Amarte no estaba en mi venganza.
Eliana Morel murió traicionada por el hombre que amaba y abandonada por la familia que juró protegerla. Hasta su último aliento creyó que su desgracia había sido solo mala suerte… sin saber que todo había sido cuidadosamente planeado.
Cuando despierta en el pasado, con los recuerdos intactos y el corazón sellado, Eliana entiende que la vida le ha concedido una segunda oportunidad. No para amar. No para perdonar.
Sino para vengarse.
Fría, inteligente y decidida, comienza a mover las piezas con precisión, dejando que quienes la destruyeron caigan por su propio peso. Pero su plan perfecto se tambalea con la aparición de Adrien Valtier, un hombre que no pertenece a su pasado y que parece ver más allá de su máscara de hielo.
Mientras la venganza avanza y los secretos salen a la luz, Eliana deberá enfrentar la única batalla que no había previsto:
la de un corazón que juró no volver a sentir.
Porque en esta segunda vida, amar…
no estaba en su venganza.
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Los que la estaban esperando
La noche la recibió como una cómplice silenciosa y traicionera. El aire frío le golpeó el rostro con fuerza mientras corría sin mirar atrás, guiada únicamente por el pulso ardiente del medallón contra su pecho. Cada latido del artefacto parecía marcarle el camino, como un segundo corazón que ya no le pertenecía del todo.
—¡Por aquí!
Una mano fuerte la tomó del brazo y la arrastró hacia un callejón estrecho y mal iluminado. Giró con violencia, lista para defenderse con uñas y dientes, pero se encontró con un grupo de personas que la observaban con una tranquilidad inquietante, casi sobrenatural, en medio del caos que dejaba atrás.
—¿Quiénes son ustedes? —exigió, jadeando, con la voz entrecortada.
—Los que han esperado siglos —respondió un hombre de cabello plateado y ojos penetrantes, de unos sesenta años—. Y los únicos que pueden mantenerte con vida más de unas pocas horas.
El medallón reaccionó de inmediato. No con dolor, sino con un calor de reconocimiento profundo. Como si esas presencias formaran parte de algo que su sangre ya conocía desde mucho antes de nacer.
—Mi nombre es Elian —continuó el hombre, con una voz grave y medida—. Y tú, querida, acabas de romper el equilibrio que hemos protegido durante generaciones.
La llevaron rápidamente a un edificio abandonado en las afueras del distrito viejo. Desde afuera parecía un cascarón vacío y en ruinas; por dentro, vibraba con una energía densa, viva, casi respirando. Símbolos antiguos cubrían las paredes agrietadas, pintados con pigmentos que brillaban débilmente bajo la luz de velas encendidas sin humo. Rostros atentos y silenciosos la observaban desde las sombras.
—Esto es una locura —dijo ella, retrocediendo un paso hacia la puerta—. Yo no pertenezco aquí. Yo no pedí nada de esto.
—Eso es exactamente lo que te dijeron toda tu vida —respondió una mujer joven de ojos completamente negros, con una sonrisa triste—. Para mantenerte dormida. Para que no recordaras quién eres realmente.
Elian se acercó con lentitud y señaló el medallón que latía contra su pecho.
—Ese objeto no despierta poder —explicó—. Despierta memoria. Memoria ancestral. Todo lo que te han ocultado.
El mundo se le inclinó de golpe. Imágenes fugaces cruzaron su mente como relámpagos: ella misma en otros tiempos, tomando decisiones imposibles bajo cielos que ya no existían; él a su lado, siempre él, con diferentes rostros pero con la misma mirada; promesas hechas en lenguas muertas, juramentos sellados con sangre y fuego.
—¿Qué soy? —preguntó, con la voz rota por la sobrecarga emocional—. Dímelo de una vez.
—Eres el último vínculo —respondió Elian con gravedad—. La heredera directa de un linaje que juró custodiar el límite entre mundos. La que puede abrir o cerrar las puertas que otros han intentado sellar para siempre.
El silencio cayó sobre la sala como una sentencia definitiva.
—Y él… —susurró ella, casi temiendo la respuesta—. ¿Qué es ahora?
Nadie respondió de inmediato. Las miradas se cruzaron con cautela.
—Él es el precio —dijo finalmente la mujer de ojos negros—. Y también la amenaza más grande que enfrentamos. Al cruzar el límite para salvarte, se convirtió en algo que ya no pertenece completamente a este lado.
El medallón ardió con furia repentina. Una presión brutal llenó la sala, haciendo vibrar el aire.
—No lo voy a perder otra vez —dijo ella, con los dientes apretados y los puños cerrados—. No importa lo que sea ahora. No importa lo que haya cambiado. Lo traeré de vuelta.
Elian la miró con una gravedad que parecía pesar toneladas.
—Entonces debes saber la verdad completa: hay otros como él… y no todos quieren volver. Algunos han encontrado poder en la oscuridad. Otros ya no recuerdan qué significa ser humano.
Un estruendo repentino sacudió el edificio entero. Las paredes temblaron. Las velas se apagaron de golpe, sumiendo la sala en una penumbra rota solo por el brillo rojizo del medallón.
—Nos encontraron —gritó alguien desde la entrada.
El medallón explotó en una luz cegadora. Ella sintió cómo algo dentro de sí se alineaba, se afilaba, se convertía en arma.
—Enséñenme —dijo, firme, con una determinación que sorprendió incluso a ella misma—. Enséñenme a usar esto. Ahora.
Elian sonrió por primera vez. No fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa de reconocimiento y resignación.
—Demasiado tarde para retroceder —respondió—. Justo a tiempo para empezar.
Y mientras afuera las sombras avanzaban como una marea viva, ella entendió una verdad peligrosa y liberadora:
Ya no era la presa.
El primer disparo atravesó la pared como un rugido ensordecedor.
El segundo hizo temblar el suelo bajo sus pies.
—¡Al suelo! —gritó alguien.
Ella no se movió.
El medallón ardía como nunca antes contra su piel. No era miedo lo que sentía… era reconocimiento puro. Las sombras que avanzaban afuera no eran desconocidas. La estaban buscando a ella. Y ella las estaba esperando.
—No los dejen entrar —ordenó Elian con voz de mando.
Demasiado tarde.
La puerta principal explotó en una lluvia de madera astillada y metal retorcido. Entre el humo y los escombros apareció una figura alta, envuelta en oscuridad viva que se movía como si tuviera voluntad propia. Sus ojos brillaban con una luz imposible, fría y antigua.
Ella lo reconoció antes de que nadie pronunciara su nombre.
—No… —susurró, sintiendo cómo el corazón se le rompía en el pecho una vez más.
La figura sonrió.
No era la sonrisa que recordaba. Era más fría. Más peligrosa. Más hambrienta.
—Hola —dijo él, con una voz que no pertenecía del todo a este mundo, resonando con ecos que parecían venir de otro plano—. Veo que ya despertaste.
El medallón respondió con un estallido brutal de energía. La fuerza la lanzó hacia atrás, rompiendo el suelo de concreto bajo sus pies y levantando una nube de polvo.
Elian gritó su nombre.
Ella se puso de pie entre los escombros, con los ojos encendidos por una furia y un poder recién nacido, la sangre hirviendo en sus venas.
—Si has venido por mí —dijo, temblando de rabia y determinación—, tendrás que atravesarme primero.
Él dio un paso adelante, la oscuridad a su alrededor ondulando como un manto vivo.
—No —respondió con una calma aterradora—. He venido a reclamarte.
Y en ese instante, la guerra que había estado gestándose durante siglos comenzó de verdad.