruirlos.
Isabella, una mujer que ha luchado por mantener en pie su independencia y su corazón, se ve arrastrada a un mundo de deseo incontrolable y decisiones prohibidas. A medida que sus cuerpos se entrelazan en encuentros que desafían toda convención, también lo hacen sus almas, forjando un vínculo que es tan peligroso como irresistible. Pero el camino del amor verdadero nunca es sencillo.
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Capitulo 11
Habían pasado casi tres semanas desde que Isabella le enviara aquel mensaje pidiendo distancia. Tres semanas en las que Alejandro no había dejado de buscarla, de escribirle, de esperarla, sin obtener más que silencio como respuesta. Pero él no era hombre que se rindiera ante las dificultades, y mucho menos cuando lo que estaba en juego era lo más importante que le había pasado en la vida.
Sabía cuáles eran sus rutinas. Sabía que los miércoles, por la mañana, Isabella solía ir a una pequeña cafetería del centro, lejos de las miradas de la alta sociedad, para trabajar en sus diseños y tomarse un café en paz. Y esa mañana, él decidió que ya era suficiente. No podía seguir esperando a que ella decidiera acercarse, necesitaba verla, hablarle, decirle todo lo que le estaba quemando por dentro.
Entró al local con paso firme, y la vio al instante. Estaba sentada junto al gran ventanal, con el cuaderno de dibujo abierto frente a ella, pero con la mirada perdida en la calle, con esa tristeza que él ya conocía y que le dolía en el alma ver en sus ojos. Se veía hermosa, con el cabello recogido en una coleta suelta y un vestido sencillo, pero se notaba que no estaba bien. Se notaba que, igual que él, estaba sufriendo esa separación.
Isabella levantó la vista al sentir la presencia, y al verlo ahí, parado frente a su mesa, sintió que el corazón se le detenía. Quiso levantarse, irse, huir como había hecho todo este tiempo, pero sus piernas le fallaron. Alejandro se sentó frente a ella, sin pedir permiso, con la mandíbula tensa y los ojos brillantes de una mezcla de ira y deseo contenido.
—¿Crees que puedes esconderte de mí para siempre, Isabella? —empezó él, con voz grave, baja y cargada de emoción—. ¿Crees que con unos mensajes y unas semanas de silencio vas a borrar lo que pasó entre nosotros? ¿Vas a borrar lo que sientes?
Ella bajó la mirada, jugando nerviosa con el borde de su cuaderno, sintiéndose desnuda bajo su mirada intensa. —Alejandro… te pedí que te mantuvieras alejado. Es lo correcto. Yo… yo estoy casada. Tengo una vida.
—¿Una vida? —repitió él, con amargura, inclinándose sobre la mesa hacia ella, acortando distancias—. ¿Llamas vida a eso que tienes? ¿Esa existencia vacía, fría, donde eres solo un adorno, un trofeo para un hombre que ni siquiera se molesta en saber quién eres realmente? Porque eso no es vivir, Isabella. Eso es solo sobrevivir. Y yo no puedo quedarme quieto viéndote morirte de a poco, cuando sé que puedo hacerte arder.
Isabella sintió que las lágrimas le subían a los ojos. —No sabes lo que dices… No entiendes mi situación. Es complicado, hay deberes, hay compromisos…
—¡Lo entiendo todo! —la interrumpió él, levantando un poco la voz, pero sin gritar, con una pasión que hizo que todo su cuerpo temblara—. Entiendo perfectamente lo que está en juego. Pero lo que no entiendo, y lo que no puedo aceptar, es que sacrifiques tu felicidad, tu propia alma, por algo que no te da nada. ¿Crees que no he intentado alejarme yo también? ¿Crees que no he tratado de sacarte de mi cabeza, de mi corazón, de mi cuerpo? ¡Lo he intentado, Isabella! Pero no puedo. Porque desde el primer momento en que te vi, supe que tú eras todo lo que siempre había buscado sin saberlo.
Hizo una pausa, respiró hondo, y bajó la voz hasta convertirse en un susurro que le atravesó el pecho como una flecha.
—Estoy enamorado de ti.
Isabella abrió los ojos con desmesura, clavando su mirada en la de él, sin aliento, sin creer lo que escuchaba. Esas palabras… esas palabras que había deseado escuchar y que al mismo tiempo temía con toda su alma.
—Estoy enamorado de ti —repitió Alejandro, con una sinceridad absoluta, sin apartar la vista—. Y te deseo. Te deseo con una intensidad que nunca antes he sentido por nada ni por nadie. Te deseo con la cabeza, con el corazón y con cada parte de mi cuerpo. Te deseo de una forma que me asusta incluso a mí mismo. No es solo atracción, Isabella. No es solo pasión. Es necesidad. Es que mi día no tiene sentido si no sé de ti. Es que cada vez que te alejas, siento que me arrancan una parte de mí.
Se quedó callado un momento, dejando que sus palabras calaran hondo en ella, y luego continuó, con más dulzura, extendiendo la mano sobre la mesa hasta rozar levemente sus dedos temblorosos.
—Sé que esto es difícil. Sé que te sientes culpable, sé que te da miedo. Pero escúchame bien: lo que sentimos no es algo malo. No es un error. Es lo más real que nos ha pasado jamás. Y verte luchar contra esto, verte tratar de apagar lo que hay entre nosotros, me duele más de lo que te puedes imaginar.
Para Isabella, esas palabras eran a la vez un bálsamo y un veneno. Un bálsamo, porque por fin escuchaba lo que su corazón necesitaba oír, porque saber que él sentía lo mismo que ella, que su amor era correspondido, era la sensación más dulce del mundo. Pero también era un veneno, porque hacía que todo fuera mucho más complicado, mucho más difícil de dejar atrás. Porque ahora ya no se trataba solo de deseo, ni de atracción… se trataba de amor. Y contra eso, no había barrera que valiera.
Sentía cómo todas sus defensas, todo lo que había construido para mantenerse alejada, se desmoronaba ante ella como un castillo de naipes. No podía seguir negándolo. No podía seguir luchando contra ello, cuando él estaba ahí, frente a ella, entregándole su corazón entero, con esa honestidad brutal que la desarmaba por completo.
—Alejandro… —murmuró ella, con la voz rota por el llanto contenido, apretando sus dedos entre los de él—. No sabes cuánto te he echado de menos. No sabes cuánto me duele estar lejos de ti. Pero tengo tanto miedo…
Él apretó su mano con fuerza, le dio la vuelta y besó su palma, mirándola con una devoción que la hizo estremecerse.
—No tengas miedo, mi vida. Mientras yo esté aquí, no tienes nada que temer. Solo déjate llevar. Solo admite lo que sientes, igual que yo lo hago. Porque tú y yo… ya no hay forma de separarnos, lo quieras o no. Ya estamos conectados para siempre.
En ese instante, Isabella supo que la batalla estaba perdida. Su razón había huido, y su corazón, ese que llevaba tanto tiempo dormido, ahora latía fuerte, solo para él.