Almas que están destinadas a encontrarse aunque estén del otro lado del mundo.
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por que hay almas que se buscan antes de conocerse
...Almas en Distinto Cielo...
...✦ ✦ ✦...
...Capítulo I...
...Dos mundos,...
...una misma sed...
...— Porque hay almas que se buscan antes de conocerse —...
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...El mundo de ella★ ★ ★...
Valeria
En un barrio donde las mañanas huelen a pan recién horneado y a ropa tendida al sol, Valeria Aldana abrió los ojos antes de que sonara el despertador. Lo hacía siempre. Como si su alma supiera que cada día era uno más que debía conquistar, no recibir.
Tenía treinta y ocho años y la historia escrita en los ojos. Unos ojos marrones, profundos y quietos, con ese brillo extraño que solo tienen quienes han aprendido a sonreír cuando duele. Una sonrisa suave, de esas que iluminan sin pedir permiso, asomaba en una cara de tez clara enmarcada por un cabello oscuro que jamás tuvo tiempo de peinar con coquetería. Era pequeña —apenas un metro cincuenta y dos— pero ocupaba el espacio con una presencia que no se media en centímetros.
En la habitación de al lado dormían sus dos hijos: Alma, de dieciséis años, con la misma nariz pequeña de su madre y la terquedad silenciosa de quien ha visto demasiado; y Mateo, de catorce, que cada noche dejaba los zapatos mal puestos junto a la puerta, como recordatorio de que aún era un niño aunque se esforzara tanto por no parecerlo.
Valeria los miraba dormir antes de comenzar su día. Era el único momento en que se permitía sentir que lo había hecho bien.
"Abuelo," susurraba a veces al silencio de la madrugada, "¿me estás viendo? Porque algunos días no sé si estoy viviendo o simplemente resistiendo."
Don Ernesto —su abuelo— llevaba cuatro años bajo tierra, pero Valeria aún lo buscaba en cada cosa: en el olor a tabaco que a veces creía sentir sin razón, en una canción vieja que sonaba de golpe en la radio, en las palabras exactas que él le decía cuando ella era niña y el mundo le parecía injusto: "Vos no naciste para rendirte, nenita. Naciste para llegar."
A los quince años comenzó a trabajar. A los veintidós se enamoró de un hombre que le prometió quedarse. A los treinta y nueve, ese hombre se fue. Diecisiete años de entrega, de madrugadas en vela, de silencios tragados y palabras no dichas. Dos hijos. Una casa prestada. Y la certeza amarga de que había dado todo sin recibir casi nada.
Pero en lugar de detenerse, estudió. Con Alma en brazos y Mateo en el vientre primero; con los dos en una mochila emocional después. Se recibió de maestra un martes lluvioso que nadie fotografió y que ella jamás olvidó. Ahora enseñaba en su propio domicilio: cuatro paredes, una pizarra, voces de niños aprendiendo a leer. Y en cada letra que un pequeño reconocía, Valeria encontraba algo parecido a la paz.
Creía en las vidas pasadas. No con fanatismo, sino con esa fe íntima que no necesita demostración. Sentía —en algún rincón que no sabía nombrar— que debía algo de otra existencia. Que la vida la ponía a prueba con una frecuencia sospechosa. Pero también creía, con igual fuerza, que en algún momento algo asombroso llegaría. Algo que no había pedido. Algo que no esperaba. Algo para lo que, sin saberlo, llevaba años preparándose.
Esa mañana, mientras servía el café, miró por la ventana el cielo todavía oscuro y pensó, como tantas otras veces, en ese amor que no había llegado. El verdadero. El que no lastimaría.
Suspiró, revolvió el azúcar, y murmuró para nadie:
"¿Dónde estás?"
◆
...El otro lado del mundo★ ★ ★...
Sebastián
En Tokio, donde la ciudad nunca termina de apagarse del todo, Sebastián Rhys despertó a las tres de la mañana con el corazón acelerado y ese rostro en la mente.
Siempre el mismo rostro. Una mujer que no conocía. Ojos marrones. Una sonrisa que parecía luz. Una presencia tan nítida en el sueño que al despertar se sentía extranjero en su propia habitación.
Tenía cuarenta y un años, el apellido de su padre irlandés y la templanza aprendida de su madre japonesa. Era lo que el mundo llama un hombre hecho a sí mismo: empresas en cuatro continentes, acuerdos firmados en idiomas que había aprendido por necesidad, una inteligencia fría que le abría puertas donde otros veían paredes. Apuesto de una manera que no pedía atención pero la recibía de todos modos.
Y sin embargo.
Cinco años atrás, Hana —su esposa, su ancla, la única persona que había logrado que Sebastián se quedara quieto— murió en un accidente de tránsito en una tarde de lluvia en Kioto. Treinta y cuatro años. Dos valijas listas para un viaje de aniversario que nunca ocurrió.
El mundo esperó que cayera. Sebastián no cayó. O sí cayó, pero lo hizo hacia adentro, en silencio, de una manera que nadie pudo ver. Porque Sebastián Rhys no lloraba en público. Sebastián Rhys seguía adelante. Sebastián Rhys firmaba contratos y cruzaba océanos y sonreía en las cenas correctas.
Pero en privado, en esa convicción extraña que no podía explicarle a nadie sin recibir una mirada de lástima, creía que Hana no se había ido. No del todo. Creía en la reencarnación con la misma naturalidad con que otros creen en el amanecer. Y creía, con una certeza que lo perturbaba tanto como lo sostenía, que volvería a encontrarla. Que el alma no tiene pasaporte, pero sí destino.
"No te fuiste," le decía a la oscuridad. "Solo cambiaste de forma. Y cuando vuelvas, voy a reconocerte."
Las mujeres se acercaban. Él lo sabía. Lo ignoraba con una cortesía tan perfecta que resultaba más hiriente que el rechazo directo. Ninguna lo perturbaba. Ninguna encendía nada. Hasta que cerraba los ojos y volvía ese rostro —esos ojos marrones, esa sonrisa que parecía hecha de algo suave y resistente a la vez— y Sebastián entendía, sin entender, que estaba esperando.
Esa madrugada se levantó, fue a la ventana que daba a la ciudad encendida y apoyó la frente en el vidrio frío. Algún lugar en el mundo, alguien respiraba el mismo aire de esta misma noche. Alguien que él no conocía. Alguien que, sin embargo, sentía que siempre había conocido.
Cerró los ojos.
El rostro volvió.
...A miles de kilómetros de distancia, en una cocina pequeña con olor a café, una mujer susurraba una pregunta al aire....
...En una ciudad que nunca dormía, un hombre la buscaba en sus sueños....
...Ninguno de los dos sabía que la respuesta ya estaba en camino....
...✦ ✦ ✦...
Continuará en el Capítulo II