⚠️🔞✅️Miles Stone, un rígido contador de la ciudad, huye hacia el pueblo costero de Bahía Centinela tras una devastadora traición familiar. Destrozado y buscando aislamiento, llega al viejo Hostal Morrow, administrado por Ezra, un lugareño libre, magnético y un tanto excéntrico. Mientras Miles intenta ordenar el adorable caos financiero del negocio, Ezra lo desafía a mirar el mundo a través de su lente analógica, enseñándole a abrazar las imperfecciones de la vida. Bajo el cálido sol de agosto, una cercanía eléctrica e ineludible florece entre ambos, transformando un verano melancólico en el refugio de amor más puro de sus vidas.✅️🔞⚠️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Último verano
La mañana comenzó con un cielo plomizo que rozaba las crestas de las olas. A pesar del evidente anuncio de otra tormenta, Ezra insistió en que debían caminar hasta el faro abandonado en el extremo de los acantilados. Miles ya no ponía excusas. Había aprendido que llevarle la contraria a Ezra Morrow era una pérdida de tiempo, y para ser sincero, le importaba muy poco terminar empapado si eso significaba pasar unas horas más a su lado. El rígido contador de la ciudad se estaba desarmando, pieza por pieza, bajo el influjo del verano costero.
Caminaron por el sendero de piedras empinadas que bordeaba la costa. El viento del mar soplaba con tanta fuerza que los obligaba a avanzar inclinados, pero Ezra reía. Su risa se mezclaba con el rugido del océano y, por un momento, su semblante se veía tan lleno de vida que cualquiera habría jurado que era un hombre completamente sano. Miraba a Miles sobre el hombro con esos ojos oscuros que ahora le resultaban tan familiares, desafiándolo a seguirle el paso con una vitalidad magnética.
Cuando alcanzaron la base del viejo faro de piedra blanca, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, gruesas y tibias, golpeando los mosaicos gastados de la entrada. Se refugiaron bajo el pequeño porche de la estructura en ruinas. El aire olía a tierra mojada, a salitre y a esa intensa cercanía que llevaba días creciendo entre ellos de forma silenciosa.
—Te lo dije, contador. El cielo no iba a aguantar mucho —dijo Ezra, sacudiéndose las gotas de agua del cabello negro—. Però admite que la vista desde aquí vale la pena el riesgo.
Miles miró hacia el frente. El mar se veía infinito, embravecido bajo las nubes negras. Sin embargo, cuando giró la cabeza, descubrió que no le importaba el paisaje. Solo podía mirarlo a él. Ezra tenía la respiración ligeramente agitada, las mejillas teñidas de un suave color rojizo por la caminata y los labios entreabiertos.
—Sí —susurró Miles, dando un paso hacia adelante, acortando la distancia que los separaba—. Vale la pena.
Ezra dejó de mirar el horizonte. Sus ojos se clavaron en los de Miles, perdiendo toda la burla que solía usar como escudo. El silencio entre ambos se volvió denso, roto solo por el golpeteo de la lluvia que ahora caía con fuerza a pocos centímetros de sus pies. Ezra estiró una mano lenta, casi temerosa, y rozó con sus dedos cálidos la mejilla de Miles. El contacto hizo que el contador temblara hasta la médula.
En ese segundo, el recuerdo de Sara, de Billy y de la ecografía sobre la mesa de sus padres se disolvió por completo en la mente de Miles. El dolor agudo que lo había arrastrado hasta ese pueblo costero desapareció, reemplazado por una necesidad absoluta de aferrarse al hombre que tenía enfrente. Sentió que su corazón, bloqueado por la traición, volvía a latir por una razón hermosa.
Se besaron. Fue un beso lento, profundo y cargado de una ternura que les apretó el pecho a ambos. Sus labios sabían a sal, a lluvia de verano y a un anhelo desesperado que conmovió a Miles hasta las lágrimas. Miles rodeó la cintura de Ezra con sus brazos, hundiéndose en su calor febril, mientras la tormenta borraba el resto del mundo a su alrededor. Ezra lo abrazó por el cuello con una fuerza conmovedora, pegándolo a su cuerpo como si temiera que el chico de la ciudad fuera a desaparecer si se soltaba.
Para Miles, era el inicio de algo puro y bonito; un amor dulce que le devolvía la vida. Para Ezra, según lo demostraban los latidos desbocados de su pecho, era la primera vez en meses que no se ponía en el lugar de un enfermo desahuciado o un paciente con los días contados. En los brazos de Miles, bajo la lluvia del faro, Ezra era simplemente un hombre amado. Un hombre libre.
Pasaron el resto de la tarde caminando de regreso por la orilla de la playa, de la mano, dejando que el agua del mar les lavara los pies descalzos. La lluvia había disminuido a una llovizna suave y el ambiente se sentía mágico, casi idílico. Miles sonreía de forma boba, haciendo planes reales para el hostal, pensando en cómo usar sus conocimientos para ayudar a Ezra a administrar el negocio para que no tuviera que venderlo nunca. Se ponía tan feliz que deseaba con toda su alma que los sutiles síntomas de Ezra fueran, de verdad, una simple úlcera que sanaría con el tiempo. Quería creer que su verano sería eterno.
Pero la realidad de Bahía Centinela siempre tenía un precio agridulce.
A mitad de la playa, justo cerca de las redes de pesca abandonadas, Ezra se detuvo de golpe. Miles pensó que quería tomar otra foto o hacerle una broma, pero cuando la mano de Ezra se soltó de la suya, supo que algo andaba mal.
Ezra se dobló hacia adelante, cayendo de rodillas sobre la arena húmeda. Se llevó ambas manos al costado derecho de su abdomen, apretando la tela de su camisa con una desesperación brutal. Su boca se abrió en un grito mudo, pero de su garganta solo salió un gemido ronco, un lamento de puro dolor que le heló la sangre a Miles.
—¿Ezra? ¡Ezra! —Miles se arrodilló a su lado instantáneamente, tomándolo por los hombros con el pánico reflejado en el rostro—. ¿Qué pasa? ¿Es el estómago otra vez? Déjame buscar tus pastillas.
—No... no es... la úlcera —consiguió articular Ezra entre dientes, con el rostro completamente deformado por la agonía. Su piel se volvió de un color gris ceniza en un segundo y gruesas gotas de sudor frío comenzaron a brotar de su frente—. Esta vez... no puedo...
Ezra colapsó de lado sobre la arena, encogiéndose en posición fetal. Sus ojos se pusieron en blanco por un instante debido a la intensidad del ataque y comenzó a respirar de forma violenta, desesperada, como si se estuviera ahogando en seco. El miedo dominó a Miles por completo. Lo levantó en sus brazos, apoyando la cabeza de Ezra en sus piernas, mientras limpiaba la arena de sus mejillas húmedas.
—¡Dime qué tienes, Ezra, por favor! —gritó Miles, llorando de pura impotencia, viendo cómo el hombre que hacía una hora lo besaba con tanta fuerza ahora se deshacía en sus manos—. ¡No me mientas más! ¡Esto no es una maldita úlcera! ¡Voy a llevarte al hospital del pueblo ahora mismo!
—¡No! ¡Al hospital de aquí no! —un hilo de voz rota salió de los lips de Ezra. Apretó la mejilla de Miles con los dedos temblorosos, mirándolo con unos ojos rojos que transmitían un terror absoluto—. No pueden... hacer nada... Miles... por favor... no me dejes solo.
—¡Entonces dime la verdad! —le imploró Miles, con el pecho partiéndose en dos ante su sufrimiento—. ¡Me estás matando, Ezra! Dime qué te pasa.
Ezra cerró los ojos, y una lágrima pesada resbaló por su sien, mezclándose con la arena y el agua salada. Sabía que el juego había terminado. Su cuerpo ya no podía sostener la mentira de la juventud invencible.
—Tengo... cáncer, Miles —confesó en un susurro que apenas compitió con el sonido de las olas—. Cáncer de páncreas. Avanzado.
El mundo de Miles se detuvo de golpe. El sonido del mar, el viento y su propia respiración desaparecieron, reemplazados por un pitido sordo y agudo en sus oídos. Sentía como si lo hubieran arrojado desde lo alto del faro directamente contra las rocas. El dolor de la traición de su hermano Billy no era nada comparado con el vacío abismal que se abrió en su pecho en ese microsegundo.
—No... no es cierto —dijo Miles, negando con la cabeza, aferrándose a la negación con garras y dientes—. Estás bromeando. Es una mala broma para asustarme. Eres joven, Ezra. Estás lleno de vida. Me besaste hace un momento... no puedes tener eso. Dime que es mentira, por favor, dime que es mentira.
—No es mentira, contador —susurró Ezra, y el dolor pareció ceder un poco debido al puro agotamiento físico. Miró a Miles con una tristeza tan infinita que le desgarró el alma—. Por eso huyo... por eso mi primo Matt quiere que vaya a Canadá. Me queda... muy poco tiempo. Vine a pasar mi último verano aquí, en mi casa. No quería que nadie lo supiera. No quería tu lástima, Miles. Quería... quería que alguien me amara por ser un hombre, no por ser un muerto en vida.
El llanto ahogó a Miles por completo. Se inclinó sobre Ezra en la arena, abrazándolo con una desesperación salvaje, ocultando su rostro en su cuello húmedo. Sus sollozos eran ruidosos, incontrolables. Lloraba por la injusticia de la vida, por haber encontrado el amor más puro y bonito del mundo justo cuando el reloj ya estaba marcando sus últimas horas.
Ezra también comenzó a llorar abiertamente. Sus hombros se sacudían bajo los brazos de Miles y le devolvió el abrazo con la misma urgencia, hundiéndose en su pecho.
—No quiero que te vayas —le gritó Miles entre lágrimas, apretándolo contra sí como si su propio amor pudiera detener el avance de la enfermedad—. No te puedes morir, Ezra. Acabo de encontrarte. No puedes dejarme solo después de hacerme ver el mundo de esta manera. No es justo.
—Lo sé, mi amor... lo sé —le susurró Ezra al oído, y escuchar esa palabra de sus labios rompió la última defensa que le quedaba a Miles—. Tampoco quiero separarme de ti. Es la primera vez... en toda mi vida... que tengo miedo de morir, porque ahora tengo algo hermoso que dejar atrás.
Nos quedamos allí, arrodillados en la arena bajo el cielo gris de Bahía Centinela, dos almas rotas abrazadas con una fuerza que desafiaba a la tormenta. El dulce romance que había florecido en el faro se había transformado, en cuestión de minutos, en la más dolorosa de las realidades. El verano cobraba su sentido más cruel: estaban completamente enamorados, llenos de una electricidad hermosa, pero rodeados por la inminente y agridulce certeza de que el otoño se encargaría de llevárselo todo.