Lauro bajó por un vaso de agua. La casa estaba callada, pero en su cabeza seguía el ruido. Todavía escuchaba los gritos de hace unas horas, las miradas feas, los reproches que se habían dicho sin detenerse. Después cada uno se metió a un cuarto diferente sin decir nada, como si hubieran peleado en una guerra absurda.
Cuando subió otra vez, vio que la puerta del cuarto de Cora estaba entreabierta. Se detuvo. Esa rendija lo llamó más que sus ganas de dormir. Asomó un poco la cabeza y la vio.
Ella estaba hecha bolita en la cama, de lado, mirando la pared, como si fuera una niña que se escondía del mundo. La ventana seguía abierta, como siempre. Cora decía que no podía dormir si la cerraba, que necesitaba el aire para respirar. Aunque después, en la madrugada, se congelaba y tiritaba bajo las sábanas. Pero nunca se levantaba a cerrarla. Él en cambio sí, él siempre se despertaba varias veces, inquieto, pensando demasiado.
Lauro entró despacio. Cerró la ventana con cuidado, como si hacerlo evitara romper algo más. El sonido del seguro al encajarse le sonó fuerte en el pecho.
Se acercó a la cama y acomodó la cobija sobre ella. Cuando terminó, Cora se tapó hasta el cuello de golpe, todavía dormida. Él se tensó. Pensó que despertaría, que le diría algo. Pero no. Su respiración siguió igual, profunda, pesada, como si nada en el mundo pudiera despertarla.
La miró. Tenía el ceño fruncido. Siempre lo fruncía al dormir, como si hasta en sueños siguiera peleando por algo o contra alguien. Siempre tenía esa rabia buena.
¿Pero cuándo fue la última vez que peleó por él?
El pensamiento lo hirió. Se sintió tonto por cubrirla, por cerrar una ventana como si con eso pudiera tapar también el frío que había entre los dos. Pensó en acariciarle el cabello. Pensó en decirle algo. Pero no lo hizo.
Se dio la vuelta, agarró el vaso que había dejado en un mueble y salió. Cerró la puerta sin hacer ruido. No volvió a mirar.
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La mesa ovalada estaba llena de carpetas, papeles, tazas de café a medias y tabletas electrónicas. En la pantalla grande se veían números y gráficas fiscales, Lauro y Cora no lograban ponerse de acuerdo en un tema que llevaba semanas.
Cora, con su blazer beige y labios rojos, estaba en la esquina derecha de la sala, viendo su carpeta. Lauro en la otra punta, sin corbata y con la camisa remangada. Se le notaba el cansancio o las pocas ganas de aparentar calma.
—Como puse en el informe —dijo Lauro con tono firme—, el tema fiscal de los fideicomisos en esta operación necesita revisarse. Si lo presentamos así, hacienda lo va a objetar y lo sabes.
—Lo que sé —contestó Cora, seria, con filo en la voz—, es que llevas semanas buscando cómo desbaratar este caso en vez de dar soluciones.
—Estoy protegiendo a la empresa, Cora. Esto no es un juego.
—Y yo estoy buscando que avancemos. Pero tú conviertes cada cosa en un problema. Actúas como si no confiaras en mí.
—¿Confiar? —Lauro rió sin ganas—. Si en la última junta dijiste que no te importaba si el resultado era “gris” mientras sirviera al cliente. Lo anoté.— Apunto Lauro a la mesa.
—¿Y ahora qué? ¿Me grabas?
—No, lo escribí. Pero si quieres hablar de grabaciones…
—¡Ya basta! —interrumpió Arturo, el jefe, que estaba en la cabecera. No levantó mucho la voz, pero sonó fuerte. La sala se quedó muda.
Miró a uno y luego al otro.
Ambos tenían la mandíbula tensa.
—Esto es insostenible —dijo—. No solo dañan el trabajo, también la moral del equipo. Lo que empezó como algo profesional ahora es personal.
—Con todo respeto, licenciado —dijo Lauro—, yo no…
—¡No me importa quién empezó! —golpeó la mesa con la mano—. No están en primaria. Son adultos. Profesionales. ¿Me van a decir que no pueden compartir espacio? ¡Si viven juntos!
Cora apretó aún más la mandíbula. Lauro bajó la mirada.
—Desde hoy van a trabajar juntos. Codo a codo. Cada documento, cada análisis. Ambos lo firman. Si el caso falla, los dos responden. Si gana, los dos reciben crédito. O se arreglan, o uno se va.
—¿Qué? —dijeron los dos a la vez.
—Lo que escucharon. Se acabaron los informes separados y las peleas disfrazadas. O maduran, o se van.
Nadie habló.
—¿Está claro? —preguntó Arturo.
—Sí —dijo Lauro.
—Sí, papá —dijo Cora.
—Aquí no soy tu papá Cora, soy tu jefe. No lo olvides.
Ambos asintieron. Arturo los sacó de la sala. Tenían que entregar una propuesta juntos al día siguiente.
En el pasillo, Cora lo alcanzó.
—¿Crees que esto me gusta? —le dijo con rabia—. ¿Crees que me levanto feliz por pelear contigo?
Lauro la miró.
—No lo sé. Pero parece que disfrutas desacreditarme. Me tratas como si todo lo que digo fuera un obstáculo.
—Porque a veces lo es. Siempre me contradices. Si digo blanco, dices negro.
—Y tú manipulas las juntas. Haces ver que siempre tienes la razón.
—¡Porque si no me comen viva! Este mundo no perdona a una mujer que duda.
—Tampoco a una que pisa a todos. No peleas por este caso, peleas porque no sabes cómo manejar lo que pasó entre nosotros.
Ella se quedó helada.
—Esto no tiene que ver con eso.
—¿No? Entonces ¿por qué me miras con odio cada vez que te corrijo?
—Porque me hiciste sentir menos. Invisible.
—Sabes muy bien por qué te sientes invisible aquí, y no es por mi. Yo nunca quise que te sintieras así.
—Pues lo lograste.
Silencio. Respiraban fuerte.
—Tenemos que trabajar juntos —dijo él.
—Te odio —susurró ella.
Se giró y entró a su oficina.
Ello habian tratado de ponerse de acuerdo chat interno de la empresa, pero estaba lleno de mensajes interrumpidos y mal entendidos que cada vez más iban escalando.
Más tarde, frente a la pantalla llena de notas, Lauro tocó la puerta.
—¿Puedo?
Ella lo dejó pasar.
—Necesitamos un enfoque que funcione.
—Tengo una idea —le mostró la tablet—. Pero abre tu mente.
—Y tú cierra la boca cuando hablo.
Se miraron.
—Está bien —dijo él—. Te escucho.
—Y yo a ti —dijo ella.
Y trabajaron en silencio. No porque quisieran, sino porque no había otra opción.
Pero de poco sirvió.
Pocas horas después.
El aire en el despacho estaba cargado. Nadie en los pasillos hacía ruido.
—¡¿Me estás diciendo que no revisaste el anexo fiscal, Lauro?! ¡Otra vez! —se escuchó la voz de Cora, fuerte—. ¡¿Sabes cuántas horas perdimos por tu revisión superficial?!
—¡Yo revisé lo que correspondía! ¡No voy a cargar con tu falta de planeación! —gritó él—. ¡Si no sabes diferenciar errores de omisiones, no es mi problema!
Esteban y Alina, desde sus escritorios, se miraron.
—¿Cuánto llevan ya? —preguntó él en voz baja.
—Desde antes del desayuno. Y no han parado —dijo ella.
Un golpe seco se escuchó. Algo cayó dentro de la oficina.
—¿Eso fue…? —empezó a decir Esteban.
—No preguntes —lo cortó Alina.
—¡No soy tu sombra, Cora! —gritó Lauro.
—¡Eres mi maldito lastre! ¡Hasta en lo personal! —le gritó ella.
Silencio. Solo el aire acondicionado.
—Santo Dios —murmuró Esteban.
Alina se levantó nerviosa, fue a la cocineta.
—¿El “medio”? —preguntó.
—No, espera —dijo él.
Otro ruido fuerte sacudió la oficina. Un portapapeles contra la pared de vidrio. Todos se quedaron congelados.
Adentro, Lauro caminaba de un lado a otro como fiera enjaulada. Cora lo seguía con los ojos.
—¡Eres una pesadilla, Cora! ¡Una pesadilla de todos los días!
—¡Si te vas te arruino la vida!
—¡No te atrevas a darme órdenes! ¡Ni tú ni tu apellido me asustan!
Alina dejó caer una taza en la encimera.
—¿El mayor? —preguntó.
—Sí. Definitivamente —respondió Esteban.
Fueron a la bodega. Sacaron la caja de emergencias: chocolate con chile para ella, café irlandés para él. El “combo destructor”.
—¿Y si no lo quieren? —preguntó Alina.
—Se lo van a tomar. Y después o se matan, o se besan —contestó él.
Dentro, Arturo entró furioso.
—¡¿Qué demonios pasa aquí?! ¡Esto es insostenible!
Cora y Lauro se quedaron helados.
—¡No más conflictos personales en este bufete! —gritó Arturo—. O trabajan como profesionales o no trabajan aquí.
Ellos solo asintieron, sin poder responder.
Afuera, Alina y Esteban miraron las luces bajar un tono.
—Dios nos ampare —dijo Esteban.
—Ojalá acabe en reconciliación —murmuró Alina.
—Nunca acaba en reconciliación —contestó él.
Y entraron con la bandeja, listos para enfrentar a los dragones.
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