Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.
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El peso de la reliquia
Cuatro meses en el torbellino de la alta sociedad habían sido suficientes para que las piezas del tablero terminaran de pudrirse. Mientras Ethan dosificaba sus encuentros con Catherine Underwood, utilizando el magnetismo de la actriz para consolidar su prestigio internacional y moverse con total impunidad por los salones más exclusivos, sus informantes mantuvieron un ojo vigilante sobre el distrito de Passy.
Anelly Rosseau había encontrado su nueva fortaleza. Elean Leroux seguía desaparecido del mapa, atrapado en el problema familiar y los demonios que se habían liberado tras revelar los secretos, dejando el campo completamente libre para que la rubia terminara de devorar a su rival. Leandro Schmeichel, a sus veinticuatro años, ya no era el casanova arrogante que presumía de usar a las mujeres; ahora era una marioneta más en las manos de la rubia.
Fiel a su fría metodología, Ethan decidió que era hora de mover un peón. No por compasión, sino por el placer matemático de ver cómo sus predicciones se cumplían, propició un encuentro con Leandro en los reservados de un club de caballeros de la Rue de la Paix.
—Estás jugando con fuego, Schmeichel —dijo Ethan, apareciendo entre las sombras del reservado, con su bastón de plata marcando un ritmo lento sobre la alfombra—. Anelly Rosseau no es una mujer a la que se pueda poseer. Es un parásito que agota el pozo y luego busca la siguiente mina. Lo hizo en Transilvania, lo hizo con Leroux y ahora te toca a ti.
Leandro, que mantenía una copa de absenta entre los dedos temblorosos, levantó la mirada. El joven apuesto de hacía unos meses se veía demacrado; sus ojos reflejaban el brillo turbio de las adicciones en las que había caído para evadir la realidad. Su familia lo estaba obligando a cumplir el matrimonio arreglado con Kristen, una impecable señorita de la más alta alcurnia parisina, un pacto comercial y social que Leandro había comenzado a odiar con todas las fuerzas de su alma. Se había enamorado perdidamente de Anelly, una obsesión ciega que nublaba su juicio y lo empujaba a consumir opio y licores fuertes para soportar el peso de su compromiso.
—Tú no sabes nada de ella, Dragomir —escupió Leandro, con la voz arrastrada por los excesos—. El idiota de Elean no es más que un imbecil orgulloso que ha permitido que esa zorra no solo la ofenda sino que la ataque, no supo valorarla, pero yo sí. Ella es la única que me entiende en este maldito nido de víboras.
—Con que es eso, la estás protegiendo. ¿Puedo saber de quién lo haces?
—Nelly es complicada lo sé, pero no es mala, me ama y ese idiota, pero sobre todo esa zorra lo pagarán.
—Con que Leroux le ha causado problemas, eso sí sus es nuevo.
—Ese imbecil está encaprichado con Carter, le permite hacer lo que quiera.
—Con que sobrevivió, debe ser una mujer con mucha suerte.
—Pero pronto se le va a terminar... —Dijo Leandro clavando la mirada en la copa mientras una sonrisa de dibujaba en su rostro.
—Anelly no es lo que parece, estás entrando al infierno, seguir con ella te consumirá por completo.
—No sabes lo que dices, ¿Quién te contrato? ¿A caso fueron mis padres?
Ethan no insistió. Se limitó a dedicarle su característica sonrisa demoníaca, dio media vuelta y lo dejó solo con sus delirios. El transilvano ya había hecho su parte; la advertencia no era para salvar al joven, sino para dejar constancia de su caída.
Desoyendo cada señal de peligro, Leandro se hundió por completo en la red de la rubia. Pasaban cada vez más tiempo juntos en los rincones más ocultos de la ciudad, alimentando un romance clandestino que se nutría de la desesperación del joven y la calculada codicia de Anelly. Ella, consciente de que el matrimonio de Leandro con Kristen significaría el fin de su financiamiento, comenzó a presionarlo sutilmente, sembrando en su mente la idea de que él era el único hombre que en verdad amaba.
Una mañana tormentosa, la obsesión de Leandro alcanzó el punto de no retorno. Consumido por el alcohol y el deseo de demostrarle a Anelly que ella era su única y verdadera elección, el joven abrió un estuche de terciopelo negro que había extraído en secreto de la caja fuerte de su familia.
— Kristen no merece nada de lo que mi apellido representa —susurró Leandro, tomando la mano de Anelly con desesperación—. Esto es para ti. Como muestra de que mi vida te pertenece.
Anelly contuvo el aliento. Frente a sus ojos brillaba una pieza invaluable, una joya monumental que cortaba la respiración. Se trataba del anillo de compromiso de la dinastía Schmeichel, una reliquia familiar que había pertenecido a tres generaciones de matriarcas y que legalmente le correspondía a Kristen, su prometida. En el centro, una esmeralda grande y profunda, de un verde tan intenso que parecía albergar la maleza de un bosque antiguo, estaba rodeada por un halo de diamantes de talla perfecta que multiplicaban la luz de las velas.
Para la familia Schmeichel, esa joya era el símbolo de su honor y su linaje. Para Leandro, en su estado de degradación y locura, no era más que un trozo de metal para comprar la permanencia de su amante.
Anelly estiró los dedos con una avidez que no pudo ocultar, permitiendo que Leandro deslizara la reliquia en su dedo anular. Miró el reflejo de la piedra verde con una satisfacción triunfal, sintiendo que había alcanzado la cúspide de su poder en París. Había despojado a la prometida legítima, había humillado el apellido Schmeichel y tenía en sus manos una fortuna que la blindaría por años.
Al besar a Leandro, la rubia creyó que había ganado la guerra. Ignoraba por completo que, al aceptar esa esmeralda, acababa de cometer el peor error de su vida. El rastro de la gema familiar era demasiado público, demasiado sagrado para la aristocracia, y el hombre que había jurado arrebatarle hasta el aire que respiraba ya tenía los tasadores listos para rastrear el movimiento de cada faceta. La trampa de Ethan Dragomir, alimentada por la propia estupidez de sus víctimas, acababa de cerrarse sobre el cuello de Anelly.