Un amor roto por mentiras renace entre el deseo y el rencor. Aura regresa con un secreto que lo cambia todo: un hijo. Mauricio nunca dejó de amarla, pero el engaño los separó. Entre pasiones, verdades ocultas y una rival obsesiva, el destino los enfrentará nuevamente.
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Capítulo 7: Puertas que se abren
Al día siguiente…
El amanecer apenas despuntaba cuando Aura ya estaba de pie.
El silencio de la casa aún envolvía todo. Sus padres dormían… y Christopher también.
Se movía con cuidado, casi en puntillas, como si no quisiera alterar esa paz reciente que apenas comenzaba a reconstruirse.
Se miró una última vez en el espejo.
Tomó su bolso, respiró hondo… y salió.
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El edificio del Corporativo Ferrer se alzaba imponente frente a ella.
Aura ajustó ligeramente su bolso y caminó hacia la entrada.
Fue entonces cuando ocurrió.
Un hombre entraba al edificio en ese mismo momento.
Su traje perfectamente ajustado, su porte seguro… y esa mirada calculadora que parecía analizarlo todo.
Adrián Ferrer.
Se detuvo apenas al verla.
Sus ojos recorrieron a Aura con atención.
Aura, por su parte, ni siquiera lo notó.
Siguió su camino.
Adrián esbozó una leve sonrisa.
—Hermosa… —murmuró para sí mismo.
Y continuó.
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Minutos después…
Aura estaba sentada frente a un escritorio impecable.
Del otro lado, una mujer de mirada estricta revisaba su currículum.
—Cinco años en Industrias Manrique…en la ciudad de México—leyó en voz alta—. Analista de planificación estratégica.
Levantó la mirada.
—¿Por qué deberíamos darle este puesto aquí? —preguntó finalmente.
—Porque sé hacer el trabajo —respondió con firmeza—. Porque entiendo los riesgos, las proyecciones… y cómo optimizar recursos sin comprometer resultados.
La mujer no reaccionó.
—No necesito tiempo para adaptarme —continuó Aura—. Solo necesito la oportunidad.
—Aquí las cosas funcionan diferente.
—En todas partes funcionan diferente —respondió Aura con calma—. Pero la lógica empresarial es la misma.
La mujer la observó.
Evaluando.
—La llamaremos —dijo finalmente, cerrando la carpeta.
Aura entendió.
No había sido suficiente.
—Gracias por su tiempo.
Se levantó.
Pero justo cuando se disponía a salir…
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El teléfono de la mujer sonó.
Frunció el ceño levemente antes de contestar.
—¿Sí?
Su expresión cambió apenas.
—Señor Ferrer…
Aura se detuvo, sin girarse completamente.
Escuchando sin querer.
—No está cualificada —respondió la mujer con tono firme—. No tiene experiencia en este país.
La voz al otro lado no se escuchaba… pero el efecto sí.
La postura de la mujer cambió.
Se tensó.
—No le estoy preguntando —repitió, esta vez más baja—. ¿Acaso olvida que soy el CEO?… su jefe.
—Sí, señor… —respondió finalmente—. Como ordene.
Colgó.
—Señorita Valentín —dijo finalmente la mujer, retomando la compostura—. El puesto es suyo.
Silencio.
—¿Disculpe?
—Está contratada.
Aura parpadeó, sorprendida.
—Gracias…
No entendía del todo.
Pero no preguntó.
—Mañana empieza y le daré los detalles.
Aura asintió.
—Gracias.
Y se marchó.
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En su oficina...
Adrián observaba la ciudad a través de los ventanales.
Su teléfono aún en la mano.
Una leve sonrisa curvó sus labios.
—Veamos qué tan interesante eres…
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Más tarde...
El colegio era amplio, bien cuidado, con el bullicio propio de los niños que corrían por los pasillos y el sonido de voces infantiles llenando el ambiente.
Aura caminaba junto a Christopher, sosteniendo su mano mientras observaba todo con atención.
—¿Te gusta? —preguntó ella, inclinándose un poco hacia él.
El niño miró alrededor, curioso.
—Sí… —respondió—. Hay muchos niños.
Aura sonrió.
—Y harás amigos.
Christopher asintió, convencido.
—Sí.
Minutos después, estaban en la oficina administrativa.
—Entonces, todo está en orden —dijo la encargada, revisando el último documento—. Su hijo puede comenzar la próxima semana.
Aura asintió.
—Perfecto, gracias.
—Bienvenido, Christopher —añadió la mujer con una sonrisa.
El pequeño respondió con una sonrisa tímida.
Al salir, el sol ya estaba más alto… y el día comenzaba a inclinarse hacia la tarde.
Aura caminó despacio hacia el viejo auto de su padre.
—Mami… —dijo Christopher mientras subía al asiento—. ¿Voy a venir aquí todos los días?
—Sí, mi amor. —Yo te traeré… y luego iré a trabajar.
Él lo pensó.
—Está bien.
Ella sonrió, acomodándole el cinturón.
—¿Tienes hambre?
—Sí.
—Vamos a comer algo.
Pasaron por un pequeño lugar cercano.
Christopher hablaba emocionado de su nuevo colegio, de los niños, de lo que creía que iba a aprender.
Aura lo escuchaba.
Y por momentos…
olvidaba todo lo demás.
Después de comer, el pequeño comenzó a bostezar.
—Tengo sueño… —murmuró.
—Vamos a casa.
El camino fue tranquilo.
Christopher se quedó dormido antes de llegar.
Aura lo cargó con cuidado al entrar, evitando hacer ruido. Isabel apareció en el pasillo.
—Se durmió —susurró Aura.
—Déjalo aquí, yo lo llevo a la habitación —respondió su madre con una sonrisa suave.
—Gracias… —murmuró. —Saldré un momento —avisó.
—¿Todo bien?
—Sí… solo… una visita.
Isabel asintió.
—Ve.
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El edificio era el mismo.
Aura subió con el corazón latiendo más rápido de lo normal…
Se detuvo frente a una puerta y tocó.
—¡Ya voy! —la voz de Camila.
Aura respiró hondo.
La puerta se abrió.
Camila se quedó completamente inmóvil.
Sus ojos se agrandaron.
Parpadeó una vez.
—…No puede ser.
Aura sonrió.
—Hola.
Un segundo después…
—¡AURA!
El grito fue inmediato.
Camila se lanzó sobre ella sin previo aviso, envolviéndola en un abrazo tan fuerte que casi la hizo retroceder.
—¡No lo puedo creer! —exclamó, separándose apenas para mirarla—. ¡Estás aquí!
Aura rió, contagiada por la energía de su amiga.
—Estoy aquí.
—¡¿Por qué no me dijiste que vendrías?!
—reclamó, dándole un pequeño golpe en el brazo—. ¡Casi me da algo!
—Era una sorpresa…
—¡Pues casi me matas!
Ambas rieron.
Camila la tomó de la mano y la jaló hacia adentro sin soltarla.
—Pasa, pasa… necesito mirarte bien.
Aura entró.
El lugar se sentía igual.
Como si el tiempo no hubiera pasado.
—Estás igual… —murmuró Camila, recorriéndola con la mirada—. No, mentira… estás mejor.
—Gracias…
—¿Cuándo llegaste? ¿Dónde estás viviendo? ¿Por qué no me avisaste? ¿Cuánto tiempo te quedas?
Aura levantó una mano, riendo.
—Una pregunta a la vez.
—No puedo —respondió Camila—. Estoy en shock. —Te extrañé… —dijo Camila, más suave.
Aura sintió un nudo en el pecho.
—Yo también.
La conversación fluyó.
Hablaron de todo.
—Oye… —dijo Aura en un momento, apoyando el codo en el sofá—. ¿Y Gabriel?
Camila alzó una ceja.
—¿Gabriel?
—Sí…
Ella se encogió de hombros.
—Ni idea. Desde que está al frente de la hacienda de los Luzuriaga… desapareció del mapa.
—¿No han hablado?
—Casi nada —respondió—. Ese hombre vive metido en el campo ahora. Creo que hasta le gusta más que la ciudad.
Aura asintió levemente.
—Esto no puede quedarse así —dijo de repente, tomando su teléfono—. Falta alguien.
Aura sonrió.
—¿Daniela?
—Obvio.
Marcó.
—¿Hola? —la voz de Daniela al otro lado.
—Necesito que vengas a mi apartamento. Ya.
—¿Qué pasó?
—Nada. Solo ven y deja lo que desea que estes haciendo.
—Camila…
—Sin preguntas.
—Pero—
—Ya.
Colgó.
Aura soltó una pequeña risa.
—No cambias.
—Nunca —respondió Camila con una sonrisa cómplice.
Se giró hacia ella.
—Prepárate…
—¿Para qué?
Camila sonrió aún más.
—Para otra reacción como la mía.
Aura negó con la cabeza, divertida.
Pero en el fondo…
Sentía... que todo estaba volviendo a ella.
perp cuando veas la realidad haber si vas a llorar y rogar para pedir perdón hombre...
ya deja de comportarte como niño y aprende a ser hombre ..e investiga qué fue lo que paso en realidad porque esa silvana e una culebra ponsoñosa ...