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CERO EN CONDUCTA MI QUERIDA SECRETARIA

CERO EN CONDUCTA MI QUERIDA SECRETARIA

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:10.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Chiquitas

romance, contrato, amor, diversión

NovelToon tiene autorización de Chiquitas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1: Harina, Manhattan y un Dios de mármol

El invierno en Nueva York no tenía piedad, y en la zona menos privilegiada de la isla, el viento se colaba por las rendijas de las ventanas con un silbido burlón. Elena se despertó antes de que el despertador sonara, no por hábito, sino porque el radiador de su pequeña habitación en la vecindad de un viejo edificio de ladrillo rojo en el Lower East Side decidió soltar un quejido metálico y morir.

A sus veintitrés años, Elena se sentó en la cama y abrazó sus rodillas. Manhattan era una ciudad de sueños para muchos, pero para ella, graduada con honores en administración y con una cuenta bancaria que marcaba apenas unos cuantos dólares, la ciudad era un gigante de acero que intentaba aplastarla cada día. Huérfana desde que fue abandonada en un canasto frente a un convento en Queens, Elena había crecido sabiendo que en este mundo nadie regala nada. Su única herencia era una receta de postres que había perfeccionado hasta convertirla en arte y una lengua lo suficientemente afilada como para defenderse de cualquiera.

—Hoy no, Manhattan. Hoy no me vas a vencer —susurró, levantándose con determinación.

El aroma a vainilla y lavanda pronto invadió el pequeño espacio. Elena preparaba cupcakes, no por pasatiempo, sino por supervivencia. Había recibido un pedido del asistente de eventos del Grand Zenith, el hotel más icónico frente a Central Park. Si lograba que esos dulces llegaran intactos y gustaran, podría pagar los tres meses de renta que debía antes de que el casero la pusiera en la acera con sus escasas pertenencias.

—¡Elena! ¿Estás horneando o planeas abrir una sucursal del cielo aquí mismo? —Sofía, su mejor amiga, entró sin llamar.

Sofía era su ancla. Trabajaba en una cafetería cercana y era la única que entendía por qué Elena prefería gastar sus últimos dólares en mantequilla de alta calidad antes que en un abrigo nuevo.

—Es para el Zenith, Sofi. Es mi última carta.

—¿El hotel de Alexander Zenith? —Sofía soltó un silbido—. Ten cuidado. Dicen que ese hombre tiene treinta años, el cuerpo de un modelo de pasarela y el alma de un iceberg. Desde que su prometida lo dejó plantado en la Catedral de San Patricio hace años, dicen que despide a cualquiera que lo mire a los ojos por más de dos segundos.

Elena soltó una carcajada desafiante mientras cerraba las cajas blancas.

—Que sea un iceberg me viene bien, así no se derretirán mis cupcakes. No me importa quién sea; solo quiero mi cheque.

Dos horas después, la realidad de Manhattan la golpeó de frente. El metro iba retrasado, el viento de la Quinta Avenida casi le vuela la bufanda y, para colmo, su tacón derecho —un zapato de segunda mano que ya había visto mejores tiempos— empezó a tambalearse peligrosamente.

Cuando Elena entró al lobby del Grand Zenith, se sintió como una hormiga en un palacio. El lujo era asfixiante: suelos de mármol que reflejaban las lámparas de cristal, porteros de dos metros de altura y un aroma a sándalo y dinero que la hizo sentir instantáneamente fuera de lugar.

—Entrada de proveedores por el callejón, señorita —dijo un recepcionista con voz monótona, sin siquiera levantar la vista.

Elena se detuvo en seco. Sus pies dolían, tenía frío y su paciencia se había quedado en la estación de la calle 14.

—Escúcheme bien, "figura de cera" —soltó Elena, haciendo que el hombre saltara en su silla—. Soy administradora, no una intrusa. Tengo una cita y estos cupcakes valen más que su cortesía barata. Así que dígame dónde está la oficina de banquetes o le aseguro que mi próxima crítica en Google sobre su actitud hará que lo manden a limpiar baños en Staten Island.

El hombre parpadeó, estupefacto por la audacia de la chica. Pero antes de que pudiera llamar a seguridad, las puertas de los ascensores privados se abrieron con un tintineo dorado.

Alexander Zenith salió como un torbellino de poder. A sus treinta años, Alexander era el rey indiscutible de la hotelería en Nueva York. Vestía un traje de tres piezas color carbón que gritaba exclusividad. Su rostro era de una belleza severa, con ojos grises que parecían escanear y descartar todo a su paso. A su lado caminaba Liam, su mejor amigo y mano derecha, quien intentaba discutir los detalles de una nueva adquisición.

Elena, decidida a no dejarse intimidar por el recepcionista, giró para buscar el camino por sí misma. En ese instante, el tacón derecho de su zapato se rindió por completo.

—¡Oh, no! —fue lo único que pudo gritar.

Su cuerpo se inclinó violentamente. El equilibrio desapareció. Elena voló hacia adelante y, en un intento desesperado por no caer, sus manos soltaron las cajas. Los cupcakes de lavanda y crema salieron disparados como fuegos artificiales dulces.

El impacto fue sólido. Elena no cayó al suelo; cayó contra un muro de músculos firmes y tela italiana cara. Sus manos se aferraron instintivamente a las solapas del saco de Alexander, mientras el contenido de las cajas impactaba de lleno contra el pecho del CEO. Crema morada, chispas de oro comestible y bizcocho suave se desparramaron sobre la camisa blanca y la corbata de seda azul de Alexander Zenith.

El lobby se sumergió en un silencio aterrador. Liam se detuvo en seco, con los ojos como platos. Alexander bajó la vista hacia su pecho, viendo cómo el desastre dulce arruinaba su atuendo de cinco mil dólares. Luego, sus ojos grises se clavaron en la chica que aún se sostenía de él, con el rostro a centímetros del suyo.

Elena sintió el calor emanando de él, un perfume embriagador que chocaba con el olor de su propia repostería. Pero el miedo duró solo un segundo, reemplazado por la rabia de ver su trabajo destruido.

—¡Pero será posible! —exclamó Elena, soltándolo y señalando el suelo—. ¡Mire lo que ha hecho! ¡Mis cupcakes! ¡Me tomó toda la noche terminarlos y usted se atraviesa como si fuera el dueño de la calle!

Alexander Zenith, el hombre al que nadie se atrevía a levantarle la voz, parpadeó incrédulo.

—¿Que qué he hecho yo? —Su voz era un barítono gélido que recorrió la columna de Elena—. Usted me ha asaltado, ha destruido mi ropa y ha invadido mi espacio personal, señorita...

—¡Me importa un rábano su espacio personal! —lo interrumpió Elena, quitándose el zapato roto y usándolo para enfatizar sus palabras—. Usted venía mirando ese aparato en lugar de ver por dónde camina. Es usted un peligro público. ¡Cero en conducta para usted, señor "Soy muy guapo pero muy distraído"! ¡Usted me debe mis dulces y una disculpa ahora mismo!

Liam soltó una carcajada que resonó en todo el lobby. Alexander, por primera vez en años, sintió que la sangre le hervía, pero no de rabia pura, sino de una curiosidad eléctrica. La chica tenía harina en la nariz, un zapato en la mano y la valentía de un león.

—Liam —dijo Alexander sin dejar de mirar a Elena—, cancela la junta con los inversores.

—¿Qué vas a hacer, Alex? —preguntó Liam, divertido.

Alexander dio un paso hacia Elena, acortando la distancia hasta que ella tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—Voy a cobrarme esta camisa. Y tú —dijo señalándola—, vas a aprender que en mi hotel, nadie me califica con un cero. Desde hoy, eres mi secretaria personal hasta que decida que tu deuda está saldada.

—¿Secretaria? —Elena arrugó la frente—. ¡Ni en sueños! Prefiero volver a Queens caminando que trabajar para un témpano de hielo como usted.

—¿Ah, sí? —Alexander sonrió con una frialdad que la hizo estremecer—. Entonces llamaré a la policía por daños a la propiedad y agresión. Tú eliges: la oficina o la comisaría.

Elena apretó los dientes. Manhattan acababa de ganar el primer asalto, pero ella no pensaba perder la guerra.

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Sabina Altamirano
el papel del personaje se me hace muy infantil,ni parece que haya pasado siquiera la universidad,como llegar a un trabajo,hacer cambio como si fuera tu casa decir que contrato de un hotel no es importante lo va llevar a la quiebra,si. oy de acuerdo que se le festejé a los empleados,pero hacerlo en el trabajo como si fuera en el patio de su casa,eso perece ilógico
Teresa Nancy Fernandez
me encantó tu novela👏👏👏
chiquita: Teresa gracias por tu apoyo, me alegra un montón leer tu comentario🥰🥰🥰
total 2 replies
Lili Hebe Villarruel
👏👏👏
chiquita: Gracias gracias 🫂🫂🫂🫂🫂 Lili súper agradecida por tu apoyo 😍😍😍😍😍
total 1 replies
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