A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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1. Con sangre en las manos
Marisela se mira en el espejo; no se había arreglado así desde hace muchos años. Su suegra había llegado a su casa para cuidar a los pequeños Liam y Kimmy. Estaba emocionada porque Thiago, el padre de sus hijos, la había invitado a una noche romántica en el único hotel prestigioso del pequeño pueblo donde vivían. Les dio un beso a cada uno de sus hijos, sin saber que era la última vez que podría hacerlo.
Estaba tan emocionada que no se dio cuenta de que la señorita que le entregó la llave de la habitación no llevaba el uniforme del personal. Subió hasta el cuarto piso y abrió lentamente la puerta.
Había música romántica; ella sonrió y su corazón latió con fuerza.
- “No te puedo ver, Thiago”, dijo Marisela, sin escuchar respuesta.
La sonrisa desapareció de su rostro cuando, al pasar el tiempo, seguía sin escuchar a Thiago. De manera tentativa buscó el interruptor; cuando lo encontró y encendió la luz, por un instante se quedó petrificada al ver a un hombre echado boca abajo en la cama, cubierto de sangre.
Presa de los nervios, se abalanzó sobre el cuerpo inerte, buscando una señal de vida.
- “¡Thiago, Thiago, estás bien, amor! ¡Thiago!”, gritaba Marisela con desesperación, tratando de reanimarlo.
De pronto, Marisela se dio cuenta de que no era Thiago. Retrocedió y se dirigió a la puerta para pedir ayuda, cuando esta se abrió de golpe y un par de policías le apuntaron con sus armas.
- “¡Arriba las manos, ahora mismo!”, gritó uno de los policías.
- “Yo no fui, yo… yo vine a ver a…”, dijo Marisela, nerviosa, levantando las manos.
Fue cuestión de minutos para que quedara esposada y sacada de la habitación como sospechosa del asesinato del empresario Leopoldo D'Angelo, sin que nadie escuchara sus gritos de inocencia.
Mientras eso sucedía, Thiago había ido por sus hijos a la casa y los subió a un automóvil, entregando una enorme cantidad de dinero a la mujer que durante cinco años había llamado “mamá”.
- “¿Mi mami?”, preguntó el pequeño Liam con voz infantil y medio soñolienta.
- “Vamos a ir con tu mamá, campeón, con tu nueva mamá”, respondió Thiago.
El pequeño Liam no entendió, pero solo subió al carro, donde se volvió a dormir. No volvería a ver la casa donde había vivido por casi tres años ni a la mujer que lo había cuidado con todo su amor desde que estaba en su vientre.
Al llegar al aeropuerto, un avión privado los esperaba. Una mujer elegante recibió a la pequeña Kimmy y, cuando llegaron las autoridades migratorias, entregaron los pasaportes de todos. En los documentos, la madre de los niños no figuraba como Marisela Sánchez, sino como Elizabeth D’Angelo, la verdadera esposa de Thiago Solórzano, el nombre real de Thiago y no Thiago Pérez, como Marisela creía.
Un plan ejecutado milimétricamente durante cinco años para que una mujer le diera los hijos que Elizabeth no podía tener, dejándolos lo suficientemente grandes para llevárselos, pero no tanto como para que no la olvidaran, y sepultar el recuerdo de Marisela para siempre.
Y mientras ellos estaban por despegar hacia su nuevo hogar, Marisela gritaba su inocencia en la carceleta donde la habían encerrado, mientras duraban las investigaciones sobre el crimen cometido, y donde ella era la principal sospechosa.